
Érase una vez un zorro que quería ser bueno. Desde que era un cachorro se esforzaba en tratar bien a los demás animales y a los humanos, aunque fuese en contra de su naturaleza.
Cuando encontraba algún gallinero siempre se acercaba, no para devorar a las gallinas, sino para ver si necesitaban algo o charlar un rato con ellas. Por supuesto, las gallinas se asustaban y trataban de huir o esconderse; al fin y al cabo, él era un zorro. Pero se armaba de paciencia, hasta que dejaban de tenerle miedo y salían tímidamente de sus improvisados refugios. Al zorro le dolía un poco que nadie confiara en él de primeras, pero por suerte las gallinas no eran demasiado inteligentes y enseguida se creían lo que les decía. Y así acabó teniendo varios amigos dentro de las granjas de la zona, porque las gallinas corrían la voz de que era un buen zorro y de que no le haría daño a nadie.
Lo que ni las gallinas ni los otros animales sabían era que el zorro no se comportaba así porque tuviese unos profundos sentimientos altruistas ni nada parecido. Simplemente pensaba que si era bueno con los demás, los demás serían buenos con él, y que alguien tendría en cuenta todos sus sacrificios y conseguiría algún tipo de recompensa. Por eso, a pesar de que a veces le costaba muchísimo luchar contra sus propios instintos, hacía todo lo posible por disimular las ganas que tenía de desayunarse a sus amigas las gallinas en vez de charlar sobre el tiempo, sobre las cosechas o sobre la evolución de sus pollos.
El zorro estaba convencido de que obtendría su recompensa. Si era bueno, le tenían que ocurrir cosas buenas, y a los malos les ocurrirían cosas malas. Todo el mundo lo sabía. Cada vez que su voluntad flaqueaba, se lo repetía a sí mismo y trataba de no hacer caso al hecho de que los otros zorros que conocía parecían felices mientras devoraban gallinas vivas y cometían alegremente todo tipo de maldades. Que él supiera, ningún poder superior los había castigado jamás y ninguno de ellos parecía preocupado al respecto. Es más, la mayoría vivían mejor que él, tenían más suerte y les sucedían esas cosas buenas que deberían de estar reservadas para los que no hicieran nada malo. Pero estaba seguro de que era sólo cuestión de tiempo que todos recibieran lo que se merecían. Ellos pagarían por sus maldades, y a él le llegarían las cosas buenas.
Una mañana, el zorro fue a visitar a sus amigos de una granja y se encontró con una gallina que lloraba desconsolada. Cuando le preguntó qué le ocurría, ella explicó que un zorro malvado había robado sus huevos en un momento en que ella se había levantado del nido para estirar las patas. Así que el zorro salió enseguida en busca de los huevos perdidos, para ayudar a su amiga.
No fue difícil seguir las huellas de su compañero de raza, y al poco rato lo encontró mientras bebía en un arroyo. El zorro bueno se acercó, muy sigiloso, recogió los huevos que el otro había soltado para beber más cómodamente y se marchó más sigiloso aún.
Lo que el zorro no sabía era que el granjero también había salido en busca del zorro ladrón de huevos, y que tampoco le había sido difícil seguir las huellas hasta allí. Cuando se encontraron no vio a un zorro bueno que iba a devolverle los huevos a su madre, sino a un zorro malvado que se los había llevado para devorarlos. Y, como es lógico en esas circunstancias, le disparó con su escopeta.
Si hubiese seguido vivo, esto hubiera enseñado al zorro que ser bueno no garantiza en absoluto que nadie lo vaya a ser contigo, o que te vaya a suceder una sola cosa buena alguna vez.
Cuando encontraba algún gallinero siempre se acercaba, no para devorar a las gallinas, sino para ver si necesitaban algo o charlar un rato con ellas. Por supuesto, las gallinas se asustaban y trataban de huir o esconderse; al fin y al cabo, él era un zorro. Pero se armaba de paciencia, hasta que dejaban de tenerle miedo y salían tímidamente de sus improvisados refugios. Al zorro le dolía un poco que nadie confiara en él de primeras, pero por suerte las gallinas no eran demasiado inteligentes y enseguida se creían lo que les decía. Y así acabó teniendo varios amigos dentro de las granjas de la zona, porque las gallinas corrían la voz de que era un buen zorro y de que no le haría daño a nadie.
Lo que ni las gallinas ni los otros animales sabían era que el zorro no se comportaba así porque tuviese unos profundos sentimientos altruistas ni nada parecido. Simplemente pensaba que si era bueno con los demás, los demás serían buenos con él, y que alguien tendría en cuenta todos sus sacrificios y conseguiría algún tipo de recompensa. Por eso, a pesar de que a veces le costaba muchísimo luchar contra sus propios instintos, hacía todo lo posible por disimular las ganas que tenía de desayunarse a sus amigas las gallinas en vez de charlar sobre el tiempo, sobre las cosechas o sobre la evolución de sus pollos.
El zorro estaba convencido de que obtendría su recompensa. Si era bueno, le tenían que ocurrir cosas buenas, y a los malos les ocurrirían cosas malas. Todo el mundo lo sabía. Cada vez que su voluntad flaqueaba, se lo repetía a sí mismo y trataba de no hacer caso al hecho de que los otros zorros que conocía parecían felices mientras devoraban gallinas vivas y cometían alegremente todo tipo de maldades. Que él supiera, ningún poder superior los había castigado jamás y ninguno de ellos parecía preocupado al respecto. Es más, la mayoría vivían mejor que él, tenían más suerte y les sucedían esas cosas buenas que deberían de estar reservadas para los que no hicieran nada malo. Pero estaba seguro de que era sólo cuestión de tiempo que todos recibieran lo que se merecían. Ellos pagarían por sus maldades, y a él le llegarían las cosas buenas.
Una mañana, el zorro fue a visitar a sus amigos de una granja y se encontró con una gallina que lloraba desconsolada. Cuando le preguntó qué le ocurría, ella explicó que un zorro malvado había robado sus huevos en un momento en que ella se había levantado del nido para estirar las patas. Así que el zorro salió enseguida en busca de los huevos perdidos, para ayudar a su amiga.
No fue difícil seguir las huellas de su compañero de raza, y al poco rato lo encontró mientras bebía en un arroyo. El zorro bueno se acercó, muy sigiloso, recogió los huevos que el otro había soltado para beber más cómodamente y se marchó más sigiloso aún.
Lo que el zorro no sabía era que el granjero también había salido en busca del zorro ladrón de huevos, y que tampoco le había sido difícil seguir las huellas hasta allí. Cuando se encontraron no vio a un zorro bueno que iba a devolverle los huevos a su madre, sino a un zorro malvado que se los había llevado para devorarlos. Y, como es lógico en esas circunstancias, le disparó con su escopeta.
Si hubiese seguido vivo, esto hubiera enseñado al zorro que ser bueno no garantiza en absoluto que nadie lo vaya a ser contigo, o que te vaya a suceder una sola cosa buena alguna vez.






