viernes, 6 de marzo de 2009

El lemming que quería ser fénix



Érase una vez un pequeño lemming que a lo largo de su infancia había ido llenando su cabeza con historias sobre otros animales. Había uno que le llamaba especialmente la atención. No recordaba si se lo habían contado, si lo había leído en alguna parte, o si tal vez lo había escuchado en una conversación casual que no tuviese nada que ver con él; el caso es que estaba obsesionado con un tipo de pájaro al que llamaban fénix que, según decían, al morir renacía de sus cenizas.

El lemming conocía su destino, y por eso estaba empeñado en evitarlo. Durante años trabajó contra reloj para hallar el modo de resurgir él también de sus cenizas, siempre con el calendario bien visible, con la fecha de su partida al acantilado marcada con un gran círculo rojo. Hizo montones de experimentos con fuego; nada de lo que quemaba volvía a reconstruirse.

Los otros lemmings hablaban abiertamente de sus problemas mentales, no entendían que pasara tanto tiempo obsesionado con esos pajarracos. Él no entendía cómo ellos podían limitarse a esperar el momento en que se arrojarían al vacío, sin intentar hacer nada para evitarlo.

Pasó el tiempo, y el lemming cada vez estaba más desesperado. Ninguno de sus experimentos funcionaba, y la fecha se iba acercando peligrosamente. Y el día antes de partir, cuando ya lo veía todo perdido, alzó la vista y se fijó en un bonito pájaro rojo, que estaba posado en la rama de un árbol y le observaba con curiosidad. Era un fénix al que habían hablado de aquellos animalitos tan deprimentes, y había querido verlos con sus propios ojos.

El lemming le confesó sus temores, le mostró sus experimentos fallidos y le preguntó cuál era el secreto para renacer de las propias cenizas. El fénix sonrió y le dijo: «No tienes que intentarlo; simplemente sabes que vas a hacerlo. Así es como funciona».

Y el lemming marchó con sus compañeros al día siguiente mucho más seguro de sí mismo. Después de tanto tiempo buscando la respuesta por fin la había encontrado. Iba a burlar a la muerte.

Al llegar al borde del acantilado, los otros lemmings se despidieron de sus seres queridos y se lanzaron con resignación. Él no tenía a nadie de quién despedirse, y dedicó sus últimos momentos en tierra firme a cubrirse de líquido inflamable y prenderse fuego con una cerilla. Cuando las llamas comenzaron a envolverlo, se arrojó al vacío con una gran sonrisa de triunfo en el rostro.

El fénix, desde el aire, observó cómo el lemming ardiente se estrellaba contra el suelo. No se levantó. El fuego terminó de consumirlo, y se quedó allí, junto a los demás.

Al principio se sorprendió un poco, pero enseguida lo comprendió. Quizá sólo ellos tenían esa capacidad de renacer de sus cenizas, y el lemming había malgastado su vida en pretender ser algo que no era, ni nunca podría llegar a ser. «A los demás no les importa que estemos destinados a morir», le había dicho el animalito, «sólo esperan el momento sin hacer nada». Pero era él quien había estado esperando; los otros habían vivido.

El fénix miró por última vez el pequeño cadáver consumido por las llamas, y levantó el vuelo con cierta tristeza.

11 cultistas:

juanki dijo...

Qur blog más bonito! mis retinas apenas se han desprendido!
El dibujo es muy chulo, cualquier día me leere el texto.

piradaperdida dijo...

vaya, aunque parece un cuentito de bichos monos, es muy profundo en realidad... sigue así, que serás la Lao Tsé friki del siglo XXI :)

estoy con juanqui, tu afición a los morados va a acabar con nuestros pobres ojos...

Shubby dijo...

Jo, aún estoy en pruebas con el color :(

piradaperdida dijo...

tranqui :)

El_Darko dijo...

Te voy a contar un secreto. Las letras claras con fondo oscuro son malas para la salud, y cuando menos diferencia haya entre los dos colores, mas odias a tus lectores (que rima y todo). EL cuento me ha gsutado y el dibujo es supoer mono, sin coñas, le da el aire perfecto para el relato. Un saludo, guapa ;)

Thindwen dijo...

Pues yo ayer me leí el texto sin problemas, no tuve que poner mis ojos en agua ni nada después, pero ya les tengo muy acostumbrados a darles palizas. Aun así estos colores los veo mejor.

Por cierto que me encantó el texto y el dibujo es monísimo.

te seguiré leyendo.

besos!

pd. Y lo de los roedores y los robles es sencillamente genial :D

Dama Blanca dijo...

Pues a mí me gustan los colores como están, lo que pasa es que a la gente le encanta quejarse!

n_n me he enamorado de tu dibujo... es tan mooono... (de tres cabezas)y tu cuento es CRUEL. Mala.

Linda pic.
Sos DI-VI-NA!
Me pase
Pasate
besiitos.

N dijo...

He estado un tiempo fuera, pero al volver me he encontrado con un comentario tuyo en el blog (me hizo ilusión que lo encontraras gracias a May).

Este relato es sencillamente genial, delirante y sabio a un tiempo. Pocos animales pueden ser tan encantadoramente monos y tan estúpidamente similares a ciertos humanos. Me ha picado la curiosidad, creo que voy a quedarme por aquí.

N.

Lain dijo...

Ohhh que hijoputa el fenix, seguro que le había dado esperanzas falsas intencionadamente y se regodeaba de la estupidez del leming sabiendo perfectamente que iba a morir.... yo lo hubiera hecho... XD El dibujo es una obra maestra xDDDD Un besaco wapa n.n

Sniff dijo...

solo puedo decir: LEMMING PRINGAOOO. Bueno a parte de eso me encanta el dibu ^.^

Arganos dijo...

Hoy por fin he sacado tiempo. Genial.

¡Bravo! (y esta es mi máxima expresión de felicitación. Ya sabes lo que odio los bichos monos o bichos patada y sus monerias, pero me parece sencillamente un "cuento" genial.

Suerte.