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miércoles, 13 de febrero de 2013

Aisha

Y aquí estamos, con otro relato reciclado. Lo escribí en la época en que no actualizaba el blog, y me apetece que esté por aquí. Es de otro de mis personajes de Neverwinter, que jamás pudo llegar a desarrollarse... me quedaré con esa espinita clavada. 

Prometo daros algo nuevo pronto, pero no es tan fácil.



 ― Así que cuentas historias― pregunta él, mientras llama la atención de la camarera para que les llene la copa de nuevo―. Me encantan las historias, cuéntame alguna y te invito a cenar.
Si me lo pides así, no puedo negarme― la pequeña elfa sonríe con inocencia y se coloca bien en la silla, dando un trago de su vino―. Os voy a relatar algo que ocurrió en mi propia aldea, hace casi tres siglos.

Cuando la chica hace una pausa, aprovecha para mirarla bien otra vez. A pesar de que seguro que ha vivido varias décadas más que él, a sus ojos no parece mayor que su hermana de 14 años. No sabe bien cómo actuar, pues aunque sólo sea una adolescente, hay algo en ella que le atrae de una forma casi primaria. Se fija en sus dos amigos, Bern y Luria, y los encuentra como siempre, dispuestos a escuchar una buena narración y en un respetuoso silencio. La sala común de la posada está abarrotada esa noche, y nadie más les presta demasiada atención.

«Mi aldea es muy pequeña, un lugar tranquilo y monótono en el que, como en casi todos los sitios donde vivimos los elfos, las cosas apenas cambian. Además, la gente no se atreve casi nunca a salir de ella, porque está rodeada por un bosque del que se cuenta que está maldito y plagado de terribles criaturas.

Pero situémonos hace 278 años, que es cuando ocurrió todo lo que os voy a contar. Mi historia se centra en Acthelion, un por entonces joven elfo que vivía con sus padres, hermanos y abuelos en una granja de la aldea. Su familia era feliz allí, pero él estaba cansado de la monotonía y quería algo nuevo en su vida.

¡Acthelion, no se te ocurra acercarte al bosque!― le solía ordenar su madre. Y como aquello sonaba casi como una invitación, Acthelion iba al bosque a menudo.

Lo mantenía en secreto, pero le encantaba pasar allí las horas en que no debía ayudar a sacar la granja adelante. A él no le parecía en absoluto un lugar maldito, sino un precioso bosque lleno de paz. Pero no dijo nada, pues no quería compartirlo con nadie. Le gustaba dar largos paseos, bañarse en los lagos o simplemente tenderse al sol, sobre la hierba, y observar los pájaros y las formas de las nubes.

Y una tarde, mientras bebía el agua clara y limpia de un arroyo, le pareció escuchar algo».

¿Qué es lo que escuchó?― inquiere Luria, sin poder aguardar a que la joven continúe.
Sssshh, déjala seguir― la amonesta él, ganándose al hacerlo una amplia sonrisa de agradecimiento de la narradora. No es más bonita que otras elfas que haya visto, pero le hace contener la respiración.

«Acthelion afinó el oído, y entonces el sonido le llegó claramente. Era un pequeño tintineo, como el de una campana. Alzó la vista, pero no encontró nada extraño. Y el tintineo persistía, ahora un poco alejado.

Sin pararse a pensarlo, Acthelion se levantó y fue tras el tintineo, que siempre estaba unos pasos por delante de el. Comenzó a seguirlo, sin fijarse por dónde caminaba, atento sólo a lo que captaba su oído. El tintineo lo guió, incesante, por el bosque, y el resto de cosas dejaron de importar. Los segundos se convirtieron en minutos. Los minutos, en horas.

Las horas se convirtieron en días.

Y, finalmente, el tintineo lo condujo al interior de una cueva. Acthelion entró, sin hacer caso del cansancio, y una vez dentro dejó de escucharlo.

Pero no le importó, porque se hallaba en el lugar más bello que había visto jamás. La roca de la cueva estaba cristalizada con minerales de mil colores, y estalactitas rosadas en espiral brotaban del techo. En el suelo crecían setas azules y moradas que despedían un intenso fulgor, alumbrándolo todo.

Y la elfa que lo esperaba era lo más hermoso que sus ojos habían encontrado en toda su vida. Su piel era blanca como las nubes limpias, su cuerpo era exuberante y delicado como las flores, sus ojos y sus cabellos eran verdes como el corazón de un bosque.

Ninguna tela cubría su cuerpo perfecto. Yacía sobre el suelo de la gruta, con los brazos hacia arriba, las piernas separadas, invitándolo a hacerla suya.

Acthelion no pudo resistirse. No hablaron. Sólo se amaron, una y otra vez. Los minutos se convirtieron en horas. Las horas, en días.

Los días se convirtieron en semanas.

Y, una mañana, Acthelion despertó y ella no estaba allí. Asustado, la buscó por toda la cueva, con el corazón a punto de estallar de dolor. Desconsolado, la llamó a gritos, a pesar de que ni siquiera conocía su nombre.

No fue capaz de encontrarla. Con el alma desgarrada, volvió a la aldea, donde lo recibieron con gran alegría, pues ya lo daban por muerto. Hubo una fiesta en su honor, pero él sólo miraba al vacío. Triste, roto. Incompleto. Las horas se convirtieron en días. Los días, en semanas.

Las semanas se convirtieron en meses.

Y Acthelion ya no era el mismo. Su alegría se había esfumado. Constantemente se arrepentía de haber deseado tanto tener algo nuevo en su vida, pues su pérdida era el peor castigo que alcanzaba a imaginar.

Una noche estaba solo en la granja, pues su familia había ido a los festejos en honor a la llegada de la primavera. Él, como siempre en los últimos tiempos, no tenía ganas de fiestas y se había quedado contemplando las llamas de la chimenea. Y entonces le pareció escuchar algo al otro lado de la ventana».

¡El tintineo!― exclama Luria, feliz, y acto seguido se tapa la boca con la mano y mira a la elfa, como esperando una reprimenda. Pero ella sólo sonríe y asiente.

«Efectivamente, era el tintineo. El corazón de Acthelion dio un vuelco, y salió a toda prisa, esperando encontrarse con su amada. Pero lo único que había allí fuera era algo envuelto en hojas, enredaderas y flores. Se agachó a mirarlo, y su corazón dio otro vuelco al percatarse de que era un bebé, una pequeña niña elfa con los ojos y el cabello verdes como el corazón de un bosque.

Mientras la cogía en sus brazos, el tintineo llegó de nuevo a sus oídos. Alzó la vista y observó algo diminuto que volaba sobre él, una preciosa hada con la piel blanca como las nubes limpias, con los ojos y cabellos verdes como el corazón de un bosque».

 ¡Oh!― Luria parece encantada con el desenlace―. ¿Así que ella era un hada? ¿Y qué hizo Acthelion?

Eso ya no lo dice la historia… pero te lo contaré yo, pues conozco personalmente a Acthelion― la elfa apura su vaso y se pasa la mano por el pelo, negro y corto, en un gesto distraído―. Recuperó su alegría. Comprendió que su amada no podía quedarse con él, pues no estaba en su naturaleza. Y que ya le había demostrado su amor de la mejor manera en que los suyos podían hacerlo, dándole el mayor de los regalos.

Quizá es por cómo va vestida, con un vestido verde de corte infantil que deja parte a la vista y mucho a la imaginación, pero no puede dejar de mirarla. En este momento la desea más que a nada en el mundo, y por las sonrisas tímidas que ella le dirige es obvio que se ha dado cuenta.

La invita a cenar, pasan las horas, Bern y Luria se marchan. Y cuando ella se dirige a la habitación que tiene reservada, coge su mano y le conduce dentro.

El vestido infantil no dura demasiado tiempo puesto.

Y él enseguida comprende que esa pose inocente es pura fachada, pero no le importa. Una inexperta adolescente no tomaría la iniciativa de esta manera.

Ni le haría todas las cosas que ella le está haciendo.

Él le pregunta su nombre, pues ni siquiera se han presentado. Ella dice que eso es irrelevante, y siguen fundiendo sus cuerpos.

Él le dice que la ama, aunque acabe de conocerla. Ella sólo sonríe, y siguen fundiendo sus cuerpos.

Se queda dormido en sus brazos, deseando que ella no se aparte nunca de su lado. Y cuando despierta, tal y como había temido, está solo.

Le pregunta al tabernero, por si sabe algo sobre dónde ha ido. Éste le asegura que la vio salir al amanecer, aunque le había extrañado que su cabello ya no fuese negro, sino verde.

Verde como el corazón de un bosque.




Link de la imagen.

martes, 14 de julio de 2009

Música y luz

Me ha dado guerra, pero al fin lo he acabado... va para Dama Blanca.
Y, por supuesto, para K.




Sus pensamientos se esparcen. Sabe que están a punto de hacerle comprender algo esencial, algo que hará que su percepción cambie para siempre, pero se desparraman por el borde antes de terminar de formarse. La mayor parte son de un tono negro amarillento e infectado, podridos de verdades, y casi escucha el chapoteo grumoso que hacen al resbalar. Y de vez en cuando surge uno de un color brillante, limpio y sedoso, que quizá sea una ilusión o quizá otra verdad, una buena, que también abandona su cabeza antes de revelarse. No chorrean al alcanzar el borde, sino que escapan flotando. Son del mismo material que la música; todas sus canciones están hechas de un cúmulo de esos pútridos pensamientos negros, y en algunas hay uno o dos jirones verdes, o rojos, que es lo que le da magia al resto si se teje correctamente. Una canción totalmente hecha de pensamientos brillantes sería algo tan puro que no debería existir.

Y siguen brotando. Y se alejan de su alcance, sin llegar a ser formulados. A medida que la combinación de mimai, belladona y whisky va inundando su interior, los pensamientos negros van desapareciendo completamente. Abre los ojos. Ahora ve con claridad. Ya no hay dolor. Ni físico ni tampoco el otro, el que desgarra. El mundo ya no está teñido de sombras.

Y ella brilla. Al ritmo de las luces de ambos. Sus ojos están cerrados y una sonrisa plateada le da fuerza a su rostro. Sabe que ella también lo siente. Que por un instante ambos son dioses, que pueden hacer cualquier cosa.

Ella levanta los párpados en una explosión azul. Tal vez dice algo. Tal vez él responde. No importa. Es tan hermosa que está hecha de música.

Y quiere oírla sonar más cerca. Quiere vivir vidas enteras a su lado. Toda ella es un pensamiento puro, eterno, libre, y sus manos le ayudan a deshacer la barricada de tela que los aleja. Nada debe separarlos, nunca. Necesita fundir su melodía en la suya, empaparse en su luz, perderse en el susurro azul de su mirada. Desterrar las sombras para siempre.

Y ella las espanta con la música que emana de su cuerpo infinito. Y él paladea ese cuerpo con las manos, lentamente, como afinando un instrumento. La hace sonar. Siente que la carga de música pura que la invade la obliga a estremecerse, y comprende que debe extraer una parte para liberarla, para que la melodía quede repartida entre ambos. Para que su propia música deje de estar podrida y compuesta de coágulos de pensamiento infectado.

Aparta la suave cascada roja que cubre su rostro y se funde en el torrente que surge de sus labios. Deja que la melodía lo llene, y ahora es ella quien paladea su cuerpo con las manos y lo hace sonar, pero su música continúa estando desafinada. Sus antebrazos arden, necesita liberarse de las vendas que llevan tantos años formando parte de sí mismo. Ella lo sabe porque él lo sabe y las retira mientras su torso susurra contra el suyo. Él permite que lo haga aunque jamás se haya entregado antes hasta tal punto. Y con ello se disuelven los últimos vestigios de negrura que quedaban en su interior.

Ella observa las huellas que las sombras han dejado en sus brazos y de sus ojos brota espuma azucarada. Él quiere decirle que ya no importa. Quiere decirle que las sombras ya no existen, que ella las ha hecho huir, pero no dice nada. Suena para ella sin palabras, y cuando la luz plateada la envuelve de nuevo sabe que lo ha comprendido.

Va acariciando los acordes sin prisa, siguiendo las descargas de música pura que recorren su espina dorsal. Ahora es él quien marca el ritmo, y ella lo acata; sus hombros se arquean hacia atrás, sus labios contienen el aliento, sus dedos le dibujan luces en la espalda. Sus pechos saben a puesta de sol.

Encuentra el origen de su canción y ella se estremece con una violencia armónica. Toca cada una de las notas, primero despacio, después aumenta la cadencia, según le dicta la melodía que ambos están componiendo. Detiene el remolino de caricias y ella le rodea las caderas con las piernas para conducirlo hacia su interior. Y él se deja guiar, porque mientras estén fundidos el uno en el otro las sombras no regresarán. Ni tampoco el dolor. Se cobija dentro de ella, se diluye en su claridad hasta que todo lo demás se desvanece, hasta que sólo existen ellos y su canción. Y el tiempo se detiene, o tal vez se acelera. O tal vez las dos cosas.

Las descargas de luz agitan todo su cuerpo, lo hacen temblar al ritmo del resplandor que los envuelve.

Y ella brilla cada vez más, gime en su oído, pronuncia un nombre, quizá es el suyo. Pero ahora él no es ningún nombre. Él es música. Los dos lo son.

Y los dos sienten que la canción está a punto de terminar, que las notas se precipitan hacia un final cada vez más inexorable. Sus miradas se funden tanto como lo están sus cuerpos, se entrelazan, tratan de retrasarlo. Pero es inútil; ella concluye su parte en una súbita y lenta sacudida. Él toca un último y vertiginoso acorde casi al unísono. El estallido los deja inundados de música, desbordados de luz.

No quiere soltarla, porque sabe que si lo hace las sombras volverán. Siempre vuelven, son parte de él. Así que permanecen aferrados, enlazados, diluidos el uno en el otro. Sumergidos en el eco de esa canción totalmente hecha de pensamientos brillantes, tan pura que no debería existir, pero que ha existido para ellos.




La imagen es de Victoria Francés, con algún retoque muy pequeño hecho por mí en Photoshop (las uñas, la oreja y las cicatrices del brazo del personaje masculino). Aquí está la original.

miércoles, 10 de junio de 2009

Huyendo de la soledad (3)

Así es como buscaba sentirse. Aunque la habitación está totalmente oscura, puede distinguir sin problemas el cuerpo de Adrian bajo la sábana. Le acaricia la espalda sin despertarle, con más ternura de la que suele atreverse a mostrar en sus relaciones. El brazo del muchacho le rodea la cintura y tiene la cabeza apoyada en su pecho, así que no puede moverse mucho, pero no le preocupa. Se limita a saborear el momento, sin dejar que el sueño lo venza.

Adrian se había quedado dormido enseguida, quizá con ayuda del sonido de su respiración; según le dijo Ophet en cierta ocasión, abrazada a él por la espalda, es relajante.

«¿Volveré a verte?», había preguntado con los ojos casi cerrados ya. Él había asentido y le había asegurado que sí en un acto reflejo. Es lo que siempre dice en estos casos y le sale de forma natural, a pesar de que la mayoría de las veces no tiene ninguna intención de darle una segunda parte a la historia. Normalmente sólo busca un placer momentáneo, en ocasiones también la sensación de afecto que llega justo después.

Sabe que no está bien haber utilizado a un chico tan joven para paliar su sentimiento de soledad y vacío. Nunca un desconocido le había mirado con tanta adoración, raras veces encuentra una entrega tan completa. En los ojos de Adrian se ve que aún tiene ilusiones, que todavía cree que el amor puede llevarse a buen puerto. Pero en el fondo es mejor para él que comprenda cuanto antes cómo es en verdad el mundo, especialmente en estas cosas.

Acaricia el cabello rubio del chico, con lástima. Y recuerda su voz al cantar la noche anterior, su sonrisa tímida, sus ojos verdes aún limpios de realidad, su cuerpo temblando de miedo y excitación a un tiempo.

Y algo se mueve dentro de él, y comprende que quizá está historia sí tendrá segunda parte.

miércoles, 3 de junio de 2009

Huyendo de la soledad (2)

― ¿Puedo?― señala un taburete vacío en la mesa del chico, con una sonrisa sesgada.
― S…sí… claro…― acierta a decir éste, y clava la vista en sus propias manos después de lanzarle una breve mirada azorada.
― Espero no molestarte, es que no he podido evitar fijarme…― hace una pausa deliberada mientras toma asiento lentamente, alargando cada movimiento de un modo casi felino―. Tienes una guitarra muy bonita.
― No…no, no molestáis, señor.
― No soy ningún señor… ni necesito que me llamen de vos.
― Perdonad… digo, perdona― el chico sonríe un poco y sus ojos verdes se desvían a su guitarra―. Es una herencia familiar, mi tío era bardo.
― Parece muy buena― observa el instrumento, que es realmente de calidad―. Supongo que la cuidarás bien.
― Claro que sí, la limpio todos los días, y le afino las cuerdas― su timidez se va transformando en orgullo.
― ¿Y la tocas?― ladea la cabeza y se echa un poco hacia delante―. Sería una lástima que no lo hicieras.
― A veces…― vuelve a sonreír, tímido de nuevo.
― ¿Podría escucharte? Me gusta la música.
― ¿Aquí?― mira aterrado a su alrededor.
― ¿No has venido para eso?― se echa otra vez hacia atrás, ampliando su sonrisa, y apoya la barbilla en la mano derecha.
― Bueno, sí, pero… me da vergüenza. Hay demasiada gente.

«Me lo acabas de poner en bandeja», piensa, y se la juega esperando no haberse precipitado.

― Podemos ir a un sitio más tranquilo…― hace otra pausa deliberada―… a escuchar tu música. Sólo si tú quieres, claro.

El muchacho duda, como si debatiese algo consigo mismo. Le mira un segundo a los ojos, armándose de valor, y él le sostiene la mirada sin perder la sonrisa sesgada, para evitar así que baje la vista una vez más.

― Está bien― asiente finalmente, y se muerde el labio en un gesto de nerviosismo.

El camino hasta su casa es bastante fácil. El muchacho parece algo reacio a meterse en el barrio convicto, pero se tranquiliza al asegurarle que con él no le sucederá nada malo. Es demasiado sencillo convencerle. Sólo lleva una daga en el cinturón, y se deja llevar a un barrio peligroso por un desconocido armado. Ha tenido suerte de topar con él y no con cualquier delincuente.

Abre la puerta y le hace un gesto para invitarle a entrar al salón. Últimamente ha estado bebiendo demasiado; el suelo está lleno de botellas, frascos vacíos de las pociones de Max y papeles arrugados con intentos de nuevas canciones. El chico mira a su alrededor con curiosidad y toma asiento sobre los cojines del suelo, en respuesta a un amplio ademán suyo que señalaba éstos y la silla. Él se sienta a su lado, mantiene una distancia suficiente para no causarle incomodidad.

― Adelante― asiente con la cabeza, cruza las piernas y deja el estoque enfundado a un lado, lejos de ambos―. Imagina que estás solo, así te será más fácil.

El muchacho pone la guitarra en su regazo y toma aire, tratando de paliar el nerviosismo. Cierra sus ojos verdes y comienza a tocar, al principio de forma vacilante, pero va ganando seguridad poco a poco. Es una canción popular, conocida simplemente como La Canción del Bardo, que casi todo el mundo ha escuchado alguna vez. Se nota que está aprendiendo y que no está acostumbrado a tocar en público, sobre todo por la falta de confianza, pero su voz es bonita y es evidente que tiene un buen potencial. Cuando acaba la última nota lo mira con timidez, esperando su reacción. Él le vuelve a sonreír.

― Lo haces bien. Si sigues practicando llegarás a ser muy bueno…― deja la frase a medias―. No me has dicho tu nombre.
― Adrian…
― Un placer, Adrian. Yo soy Reger.
― ¿Reger? – el chico abre los ojos como platos, poniéndose tenso―. ¿Reger el bardo?
― Pues… sí, supongo, no creo que haya más con mi nombre― está sorprendido, no esperaba que le fuese a reconocer.
― Pero… vos… he oído que sois muy bueno― enrojece de nuevo―. Dicen cosas increíbles de vos, y también que… que…
― ¿Qué es lo que dicen de mí?
― Nada― afirma con tono tajante, bajando la vista, mientras su rostro adquiere el color de un tomate maduro.

«Que me gustan los hombres, eso es lo que dicen».

― Sólo soy un músico más, como tú. Y creo que ya habíamos comentado lo de hablarme de vos…
― Lo siento… dioses, he tocado delante de vos… de ti… te habrá parecido de lo más mediocre, y…
― Lo has hecho muy bien― le interrumpe―. No sé qué habrás oído de mí, pero te aseguro que no soy uno de los grandes, como Aldur Lavannah, Iowan de Marco o Arganos Growen.
― ¿Podrías…? – reúne valor para concluir la frase―. ¿Podrías tocar algo?
― Imagino que es lo justo, una canción por otra― asiente, mientras Adrian le tiende tímidamente su guitarra.

Toca unas notas sueltas, para familiarizarse con el instrumento, y después comienza a interpretar una de sus canciones. La primera que tocó en Tel al regresar, en aquella hoguera que ya no existe.


Concluye y le devuelve la guitarra, mirándole a los ojos. El chico le sostiene la mirada, como en trance, antes de parpadear un par de veces.

― Eres incluso mejor de lo que dicen― asegura, casi en un susurro. Le roza la mano un instante al coger la guitarra, sin querer, y la retira como si estuviese cargada de electricidad.
― ¿Cuántos años tienes, Adrian?― le dice en voz baja, y se aproxima un poco.
― Diecisiete…
― Es una buena edad para…― se humedece los labios―… empezar a tocar en serio.

El chico reacciona ante su cercanía; puede percibir su excitación en su forma de respirar. Y eso hace que aumente la suya.

― Yo… nunca… ― empieza a decir Adrian, con el deseo patente en sus ojos―. Nunca he estado con un hombre.
― Eso no importa― le susurra, acercando el rostro a su oído―. Lo único que importa es si quieres.

La respiración del muchacho se agita, está asustado pero al mismo tiempo le cuesta contenerse. Sabe que debe tratarlo con cuidado, entiende perfectamente por lo que está pasando.

― ¿Quieres…?― le besa suavemente la oreja, muy despacio.

Adrian cierra los ojos y asiente; un simple vistazo le muestra que su excitación es más que obvia. Evitando ser brusco, acaricia su cabello rubio con delicadeza y une sus labios a los suyos.

Huyendo de la soledad (1)


-->Sale de la solitaria casa en silencio y encamina sus pasos al puerto, pasando desapercibido en el conflictivo barrio en que se encuentra. Nunca ha hecho esto en su ciudad, porque hasta ahora no lo ha necesitado, pero supone que será aún más sencillo que en otros lugares. Aprovecha un momento en que pasan varios marineros cerca para salir de las sombras sin llamar mucho la atención y abre la puerta de Los Pechos de Sutherna con suavidad. Un vistazo le muestra que dentro no hay nadie que lo conozca demasiado, y se encamina a una mesa algo apartada con paso lento y provisto de cierta cadencia. Es un papel que ha interpretado ya bastantes veces y que siempre se le ha dado bien.

Desde que regresó a Tel-Arras, sobre todo en los últimos meses, se ha acostumbrado más de la cuenta a estar rodeado de gente conocida. Y ahora que parece que todos se han puesto de acuerdo para desaparecer, se siente solo de un modo en que hacía tiempo que no se sentía. Su música le ha servido como tabla de salvamento, ha sido algo a lo que aferrarse durante días, pero necesita algo más. Un tipo de alivio que la música no es capaz de proporcionarle.

Se sienta en el taburete y se recuesta contra la pared, cruzando una pierna sobre la otra en una pose ligeramente afeminada. Alza una mano para llamar a la camarera mientras deja que el cabello rojo caiga sobre su rostro y lo oculte en parte. Le da a cada uno de sus gestos el toque exacto entre amaneramiento y languidez, sabiendo cuál es la medida justa para no pasarse.

Pide un whisky, en voz tan baja que obliga a la camarera a inclinarse hacia él para escucharle. Cuando se lo sirve bebe un pequeño sorbo, y después lo deja en la mesa y se desabrocha un par de botones de su camisa negra y verde. Ahora sólo queda esperar; nunca le ha gustado el papel activo en estas situaciones, y nunca ha tenido la necesidad de tomarlo.

La primera en acercarse es una joven con aspecto de marinera, con la piel tostada por el sol y cabello corto y castaño. Le dedica una sonrisa, se sienta en el taburete que hay frente al suyo sin pedir permiso siquiera y deja su vaso sobre la mesa.

― ¿Qué haces aquí tan solo?
― Estoy tomando una copa, como todos – alza la mirada, con media sonrisa, y le da un nuevo trago a su whisky.
― Si te apetece puedes tomar otras cosas, en compañía― la chica ladea la cabeza con expresión pícara.
― Lo siento, guapa… pero creo que te equivocas de persona― se aparta un poco el pelo de la cara, con un gesto deliberadamente amanerado, sin dejar de sonreír.
― Ya lo imaginaba, pero aún así tenía que intentarlo― lo mira de arriba abajo antes de levantarse y volver con su grupo―. Una verdadera lástima…

El siguiente es otro marinero. Un semielfo que llega casi a la madurez, de pelo castaño cobrizo y aspecto rudo. De los que no admitirían sus gustos en público ni bajo amenaza de muerte. Le dirige una mirada penetrante, seguida de un rápido y casi imperceptible movimiento de cabeza hacia la salida; un gesto que con el paso de los años ha aprendido a interpretar muy bien. Cuando se ganaba la vida con esto, lo principal era la discreción.

Valora la oferta durante unos segundos y finalmente niega suavemente y vuelve a mirar hacia su vaso, para romper el cruce de miradas. Sabe que hubiera sido algo rápido y posiblemente violento, casi con certeza contra la pared de algún callejón. No le desagrada ese tipo de encuentros, y el semielfo no carece de cierto atractivo, pero no es lo que está buscando en este momento. En este momento necesita…

… algo como aquel chico. No se había fijado aún en él porque parece esforzarse en pasar desapercibido, aferrado a su guitarra en un rincón, como si le faltase el valor para tocarla. No tiene más de dieciséis o diecisiete años, y mira tímidamente a su alrededor con unos grandes ojos verdes enmarcados en un rostro de rasgos bonitos y delicados. Esboza una sonrisa al darse cuenta de cómo le recuerda el muchacho a sí mismo, años atrás, cuando su maestro Arion se había acercado a su mesa con intenciones bastante diferentes a las que tiene él ahora.

La camarera pone un vaso delante del chico, y al inclinarse deja a la vista un generoso escote, pero el muchacho se limita a hacer un gesto de asentimiento, sin fijarse siquiera. Ese detalle termina de decidirle, así que alza la cabeza y lo mira abiertamente. El chico repara en él, sostiene su mirada un instante y se sonroja acto seguido, para enseguida bajar la vista.

Se dice que no tiene por qué tomar siempre el papel pasivo; se levanta despacio y se dirige a su mesa, con el vaso en la mano y sin amaneramiento ya en sus gestos.

jueves, 14 de mayo de 2009

Combate

Otra versión corregida.

Los dos orcos se miran inquietos e intercambian alguna frase en su idioma gutural. Hace rato que sus compañeros han desaparecido mientras hacían la ronda, pero no se atreven a abandonar su puesto para ver qué les ha ocurrido. Cuando parece que sus obtusas mentes están llegando a la conclusión de que uno puede quedarse allí mientras el otro investiga, las sombras oscilan a su alrededor y una figura se materializa justo entre ambos.

El bardo sabe que cuenta con el factor sorpresa, pero las hachas de los orcos pueden hacer mucho más daño que su arma y la fuerza bruta de éstos supera la suya con creces. Se abalanzan sobre él con sendos gruñidos, pero sus hachas sólo hieren el aire. El joven se mueve con celeridad, compensando su debilidad con precisión. Su estoque se clava entre las costillas de uno de los orcos, que ruge y trata de rebanarle la cabeza sin éxito. Gira sobre sí mismo para evitar el hachazo del segundo, por lo que parte de su largo cabello rojo escapa de las sombras de la negra capucha, y aprovecha el impulso para asestar dos rápidas estocadas al primero, una en el vientre y la otra en el costado herido. El ser grita de dolor y cae al suelo, agonizante. Ya sólo queda uno. Esquiva el filo enemigo con un salto hacia la derecha, y se dispone a contraatacar.

Y en ese momento un dolor insoportable invade su pecho y lo deja sin aire. «No, joder, ahora no». Se dobla hacia delante y trata de ocultarse, lucha por llevar aire a sus malditos pulmones, pero el dolor es demasiado intenso y no logra fundirse en las sombras. La falta de oxígeno comienza a nublar su visión, pero aún puede ver perfectamente al orco frente a él, sorprendido por su repentina flaqueza. Éste emite un gruñido de triunfo, y el bardo aprieta los párpados justo cuando el hacha va directa a su cabeza. Su vida no pasa ante sus ojos, como asegura el dicho popular, sino que simplemente el tiempo parece ralentizarse. Ya debería estar muerto, pero escucha el silbido del arma que se aproxima como si llevase haciéndolo varios minutos y aún le quedasen otros tantos para llegar. La presión de su pecho es asfixiante, y se pregunta qué lo matará antes, si el orco o la falta de respiración.

La trayectoria del hacha cambia, lo siente en el aire de su alrededor, y el orco suelta un quejido. Se fuerza a abrir los ojos, pero sus piernas se niegan a seguir manteniéndolo en pie y cae al suelo mientras suelta el estoque y se aferra el pecho. Su vista nublada le permite ver como algo golpea repetidamente al orco para alejarlo de él. Algo que no porta armas, pero se mueve con su mismo estilo fluido y veloz.

El aire vuelve a entrar en sus pulmones en el mismo instante en que el orco cae muerto. Se incorpora y consigue recostarse contra un árbol, respirando de forma entrecortada pese al dolor que esto le causa. Su sombra se acerca a él, recoge del suelo su estoque caído y se lo entrega. La mira sorprendido, acepta el arma, y comprende al fin que le acaba de salvar la vida.

- Me debes una, fracasado- susurra la sombra justo antes de desvanecerse.

sábado, 9 de mayo de 2009

Fiebre

He revisado este texto después de haber hecho el curso de corrección, y me he dado cuenta de las burradas que hago con los gerundios, leísmos y demás... voy a tener que revisarlo todo.
Este es uno de los que más me gustan de Reger (mi personaje de Neverwinter), por no decir el que más. Sé que es largo y que si no conocéis a los personajes no se entiende bien ni resulta interesante, y que si conocéis a los personajes ya habéis leído el relato... pero me apetecía ponerlo aquí xD



Alarga una mano y la mujer se la coge, observándolo con una mirada triste en sus ojos violáceos.

― Creía que era culpa mía― susurra ella, apretando su mano con fuerza―. Que no nacieras sano, que él te tratase así, que te marcharas… no podía seguir viviendo con este dolor.

Lo suelta lentamente y comienza a alejarse caminando de espaldas. Él baja la vista, desde el conocido rostro hasta la daga que Elanor lleva clavada en el vientre. La sangre, tan roja como su cabello, brota incesante de la herida. Se da cuenta de que sus dedos estaban helados.

― Madre…― alarga la mano de nuevo para intentar llegar hasta ella.

― Pero ahora lo comprendo― su dulce expresión cambia, su mirada se torna gélida―. La culpa siempre fue tuya. Debiste aprender a complacerlo, a complacernos a ambos.

― Madre, lo siento…― se incorpora, pero vuelve a caer tumbado, la habitación se mueve demasiado. Todo se balancea.

Mira hacia donde estaba, con el brazo aún extendido, y en su lugar se alza un hombre maduro pero fuerte, que sostiene una espada desenvainada. Da dos pasos hacia él, revelando una leve cojera. Su rostro sólo deja ver odio y desprecio.

― Así que aún sigues vivo. Nunca pensé que durarías tanto.

― Padre, lo siento, me esforzaré…

― ¿Que te esforzarás?― Derek Wornstein se echa a reír, con unas carcajadas crueles y sin rastro de alegría―. Como si fuese a servir de algo, eres un maldito inútil.

Se abalanza sobre él, lleva la punta de la espada hasta su pecho y la clava lentamente. El dolor es espantoso, pero no hay ninguna herida, la sangre brota por su boca y por los cortes abiertos en sus brazos. Intenta gritar, pero le falla la voz, necesita beber agua y le falta el aire. El balanceo se hace más pronunciado y cierra los ojos un momento, tratando de contener las náuseas. De fondo escucha la voz de una bella elfa.

― Debiste hacerles caso, debiste quedarte con ellos…― susurra Narawen con tono triste.

Abre los ojos con esfuerzo para enfrentarse a su padre, que ahora es una chica de cabello castaño rojizo que le mira con expresión preocupada, sentada a su lado.

― Tranquilo, guapo, estoy contigo―. Elisse le aparta el pelo húmedo de sudor de la ardiente frente, en un gesto cariñoso, y posa la otra mano en su pecho―. Te sentirás mejor enseguida.

Deja caer los párpados con un débil suspiro, reconfortado por la caricia. Los levanta de nuevo y ya no es Elisse, tiene el pelo morado y dos cuernos en la frente.

― Duerme, cielo, cierra los ojos y duerme― Larnya le sonríe mientras le acaricia, pero su sonrisa es extraña―. Quizá tengas suerte y ya no despiertes.

La tiefling le coge una mano y la lleva hasta uno de sus pechos. La mira sorprendido y quien le devuelve la mirada es una semielfa de rostro seductor.

― No seas tímido, cariño― ríe Adhara, metiendo una mano bajo las sábanas―. ¿Sabes?, siempre lo hablamos entre nosotras, sólo somos tus amigas porque nos das lástima.

La semielfa se sienta a horcajadas sobre él, aproxima su rostro al suyo y juega con la mano entre sus piernas. Él gime e intenta liberarse de la gigantesca araña negra en que se ha convertido Adhara. Queda totalmente abrumado por el terror, sin poder parar de temblar y con el corazón latiendo tan rápido y tan arrítmicamente que siente la sangre golpeando sus sienes. El pánico le llena y le pide que corra, que se libere de ese ser que le acaricia con sus repugnantes patas y chorrea saliva venenosa en su cara. Pero no tiene fuerzas, no puede moverse y su corazón va a estallar de terror. Todo lo que consigue es dar un grito, casi un sollozo, y la araña chilla con él en un escalofriante aullido agónico. Tiene un estoque clavado en las entrañas y se desliza a un lado, muerta y rígida. Un enorme mul arranca el arma del cuerpo, mirándolo con unos severos ojos azules. Warrick no pronuncia palabra, no es necesario. Lo ha salvado de nuevo, mientras él se quedaba parado sin hacer nada. Una melodía agradable llena sus oídos, el estoque del mul es ahora un laúd tocado hábilmente por un bardo de cabellos blancos y alegres vestiduras azules.

― ¿El tercer mejor bardo de todo Rinth? Qué fácil es reírse de ti, amigo Reger.

Arganos suelta una carcajada en su habitual tono despreocupado, que se convierte en un fuerte rugido. Le salen garras y alas, su pelo se torna pelirrojo, y el joven Alex clava en él sus pupilas verticales.

― Mírame, he cambiado y me he hecho fuerte, y tú sigues igual. No sé ni para qué te molestas, tu padre tenía razón; eres un inútil.

La fuerte figura disminuye de tamaño y un apuesto elfo moreno de negros ojos le sonríe de manera encantadora.

― Debe de ser duro no estar a la altura de las expectativas…

Sydd parece derretirse, como si estuviese hecho de cera, y él sólo quiere cerrar los ojos y dormir, dormir para que paren los violentos temblores y el malestar físico, dormir para que cese el dolor que le desgarra, dormir para siempre. Una estridente voz de gnomo resuena en su dolorida cabeza, impidiéndole ignorar el escalofriante desfile de gente y el balanceo del suelo y las paredes.

― ¡Cid se sacrificó por Eves!― chilla el mago―. ¿Y qué hizo Reger para salvar a Eves?

― Autocompadecerse y beber, sin intentar solucionarlo― contesta Colmund, con una expresión mezcla de furia y compasión en su bello rostro aasimar.

La sed comienza a ser acuciante, su garganta tiene la textura de una lija. Observa impotente cómo los rasgos del paladin se tornan élficos, sin poder decir una palabra ni dejar de temblar.

― Te quedas parado, no avanzas…― dice Sioth tristemente y se encoge de hombros―. ¿No encuentras tu camino? Yo no te guiaré.

El elfo del bosque se hace esbelto, todo su cuerpo cambia, una capucha cubre su rostro y Neres le pone una mano en el hombro tembloroso.

― No aprovechas tus habilidades, es una lástima.

― No hables con él― sisea otra voz femenina, una oscura y sinuosa silueta de formas exuberantes aparece de la nada junto a la adolescente y la aparta de su lado de un tirón―. Te volverías igual de patética.

El rabo de Ophet desaparece y su figura se funde en otra más corpulenta y masculina, los ojos rojizos de Quarrel se clavan en él desde el interior de su capucha.

― Sigo sin quejas… no como tú, que no haces otra cosa.

La capucha se transforma en un niqab, que deja parcialmente descubierto el rostro de una mujer de piel tostada.

― Reger, tengo que pedirte un favor― le dice la kussiana, con tono educado, y le toma una mano.

― Agua… ― suplica él.

― Bebe esto― le ofrece Garayn suavemente mientras le acerca una cantimplora a los labios.

Se incorpora haciendo un gran esfuerzo y bebe ansioso. Tiene un sabor extraño, es algo terriblemente gélido. El movimiento de la habitación se va haciendo brusco por momentos, ya no sólo se balancea, ahora gira, y la cosa horrible que le han hecho beber se revuelve en su estómago.

Sin saber cómo, logra moverse hasta el borde de la cama y vomita en el suelo, con sus últimas fuerzas. La kussiana ha desaparecido. El charco del suelo es totalmente negro, casi etéreo, hecho de sombras. Se mueve a un ritmo pulsante que recuerda haber observado antes, y su sola presencia le hace vomitar de nuevo. Aquello se va alzando, tomando forma humana, pero su visión se nubla completamente y después ya no ve nada.



El roce de un brazo que rodea su cintura lo saca de su sueño febril. Se mueve un poco, acomodándose sin abrir los ojos. Nota el pecho de Eves apretarse contra su espalda, y sus labios besándole el cuello con suavidad. Apenas recuerda los delirios de antes, se encuentra algo mejor después de haber dormido y la presencia del aasimar a su lado lo alivia aún más. Eves le pone una mano agradablemente fría en la frente, refrescando su piel.

― Me quedaré contigo hasta que estés mejor― le susurra en el oído.

Suspira agradecido y se dispone a dormirse de nuevo, pero una leve sensación de alarma se abre paso entre las brumas de la fiebre. La mano que hay en su frente está demasiado fría, el abrazo que le rodea es gélido. Y hay algo más que su confusa mente no advierte, no puede pensar con claridad.

― Me quedaré contigo… ― la voz del aasimar suena diferente, como cascada, y su aliento tiene el hedor de la tumba.

Un retazo de lucidez llega a él con la fuerza de un rayo y le deja sin respiración a causa de la impresión y del dolor. Eves se marchó, sin despedirse siquiera. Lo que hay tras él es otra cosa.

Su parte más infantil le insta a mantener los párpados apretados, a cubrirse la cabeza con la sábana y no moverse, le asegura que si lo ignora se marchará. Pero hace ya tiempo que dejó de ser un niño, así que reúne valor y se da la vuelta, abriendo los ojos al mismo tiempo.

Grita, pese a la sequedad de su garganta. Y después grita de nuevo. A su lado está el cadáver putrefacto que él, Warrick y Sioth desenterraron en el Bosque Verde, aún parcialmente cubierto por el sudario. Su brazo pútrido rodea su cintura, y le sonríe. Lo aparta de sí, reuniendo fuerzas, y entonces Eves, un Eves sano y saludable, y vivo, lo mira preocupado y lo sujeta para que no se caiga de la cama.

― Cálmate, amor, no pasa nada― le dice en voz baja, mirándole a los ojos―. Tienes fiebre y te imaginas cosas, pero todo va bien.

Asiente, se deja abrazar y entierra la cabeza en su pecho. Y de nuevo llega la sensación de alarma. Eves se marchó.

― No me quedé contigo porque nunca estarás mejor― le susurra, con una mueca de desprecio. Su voz cambia, ahora es levemente ronca, suave, pausada… su propia voz―. Nunca fuiste suficiente para mí, siempre lo has sabido.

Una negra y gélida versión de sí mismo le sonríe de forma ambigua, sin dejar de abrazarlo por la cintura.

― Yo sí me quedaré contigo, a pesar de todo.

Ríe y se desvanece, dejándolo solo.

viernes, 20 de marzo de 2009

El libro



Esto no llega a ser un relato exactamente, es algo que escribí después de una sesión de Cthulhu especialmente buena, contando lo que había pasado. Imagino que costará un poco entenderlo porque tiene muchísimas referencias a la historia de la partida, pero voy a aclarar cuatro cosillas antes para facilitarlo. Mi pj era George, un ventrilocuo ex-heroinómano que solía llevar un mapache morado llamado Bernie. Calixta es mi pj de reemplazo, novia de George, lider de una secta y bastante hija de puta. Sick Boy es un camello que aparecía en cierto momento de la partida, Legrasse es un inspector con algo turbio, y el resto de nombres que aparecen son de los demás pjs.
Esta historia empieza en el hospital, donde han acabado casi todos por culpa de una lucha con unos zombies, y de mi habilidad suprema con los dados (saqué una pifia estupenda mientras manipulaba un lanzallamas xD).
El master se curró una historia distinta para cada jugador, aquí va la mía:




Suena el teléfono, una y otra vez. Me despierto e instintivamente alargo la mano hacia la mesilla de noche, pero no hay nada en ella. La punzada de dolor que me recorre la espalda me hace recordar donde estoy y abro los ojos. La habitación del hospital está vacía, Ahmed no está en su cama ni Leo en el sillón, y el teléfono continúa sonando. Pero no hay ningún teléfono. Me siento en la cama, ignorando el dolor, y escucho que el sonido viene del baño. Voy hasta allí y abro la puerta, pensando que alguien se ha dejado el móvil dentro. No hay ningún móvil; lo que suena es el teléfono de la ducha. Lo cojo, desconcertado. Es Calixta. Me pregunta por la investigación, y algo no cuadra, su voz es demasiado alegre. Quiere saber si he encontrado el libro. Entonces su tono cambia, se vuelve imperativo. Me dice que debo encontrar el libro, que debo encontrarlo para ella. Que sé dónde conseguir las fuerzas para que no me duelan las heridas. Que siga el camino de baldosas amarillas hasta el Conejo Blanco. Y cuelga. Me doy la vuelta, sosteniendo aún la ducha, y veo que ante mí hay un camino de baldosas con un horrible símbolo que brilla con un lúgubre y enfermizo color amarillo. Da miedo. Salgo del baño siguiendo las baldosas, que llegan hasta la puerta de mi habitación. La abro y salgo fuera, vestido con el pijama del hospital y sin nada en las manos. Calixta me ha pedido que siga el camino, y ella no dejaría que me ocurriese nada malo. Me quiere. El pasillo está oscuro, las luces del techo parpadean. Escucho un sonido inquietante, notas discordantes de una flauta, y siento que hay algo a un lado del pasillo, algo malvado, algo que da miedo. Pero el camino va en la otra dirección, y lo sigo. Llega hasta la escalera de incendios. Salgo, acompañado por el sonido de la flauta, y veo a Bernie colgado en la pared del edificio, esperándome. Es enorme, morado, y su sonrisa está llena de dientes afilados, él también da miedo. Siento que mi cordura se escurre como la arena entre los dedos, y quiero gritar, pero él empieza a hablarme. Dice cosas extrañas sobre esta realidad, sobre mí mismo y mis otros yo. Me pregunta qué busco, le digo que el libro. Me dice que él es sólo un mapache de mierda, trepa por la pared y me deja allí. El camino amarillo continúa por la escalera de incendios, la flauta sigue sonando y yo empiezo a bajar. En un piso se oyen gritos, trato de abrir la puerta pero está cerrada. En el siguiente las notas de la flauta se mezclan con cánticos oscuros que hablan de seres oscuros: Ybb-Tstll, Bugg Sash, Nyothga. En el último piso hay sangre manando bajo la puerta. Me moja los pies. Tengo mucho miedo, quiero volver a la cama y cubrirme la cabeza con las sábanas. Pero debo seguir el camino, debo encontrar al Conejo Blanco y conseguir el libro para Calixta. Ella confía en mí, no puedo fallarle. No puedo seguir siendo un maldito fracasado. Las baldosas me llevan hasta un callejón. Allí está Sick Boy, con una bata blanca de médico sobre el traje y una jeringuilla llena de un repugnante y espeso líquido negro. Calixta está abrazada a él, toca esa melodía demencial con una flauta y sonríe. Se ríe de mí. Sabe hasta qué punto dependo de ella y se ríe de mí. Pero no es ella, y al mismo tiempo sí lo es. Es más vieja, más joven. Es la chica de la biblioteca. Sick Boy me pregunta si quiero drogas. Nunca las había necesitado tanto. Digo que sí, aparecen réplicas mías con jeringuillas, se me echan encima. Dicen que todo es culpa mía. Me pinchan. Grito. Sick Boy me clava la jeringuilla en el ojo, sigo gritando, siento como esa cosa negra entra en mí, me va deshaciendo a su paso, me asfixia, el dolor es espantoso, y mientras la flauta sigue sonando y sonando. Y entonces despierto.



Me siento en la cama, gritando, cubriéndome el rostro con las manos. Tardo unos segundos en darme cuenta de que estoy en la habitación del hospital. Solo. Me tumbo otra vez y trato de relajarme para que mi corazón recupere el ritmo normal. Pero algo no va bien. Mis manos… Las levanto de nuevo y las miro. No son mis manos. Mi pulso vuelve a acelerarse. No son mis manos. Son diferentes, más pequeñas, con más vello. Cierros los ojos, los abro, y siguen ahí. Vello oscuro, no rubio. No son mis manos. Me levanto de un salto, jadeando de terror, y una parte de mí es vagamente consciente de que ya no me duele la espalda. Voy hacia la puerta, pero no se abre. Estoy muy asustado. No son mis manos. Me asalta la urgencia de comprobar que soy yo, que soy George. Tengo que ser yo. Pero no son mis manos. Voy al baño, agachando como siempre la cabeza de forma instintiva al entrar, para evitar golpearme con la parte superior del marco de la puerta, y apenas me doy cuenta de que ha sido innecesario. Respiro hondo y me enfrento al espejo. Y grito. No son mis manos. No soy yo. Soy Legrasse.




Me despiertan mis propios gritos. Estoy otra vez en la habitación del hospital, incorporado en la cama, y el infierno que ha estallado en mi espalda por haberme movido tan bruscamente me obliga a contener el aliento. Casi no me atrevo a mirar mis manos. Me doy cuenta de que estoy solo, no hay rastro de Ahmed ni de Leo. Escucho algo en el pasillo. Me levanto y salgo, preguntándome si sigo soñando. El pasillo está oscuro y las luces parpadean, como antes. Siento una presencia malvada. Allí están los demás: Ahmed, Leo, Layla y Arigato. Todos llevan pijamas blancos del hospital, incluso Leo, y parecen tan desconcertados y asustados como yo. La presencia se hace visible, y mi mente se convulsiona una vez más. Ante nosotros hay un ser terrible y demencial, de un color blanco mortecino, su rostro es la oscuridad. Entonces todo se vuelve confuso, muchas cosas ocurren a la vez. Leo se lanza sobre el monstruo con un palo, Arigato es tragada por un agujero, Layla grita algo sobre el polvo de Suleiman y extiende la mano, Ahmed cierra los ojos y permanece inmóvil, en su pecho hay un pentagrama tatuado. No sé qué hacer. Pienso en el polvo de Suleiman y trato de que aparezca en mi mano, como Layla, pero no ocurre nada. El palo de Leo se hace pedazos y el monstruo se enfurece. Corro hacia Arigato, el agujero que la tiene atrapada está lleno de dientes. Tiro de ella, pero no consigo sacarla de allí. Layla le echa algo encima al ser. Le duele. La golpea y ella cae, inmóvil. Puede que esté muerta. Pienso en acercarme, pero Arigato grita y trata de subir, y la tengo más cerca. Tiro otra vez de sus brazos y la saco fuera. Leo parece concentrarse, Ahmed susurra palabras en árabe. Layla sigue sin moverse. El monstruo se cierne sobre Leo, y yo comprendo que tengo que despertar. Arigato se desvanece en el aire, sin dejar rastro. El aire en torno a Ahmed comienza a brillar. Cierro los ojos y deseo despertarme. Con todas mis fuerzas.




Y despierto. No sé si sigo soñando. Estoy en la habitación del hospital.






Imagen sacada de DeviantART, para variar.

jueves, 12 de marzo de 2009

Debería estar muerto

Aparta a un lado el pañuelo manchado de sangre y se recuesta en la cama sin desvestirse, tratando de recuperar el ritmo normal de respiración. Al menos tuvo suerte y llegó a la habitación de El Murmullo antes de empezar a sentirse mal de verdad, para estar a salvo de miradas indiscretas y compasivas.


Se esfuerza en mantener los ojos abiertos, pero está demasiado agotado y mareado, tanto por la violencia del ataque como por la repentina subida de fiebre. Ya no tose, pero el dolor en su pecho permanece. La habitación se mueve en olas a su alrededor. “No sé cómo puedo aguantar esto”, piensa. La inconsciencia se lo lleva poco a poco, como una desagradable marea. "Debería estar muerto".



- No sé cómo puedo aguantar esto- dice el gladiador retirado con desdén, lanzando una mirada de profundo desprecio al niño caído de rodillas en el patio-. Deberías estar muerto.


El muchacho comienza a levantarse, pero un ataque de tos le hace caer de nuevo, soltando la espada para apoyar las manos en el suelo empapado por la lluvia. Se lleva una al pecho, en un intento inútil de aliviar el punzante dolor. Le falta el aire, apenas puede respirar.


- ¡Deja de toser como una niña y lucha como un hombre! – grita el guerrero con furia, cogiéndolo por los brazos y levantándolo de un tirón.


El niño pone toda su voluntad en sostenerse en pie, y por un momento lo consigue. El pecho le arde y le tiemblan las piernas, pero fija la mirada en su padre con sus ojos de color azul violáceo. No quiere defraudarle más. Con una mano temblorosa se aparta un mechón de empapado cabello rojo que le cae sobre la cara y afirma los pies en el suelo. Entonces llega un nuevo golpe de tos, que le impide respirar. Unos puntos negros oscurecen su visión y cae otra vez. Siente en el rostro el frío de las losas del patio, y el dolor se hace insoportable de pronto, como si le atravesaran el pecho con una espada. Nota como mana la sangre de su boca, y apenas se percata de la rabiosa patada que recibe su cuerpo caído. Justo antes de perder el conocimiento escucha la helada voz de su padre y sus pasos alejándose.


- Ojalá hubieses muerto al nacer, como tu hermano.

“Tiene razón”, piensa. “Debería estar muerto”.




Despierta empapado en sudor, incorporado en la cama. La fiebre parece haber desaparecido durante la noche, pero la intensa angustia del sueño continúa, haciéndole respirar de forma entrecortada. “Debería estar muerto, ¿por qué no estoy muerto?”. Le invaden las familiares oleadas de pánico, dejándole incapacitado para hacer otra cosa que quedarse inmóvil, jadeando. “Porque no tengo valor ni para eso”. Su cuerpo parece demasiado pequeño para la gran bola de dolor que crece en su interior, se siente como si fuese a estallar de un momento a otro. Como siempre, desea poder soltarlo en forma de lágrimas, pero hace mucho tiempo que se obligó a no volver a llorar y ya no recuerda cómo se hacía.


El dolor cede muy levemente durante unos instantes, pero es suficiente. Ya es capaz de moverse. Con movimientos temblorosos, busca la daga en la correa que la sujeta a su muslo y la pone en su regazo. Se arranca ansiosamente la venda que cubre su antebrazo izquierdo, desvelando una maraña de cicatrices; unas recientes, otras tan antiguas que apenas se perciben. El dolor vuelve a crecer, necesita terminar antes de que le paralice de nuevo. Jadeando y sin parar de temblar, empuña la daga y se hace un corte vertical en el antebrazo, no demasiado profundo pero sí lo bastante como para que duela.


La sangre brota de la herida, y el dolor interior comienza a salir con ella, a borbotones, hasta que se hace de nuevo tolerable. Cierra los ojos, suspirando aliviado. Al cabo de un rato presiona el corte con la mano derecha para que deje de sangrar y se echa en la cama otra vez, con los ojos aún cerrados y una expresión de paz en el rostro. Las primeras luces del alba comienzan a entrar por la ventana. Ya está listo para enfrentarse a un nuevo día.





Soy una vaga y subo un relato algo antiguo. Básicamente es para presentar al personaje que va a aparecer en el siguiente, aunque el 95% de los que leen esto ya lo conocen, directa o indirectamente.
Es un personaje de un juego de rol on line, y este relato y los demás que subiré sobre él están ambientados en un mundo medieval-fantástico.