viernes 25 de diciembre de 2009

El buen zorro


Érase una vez un zorro que quería ser bueno. Desde que era un cachorro se esforzaba en tratar bien a los demás animales y a los humanos, aunque fuese en contra de su naturaleza.

Cuando encontraba algún gallinero siempre se acercaba, no para devorar a las gallinas, sino para ver si necesitaban algo o charlar un rato con ellas. Por supuesto, las gallinas se asustaban y trataban de huir o esconderse; al fin y al cabo, él era un zorro. Pero se armaba de paciencia, hasta que dejaban de tenerle miedo y salían tímidamente de sus improvisados refugios. Al zorro le dolía un poco que nadie confiara en él de primeras, pero por suerte las gallinas no eran demasiado inteligentes y enseguida se creían lo que les decía. Y así acabó teniendo varios amigos dentro de las granjas de la zona, porque las gallinas corrían la voz de que era un buen zorro y de que no le haría daño a nadie.

Lo que ni las gallinas ni los otros animales sabían era que el zorro no se comportaba así porque tuviese unos profundos sentimientos altruistas ni nada parecido. Simplemente pensaba que si era bueno con los demás, los demás serían buenos con él, y que alguien tendría en cuenta todos sus sacrificios y conseguiría algún tipo de recompensa. Por eso, a pesar de que a veces le costaba muchísimo luchar contra sus propios instintos, hacía todo lo posible por disimular las ganas que tenía de desayunarse a sus amigas las gallinas en vez de charlar sobre el tiempo, sobre las cosechas o sobre la evolución de sus pollos.

El zorro estaba convencido de que obtendría su recompensa. Si era bueno, le tenían que ocurrir cosas buenas, y a los malos les ocurrirían cosas malas. Todo el mundo lo sabía. Cada vez que su voluntad flaqueaba, se lo repetía a sí mismo y trataba de no hacer caso al hecho de que los otros zorros que conocía parecían felices mientras devoraban gallinas vivas y cometían alegremente todo tipo de maldades. Que él supiera, ningún poder superior los había castigado jamás y ninguno de ellos parecía preocupado al respecto. Es más, la mayoría vivían mejor que él, tenían más suerte y les sucedían esas cosas buenas que deberían de estar reservadas para los que no hicieran nada malo. Pero estaba seguro de que era sólo cuestión de tiempo que todos recibieran lo que se merecían. Ellos pagarían por sus maldades, y a él le llegarían las cosas buenas.

Una mañana, el zorro fue a visitar a sus amigos de una granja y se encontró con una gallina que lloraba desconsolada. Cuando le preguntó qué le ocurría, ella explicó que un zorro malvado había robado sus huevos en un momento en que ella se había levantado del nido para estirar las patas. Así que el zorro salió enseguida en busca de los huevos perdidos, para ayudar a su amiga.

No fue difícil seguir las huellas de su compañero de raza, y al poco rato lo encontró mientras bebía en un arroyo. El zorro bueno se acercó, muy sigiloso, recogió los huevos que el otro había soltado para beber más cómodamente y se marchó más sigiloso aún.

Lo que el zorro no sabía era que el granjero también había salido en busca del zorro ladrón de huevos, y que tampoco le había sido difícil seguir las huellas hasta allí. Cuando se encontraron no vio a un zorro bueno que iba a devolverle los huevos a su madre, sino a un zorro malvado que se los había llevado para devorarlos. Y, como es lógico en esas circunstancias, le disparó con su escopeta.

Si hubiese seguido vivo, esto hubiera enseñado al zorro que ser bueno no garantiza en absoluto que nadie lo vaya a ser contigo, o que te vaya a suceder una sola cosa buena alguna vez.

viernes 18 de diciembre de 2009

Fábrica de Sueños


Hoy voy a hacer publicidad, pero extrañamente no es autopublicidad, sino que por una vez voy a dejar de ser egocéntrica y voy a hablar del blog de otra persona.

Si os gusta leer cosas decentes (aunque bueno, en ese caso no estaríais aquí), pasad por Fábrica de Sueños, el blog de Dama Blanca. Ya quisiera yo escribir así, carajo.

Enhorabuena por las 100 actualizaciones, y sigue así, que aunque no te lo creas eres muy buena.

Y a ver si alguna vez escribimos algo juntas, aunque sea una chorradilla corta.

jueves 3 de diciembre de 2009

Sé que esto es un sueño


Sé que esto es un sueño.

Sé que esto es un sueño, y aún así no consigo despertar. Y sé que nada de lo que hay a mi alrededor puede hacerme daño, pero me lo hace. Y sé que ella no eres tú en realidad, pero lo eres. Y me haces daño, aunque no puedas ni seas tú.

Sé que esto es un sueño, y es extraño que en realidad tú no seas esto que tengo delante, esto que duele y tiene dientes afilados y palabras más afiladas aún. Tus palabras siempre están pulidas, limadas con cuidado, forradas para que no hagan daño. Pero aquí son puras y se clavan. Son reales.

Sé que esto es un sueño, y aún así te sigo por los pasillos interminables, te sigo a cámara lenta, y tú ríes. Dueles. Y yo me esfuerzo en llegar hasta ti, porque entre nosotros sólo hay frío y dolor, y tú ríes. Recorro los pasillos llenos de dientes, cegado por esta oscuridad brillante, y tú ríes. Sé que nunca te alcanzaré, y aún así te sigo, y tú ríes.

Sé que esto es un sueño, y quizá tú seas otro. Quizá yo lo sea. Quizá sólo existe lo que veo ahora, esta realidad que duele y se clava y desgarra y susurra en la oscuridad. Que susurra cosas que duelen y se clavan y desgarran y susurran... Quizá sólo existe esta versión de ti. O quizá ni siquiera importe, porque ahora mismo dueles y yo sólo puedo concentrarme en el dolor.

Sé que esto es un sueño, y que mi otro cuerpo sigue respirando, pero me ahogo. En los pasillos con dientes el aire es espeso y viscoso y encharca mis pulmones, lo respiro y no me deja respirar. Tus ojos me inundan. Tu voz me asfixia. Tu risa me enmudece. No puedo gritar, pero te llamo a gritos, y tú ríes.

Sé que esto es un sueño, y que mi otro cuerpo no ve nada, pero me duele mirarte. En los pasillos eternos la luz es sangrante y gélida y desgarra mis ojos, mi propia sangre me ciega y sólo puedo mirarte. Tu presencia me destroza. Tu sonrisa me atraviesa. Tu mirada está hecha de dientes. No puedo ver, pero te veo, y tú ríes.

Sé que esto es un sueño, y ahora estamos los dos aquí en medio de la luz y los dientes y el dolor, y mi sangre se escurre entre tus dedos y mi mente se escurre entre tu risa. Y yo sólo quiero tocarte, pero el tiempo se dilata, el pasillo se alarga, y tú ríes. Y te alejas, y dueles, y yo sólo quiero sentirte.

Sé que esto es un sueño.





Link de la imagen

viernes 27 de noviembre de 2009

Teorías absurdas que no lo son tanto (II): La alimentación de los osos panda


Parece que me ha gustado esta sección estúpida del blog... ya me cansaré. Pero hasta entonces, os daré el coñazo.

Hace unos cuatro o cinco años, hablando con mi amigo Juanqui, encontramos otra teoría absurda que no lo era tanto. En realidad hemos tenido montones de conversaciones surrealistas en que hemos acuñado montones de ellas, pero estas cosas se olvidan si no las apuntas (cosa que estoy empezando a solucionar, por el momento) y ahora mismo sólo me acuerdo de esta.

Pues eso, a lo que iba... hace cuatro o cinco años, un día debatíamos sobre el asunto del peso. Yo sostenía que no es bueno comer hierba, que las vacas sólo comen hierba y están muy gordas, así que tiene que ser malo (sí, sé que también comen pienso, pero algo tenía que decir para defenderme). De las vacas acabé pasando a los pandas, cómo no... Los pandas comen sólo bambú, prácticamente (por eso, entre otras cosas como sus extraños hábitos de reproducción, están en peligro de extinción). Y están gordos. El bambú no debería engordar, porque al fin y al cabo es un tipo de hierba; es como si alguien comiese sólo lechuga y pesase 200 kilos... no es muy lógico.

Así que llegamos a la conclusión de que los pandas hacen trampa, porque se puede engañar muy fácilmente a la gente con el bambú, que es hueco. Parece que comen bambú, así a secas, pero en realidad comen bambú relleno de magdalenas. Eso explica que estén tan gordos.

Para otra teoría absurda que no lo es tanto sobre pandas, mirad aquí. Y ya de paso me autopublicito.



Y aquí está el link de donde he sacado la foto de este bicho tan majo.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Teorías absurdas que no lo son tanto (I): La creación del mundo



En los momentos más absurdos es cuando salen las mejores teorías. La prueba de ello es que este sábado estaba con Jorge (mi chico, novio, pareja, o como léxicamente queráis llamarlo) en un camino que salía de un pueblo perdido en Ciudad Real, llamado Horcajo de los Montes y que estaba al lado de otro pueblo llamado Retuerta del Bullaque (cuyo nombre da para escribir todo un ensayo; lo cierto es que el día anterior, en el camino en coche, hubo una divagación previa, de la que puede que acabe hablando otro día, sobre de dónde vienen los nombres de los pueblos en general... pero me estoy yendo por las ramas). El caso es que ese camino llevaba a un lugar que se llamaba la Chorrera y que era una especie de cascada muy potita y herposa. Y me sigo yendo por las ramas...

Lo que quiero tratar ahora es que, en la primera parte de ese camino (cuando aún era semi-asfaltado y sin ir campo a través, es decir, como se ve en la foto) empezamos a hablar de uno de esos temas trascendentales que normalmente se tratan en momentos poco trascendentales; en concreto, de la creación del mundo.

Todo comenzó, según creo, cuando Jorge me habló de una vez que unos amigos y él habían dicho que quizá somos el experimento olvidado o fallido de una raza superior. Ya sabéis, se empieza el experimento con ilusión, y cuando se ve que es una mierda, se deja aparcado. Esto explicaría por qué algunas civilizaciones, como la egipcia, parece que recibieron ayuda externa. La conversación pasó a mi antigua visión religiosa; ahora me considero agnóstica, pero mis padres son religiosos y he ido a un colegio de monjas, así que tengo un pasado católico. En mi adolescencia, antes de dejar de creer del todo, pasé por una etapa en la que imaginaba a dios como un niño jugando con una granja de hormigas. Es fácil de imaginar, ¿no? El niño mira las hormigas a ver qué hacen, de vez en cuando les echa comida o salva a alguna de alguna muerte segura o terrible desgracia, y pasa bastante del tema en general.

Y esto dio lugar a la teoría que quería explicar aquí desde un principio... tres párrafos después. Jorge sugirió que quizá dios creó el universo, y se dedicaba a hacerlo funcionar tranquilamente. Pero dios, como mucha gente, tenía un hijo. Un niño porculero que no le dejaba en paz; intentaba meter mano en lo que hacía, preguntaba todo el rato y berreaba por motivos diversos y variopintos. Y dios, hasta los huevos del crío, le dio un planeta de los más pochos para que jugase con él y le dejase vivir un rato.

El planeta, por supuesto, era el nuestro. Empezamos a divagar los dos, y todo dio lugar a diferentes e inquietantemente lógicas afirmaciones:

― Al principio había muchos milagros y se notaba la mano del creador en el mundo, porque el niño estaba encantado con su juguete nuevo y no paraba de trastear con él. Con el tiempo fue perdiendo interés, como todos los críos (y adultos), y por eso cada vez está todo más descuidado y no hay milagros ni intervenciones divinas ni leches en vinagre.

― Animales absurdos, como los dinosaurios o el ornitorrinco, son una clara muestra de un niño pequeño aprendiendo a usar la plastilina. Que todo, aún hoy en día, funcione tan espantosamente mal es otra clara muestra de que el niño en cuestión no era demasiado hábil.

― Cosas como el Diluvio Universal, la caída de Adán y Eva y de Babilonia, las plagas y otros espantosos castigos divinos fueron fruto de la mente despiadada de un niño cabrón, que cogía rabietas con cualquier cosa, siempre que sus pequeños muñequitos no le obedecían. Poco a poco, esas cosas empezaron a traérsela floja.

― Hubo un momento en el que niño quiso interactuar con nosotros, así que se creó un avatar (evidentemente, Jesucristo) y se metió en el mundo. Su padre le había regañado y le había explicado que no se podían traer plagas malignas ni matar gente así a saco por las buenas, sino que todo se solucionaba con el amor al prójimo y otras pijeces, así que decidió intentarlo. Lo intentó, y le salió mal. Sus propias creaciones lo asesinaron cruelmente... así que decidió resucitar. Y vengarse.

― Y se vengó de los judíos, por supuesto. ¿De dónde creéis que salió Hitler?

―Los recursos naturales se están agotando porque el niño se olvida de cargar el planeta.

― Los deja vu son los puntos en que el crío cojonero graba la partida, y cada vez que tenemos uno es porque la ha cargado desde ahí.


Y creo recordar que esas son todas las ideas extrañas que salieron... si recuerdo alguna otra, la añadiré (o si Jorge se acuerda cuando le obligue a leer este tocho tan largo que me ha salido). Sé que dejamos la conversación en los deja vu, porque seguidamente empezamos a desvariar sobre ellos... pero eso, queridos lectores, será en otra entrega de Teorías absurdas que no lo son tanto.

lunes 26 de octubre de 2009

Eso era amor


Le comenté:
― Me entusiasman tus ojos.
Y ella dijo:
― ¿Te gustan solos o con rimel?
― Grandes, respondí sin dudar.
Y también sin dudar
me los dejó en un plato y se fue a tientas.

Ángel González

jueves 22 de octubre de 2009

Más idioteces


Ganas de matar a Dama Blanca aumentando... pero como esto trata de hablar de mí misma, que me encanta porque en el fondo soy una egocéntrica, pues vamos a ello. Se supone que tengo que contar siete rarezas o costumbres extrañas mías... no se me ocurren tantas ahora mismo, así que a ver qué sale de aquí.

1. Me dan un asco horrible los pies masculinos. No es que los de las mujeres me gusten, pero los tolero. Esto implica que me da repeluses ver a un tío con sandalias, y muchísimo más que me toquen con un pie (en determinadas situaciones esto llega a ser un problema xD). No sé de dónde viene, pero es un odio visceral.

2. Me da dentera tocar algodón. Suena estúpido, pero soy incapaz de partir una bola de algodón, tengo que pedirle a alguien que lo haga por mí.

3. Me sigo disfrazando cada Halloween (y cuando tengo ocasión el resto del año) a pesar de tener ya una edad respetable.

4. Prefiero escribir a mano que en el pc, aunque racionalmente sé que en el ordenador es mucho más cómodo y que de todas formas lo voy a tener que acabar pasando ahí. Pero me encanta tener un boli en la mano (o mejor aún, un lápiz) y moverlo sobre un cuaderno.

5. Muchas veces hablo con los objetos (mi móvil, la nevera, cualquier cosa que tenga cerca) como si fueran personas.

6. Esto podría ser una extensión de lo anterior... durante un par de años, no hace mucho, llevaba a todas partes a mi amigo Bernie, incluido el trabajo, bodas, etc. Bernie es el calcetín orejudo que aparece en la foto.

7. No soporto el té. Sabe a culo. Ni el pimiento, ni la leche sola, ni el marisco. Todo sabe a culo. Ah, y tengo alergia al huevo, que no sé si sabe o no a culo.


Y bueno, aunque al empezar no se me ocurrían siete, ahora que he estado pensando tengo muchas más en mente... pero bueno, como sólo son siete, os jodéis y os quedáis sin saberlas xD