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viernes, 26 de junio de 2015

La isla de Nabumbu

Imagen de InfoShutter.com

No tengo nada claro haber vuelto, aunque lo parezca xD

Quería subir este relato, y no tengo otro sitio donde hacerlo, así que he resucitado el blog. Ayer estuve en un evento llamado La isla de Nabumbu, donde te daban 45 minutos para escribir algo con unas premisas que te decían en el momento. Fue duro, llevaba muuuuuucho tiempo sin escribir y los que me conocéis ya sabéis lo que me cuesta hacer algo así de repente, tan rápido. No estoy contenta con el resultado, pero bueno, siempre podría haber sido peor.

Las normas eran: un personaje que fuese un estafador de buen corazón, otro que fuese una mujer con gran fuerza, un folio como máximo, que estuviese en segunda persona y que empezase o acabase con la frase "Sálvame; soy un náufrago". No conseguí encajar bien la frase, pero me consoló ver que el resto de participantes tampoco xD


¿Por qué me miras así? Pensaba que me conocías. Sabes perfectamente cómo soy, siempre lo has sabido, así que no sé qué coño estás mirando.

Llegaste cuando no te esperaba, toda susurros y sonrisas, arrollando mi mundo a tu paso, y me desarmaste por completo. Si fuese un tío romántico diría que mi vida comenzó cuando te vi por primera vez, pero ambos sabemos que no lo soy. Mi vida comenzó cuando comenzó, tú simplemente la hiciste más interesante. No, quizá interesante no... más intensa, eso es. Cada día contigo es una puñetera montaña rusa, un caos, pero me encanta. Y a ti también, sino no seguirías aquí; no eres del tipo de chica que aguantaría mis mierdas si no le gustaran.

Por eso no entiendo de qué te sorprendes. No es la primera vez que hago esto, ni será la última vez que lo haga, y tú me has visto hacerlo cientos de veces. Joder, me has ayudado a hacerlo cientos de veces. ¿Por qué esta vez iba a ser diferente? ¿Porque se trataba de tu familia? No es justo que tuvieses esa fe en mí. Sabes cómo soy. Veo la ocasión de conseguir dinero fácil, y no puedo evitarlo. 

Pero lo que más me jode de todo esto no es que estuvieses convencida de que esta vez no lo haría. Lo que más me jode es que yo mismo estaba convencido de no hacerlo... pero ya me conoces. Soy así. Pensé que quizá podía cambiar, que tú podrías cambiarme, pero ya ves cómo son las cosas, he desvalijado la cuenta de tu abuela y ni siquiera me arrepiento. Sólo siento que me estés mirando así. Siento que estés a punto de marcharte, y que lo único que pueda hacer sea suplicarte, aunque sé que no servirá de nada. De verdad quiero cambiar, aunque no lo demuestre, lo que pasa es que esto es más fuerte que yo. Necesito que me salves de mí mismo, sólo tú podrías hacerlo, con tus susurros y sonrisas. Sálvame, por favor. Sálvame; soy un náufrago.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Aisha

Y aquí estamos, con otro relato reciclado. Lo escribí en la época en que no actualizaba el blog, y me apetece que esté por aquí. Es de otro de mis personajes de Neverwinter, que jamás pudo llegar a desarrollarse... me quedaré con esa espinita clavada. 

Prometo daros algo nuevo pronto, pero no es tan fácil.



 ― Así que cuentas historias― pregunta él, mientras llama la atención de la camarera para que les llene la copa de nuevo―. Me encantan las historias, cuéntame alguna y te invito a cenar.
― Si me lo pides así, no puedo negarme― la pequeña elfa sonríe con inocencia y se coloca bien en la silla, dando un trago de su vino―. Os voy a relatar algo que ocurrió en mi propia aldea, hace casi tres siglos.

Cuando la chica hace una pausa, aprovecha para mirarla bien otra vez. A pesar de que seguro que ha vivido varias décadas más que él, a sus ojos no parece mayor que su hermana de 14 años. No sabe bien cómo actuar, pues aunque sólo sea una adolescente, hay algo en ella que le atrae de una forma casi primaria. Se fija en sus dos amigos, Bern y Luria, y los encuentra como siempre, dispuestos a escuchar una buena narración y en un respetuoso silencio. La sala común de la posada está abarrotada esa noche, y nadie más les presta demasiada atención.

«Mi aldea es muy pequeña, un lugar tranquilo y monótono en el que, como en casi todos los sitios donde vivimos los elfos, las cosas apenas cambian. Además, la gente no se atreve casi nunca a salir de ella, porque está rodeada por un bosque del que se cuenta que está maldito y plagado de terribles criaturas.

Pero situémonos hace 278 años, que es cuando ocurrió todo lo que os voy a contar. Mi historia se centra en Acthelion, un por entonces joven elfo que vivía con sus padres, hermanos y abuelos en una granja de la aldea. Su familia era feliz allí, pero él estaba cansado de la monotonía y quería algo nuevo en su vida.

― ¡Acthelion, no se te ocurra acercarte al bosque!― le solía ordenar su madre. Y como aquello sonaba casi como una invitación, Acthelion iba al bosque a menudo.

Lo mantenía en secreto, pero le encantaba pasar allí las horas en que no debía ayudar a sacar la granja adelante. A él no le parecía en absoluto un lugar maldito, sino un precioso bosque lleno de paz. Pero no dijo nada, pues no quería compartirlo con nadie. Le gustaba dar largos paseos, bañarse en los lagos o simplemente tenderse al sol, sobre la hierba, y observar los pájaros y las formas de las nubes.

Y una tarde, mientras bebía el agua clara y limpia de un arroyo, le pareció escuchar algo».

― ¿Qué es lo que escuchó?― inquiere Luria, sin poder aguardar a que la joven continúe.
― Sssshh, déjala seguir― la amonesta él, ganándose al hacerlo una amplia sonrisa de agradecimiento de la narradora. No es más bonita que otras elfas que haya visto, pero le hace contener la respiración.

«Acthelion afinó el oído, y entonces el sonido le llegó claramente. Era un pequeño tintineo, como el de una campana. Alzó la vista, pero no encontró nada extraño. Y el tintineo persistía, ahora un poco alejado.

Sin pararse a pensarlo, Acthelion se levantó y fue tras el tintineo, que siempre estaba unos pasos por delante de el. Comenzó a seguirlo, sin fijarse por dónde caminaba, atento sólo a lo que captaba su oído. El tintineo lo guió, incesante, por el bosque, y el resto de cosas dejaron de importar. Los segundos se convirtieron en minutos. Los minutos, en horas.

Las horas se convirtieron en días.

Y, finalmente, el tintineo lo condujo al interior de una cueva. Acthelion entró, sin hacer caso del cansancio, y una vez dentro dejó de escucharlo.

Pero no le importó, porque se hallaba en el lugar más bello que había visto jamás. La roca de la cueva estaba cristalizada con minerales de mil colores, y estalactitas rosadas en espiral brotaban del techo. En el suelo crecían setas azules y moradas que despedían un intenso fulgor, alumbrándolo todo.

Y la elfa que lo esperaba era lo más hermoso que sus ojos habían encontrado en toda su vida. Su piel era blanca como las nubes limpias, su cuerpo era exuberante y delicado como las flores, sus ojos y sus cabellos eran verdes como el corazón de un bosque.

Ninguna tela cubría su cuerpo perfecto. Yacía sobre el suelo de la gruta, con los brazos hacia arriba, las piernas separadas, invitándolo a hacerla suya.

Acthelion no pudo resistirse. No hablaron. Sólo se amaron, una y otra vez. Los minutos se convirtieron en horas. Las horas, en días.

Los días se convirtieron en semanas.

Y, una mañana, Acthelion despertó y ella no estaba allí. Asustado, la buscó por toda la cueva, con el corazón a punto de estallar de dolor. Desconsolado, la llamó a gritos, a pesar de que ni siquiera conocía su nombre.

No fue capaz de encontrarla. Con el alma desgarrada, volvió a la aldea, donde lo recibieron con gran alegría, pues ya lo daban por muerto. Hubo una fiesta en su honor, pero él sólo miraba al vacío. Triste, roto. Incompleto. Las horas se convirtieron en días. Los días, en semanas.

Las semanas se convirtieron en meses.

Y Acthelion ya no era el mismo. Su alegría se había esfumado. Constantemente se arrepentía de haber deseado tanto tener algo nuevo en su vida, pues su pérdida era el peor castigo que alcanzaba a imaginar.

Una noche estaba solo en la granja, pues su familia había ido a los festejos en honor a la llegada de la primavera. Él, como siempre en los últimos tiempos, no tenía ganas de fiestas y se había quedado contemplando las llamas de la chimenea. Y entonces le pareció escuchar algo al otro lado de la ventana».

― ¡El tintineo!― exclama Luria, feliz, y acto seguido se tapa la boca con la mano y mira a la elfa, como esperando una reprimenda. Pero ella sólo sonríe y asiente.

«Efectivamente, era el tintineo. El corazón de Acthelion dio un vuelco, y salió a toda prisa, esperando encontrarse con su amada. Pero lo único que había allí fuera era algo envuelto en hojas, enredaderas y flores. Se agachó a mirarlo, y su corazón dio otro vuelco al percatarse de que era un bebé, una pequeña niña elfa con los ojos y el cabello verdes como el corazón de un bosque.

Mientras la cogía en sus brazos, el tintineo llegó de nuevo a sus oídos. Alzó la vista y observó algo diminuto que volaba sobre él, una preciosa hada con la piel blanca como las nubes limpias, con los ojos y cabellos verdes como el corazón de un bosque».

― ¡Oh!― Luria parece encantada con el desenlace―. ¿Así que ella era un hada? ¿Y qué hizo Acthelion?

― Eso ya no lo dice la historia… pero te lo contaré yo, pues conozco personalmente a Acthelion― la elfa apura su vaso y se pasa la mano por el pelo, negro y corto, en un gesto distraído―. Recuperó su alegría. Comprendió que su amada no podía quedarse con él, pues no estaba en su naturaleza. Y que ya le había demostrado su amor de la mejor manera en que los suyos podían hacerlo, dándole el mayor de los regalos.

Quizá es por cómo va vestida, con un vestido verde de corte infantil que deja parte a la vista y mucho a la imaginación, pero no puede dejar de mirarla. En este momento la desea más que a nada en el mundo, y por las sonrisas tímidas que ella le dirige es obvio que se ha dado cuenta.

La invita a cenar, pasan las horas, Bern y Luria se marchan. Y cuando ella se dirige a la habitación que tiene reservada, coge su mano y le conduce dentro.

El vestido infantil no dura demasiado tiempo puesto.

Y él enseguida comprende que esa pose inocente es pura fachada, pero no le importa. Una inexperta adolescente no tomaría la iniciativa de esta manera.

Ni le haría todas las cosas que ella le está haciendo.

Él le pregunta su nombre, pues ni siquiera se han presentado. Ella dice que eso es irrelevante, y siguen fundiendo sus cuerpos.

Él le dice que la ama, aunque acabe de conocerla. Ella sólo sonríe, y siguen fundiendo sus cuerpos.

Se queda dormido en sus brazos, deseando que ella no se aparte nunca de su lado. Y cuando despierta, tal y como había temido, está solo.

Le pregunta al tabernero, por si sabe algo sobre dónde ha ido. Éste le asegura que la vio salir al amanecer, aunque le había extrañado que su cabello ya no fuese negro, sino verde.

Verde como el corazón de un bosque.




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domingo, 27 de enero de 2013

verde, 33, cabaña, jirafa, árbol, nadar, cabeza, cortaplumas, negro, rueda

No me juzguéis muy duramente, estoy muuuy oxidada.





En días como hoy suelo preguntarme dónde demonios habrán ido todas las cosas que sentía antes. Cuando era un adolescente, me bastaba ver que a cualquiera le iba mejor que a mí para ponerme verde de envidia, el más insignificante desengaño amoroso era suficiente para desatar el drama y el triunfo más absurdo me convertía en el rey del universo.

Ahora tengo 33 años y ya no me importa nada. 

Mi jefe tiene una vida que no se merece, hace mucho tiempo que sé que mi mujer ya no me ama, y mis triunfos… digamos que lo poco bueno que he hecho en esta vida ha pasado sin pena ni gloria.

Y me da igual. Es como si mi capacidad de sentir se hubiese marchado para siempre a alguna cabaña recóndita en medio del bosque, agotada de la sobrecarga emocional a la que era sometida. 

Quizá a todo el mundo le pasa. Me lo planteo cuando veo a mi madre estirar el cuello, como una jirafa que trata de llegar a la rama más alta del árbol, para mirar con escaso disimulo la terraza de los vecinos. Supongo que en algún momento su vida dejó de interesarle lo suficiente y tuvo que encontrar un sustituto.

También me lo planteo cuando observo a mi mujer nadar entre recuerdos que le taladran la cabeza. Cree que antes era más feliz, no se ha dado cuenta de que lo único que ocurre es que antes era capaz de disfrutar de esa felicidad.

Pero yo no encuentro nada a lo que aferrarme, ningún sustituto, ningún refugio. Probablemente es por falta de ganas… no tengo fuerzas para luchar contra la naturaleza. 

Sería como enfrentarse a un dragón con un estúpido cortaplumas. 

Hace tiempo, cuando lo veía todo negro y el dolor me zarandeaba como a una hoja en medio de un huracán, deseaba que los sentimientos tuvieran una rueda de intensidad, como la del volumen de un radiocassette. Entonces hubiera dado cualquier cosa por acallarlos, por un instante de paz, por dejar de sentir.

Ahora, cuando pienso en ello, casi deseo que ese dolor vuelva. 

Pero creo que en realidad ni siquiera me importa.



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jueves, 22 de abril de 2010

cerebro, gripe, amarillo, novia, civil, necrofilia, gato, barbitúrico, West End, mímico

Palabras de Garrido. Quizá podría ser una continuación del anterior...

He vuelto :)



Debería haberme tatuado tu voz el cerebro, cuando tuve la oportunidad.

Me gustaba escucharla en mi cabeza, aunque fuese una versión distorsionada de la real, como si tuvieras gripe. Me hacía daño, pero creo que era mejor que el regusto amarillo que la ha sustituido y la falsa calma que me trae. Mejor que este silencio de algodón.

No estaba tan mal ser el pobre loco que oía voces, que escuchaba a su antigua novia en su mente. No era peligroso, las voces no me decían que quemara cosas ni nada parecido, y nunca hubo que llamar a la guardia civil para que viniera a buscarme. No le hacía daño a nadie, porque siempre supe que en realidad no eras tú. Tu voz sonaba distinta porque sólo eran recuerdos. Versiones distorsionadas de la realidad, a veces mejores, a veces peores, amplificadas o reducidas. Nunca iguales.

Pero unos días cuesta más que otros fingir que todo va bien en tu vida y en tu mente. Y llega uno en que ni siquiera lo consigues un poco, y la gente se horroriza al verte, como si vivir entre recuerdos fuese una especie de necrofilia insana. Y te ves obligado a sonreír hasta que pareces el jodido Gato de Cheshire, pero ya es demasiado tarde.

Así que ahora estoy sumido en este sueño barbitúrico, saturado de fármacos amarillos que recubren el mundo de azúcar glas, y en mi mente sólo hay silencio.

Realmente me hubiera gustado tatuarme tu voz en el cerebro. Prefería estar triste y recordarte a creer que soy feliz y que te he olvidado.

Porque si nuestra vida fuese una de esas historias que solíamos ver en West End, tú te darías cuenta de que nadie te querrá nunca como yo y volverías conmigo. O yo me daría cuenta de que no puedo vivir sin ti y me suicidaría de una vez. Sería un final feliz o triste, dialogado o mímico; de un modo u otro, esto terminaría.

Pero en la vida real casi todas las cosas se quedan a medias.


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martes, 19 de enero de 2010

casa, lotería, gato, buscaba, esqueleto, jodido, brazo, gilipollas, desesperación, beso

Palabras de Paula.


Esta noche se me ha vuelto a caer la casa encima.

Sé que es sólo una expresión, pero me siento aplastado por las paredes, como si de verdad estuvieran sobre mí y no me dejasen respirar, y el dolor físico es tan real que me sorprendo al abrir los ojos y ver que el techo continúa en su sitio. Y mientras intento salir del montón de escombros en que se ha convertido todo, pienso que el amor es una lotería; puedes tener suerte, pero es mucho más probable que no la tengas.

Recuerdo cuando, como un gato acechando la estufa, te buscaba en mi cama cada noche. Y te encontraba allí. Ahora sólo queda el esqueleto de tus abrazos, el fantasma de aquel tiempo en que iluminabas el frío.

Y no hay un jodido momento al despertar en que no alargue el brazo para tocarte, no hay un maldito instante en que esté medio dormido y no crea que sigues aquí, a mi lado, en medio de esa bruma que confunde mis sentidos. Pero entonces despierto del todo, y me siento como un gilipollas cuando la certeza de tu ausencia me golpea de nuevo. No sé cómo voy a olvidarte, si cada noche mi mente me engaña para que no recuerde que te fuiste.

Quizá esta desesperación es el precio que tengo que pagar por haberte tenido. Quizá cada beso que me permitiste darte se convierta en una noche de desorientación, en una pared desplomada sobre mí al recordar una vez más que el otro lado de la cama está vacío.

Y lo peor es que creo que merece la pena, tanto el hecho de haberte tenido como ese breve instante, justo antes de que empiecen a caer los escombros cada noche, en que estoy convencido de que aún eres mía.



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jueves, 3 de diciembre de 2009

Sé que esto es un sueño


Sé que esto es un sueño.

Sé que esto es un sueño, y aún así no consigo despertar. Y sé que nada de lo que hay a mi alrededor puede hacerme daño, pero me lo hace. Y sé que ella no eres tú en realidad, pero lo eres. Y me haces daño, aunque no puedas ni seas tú.

Sé que esto es un sueño, y es extraño que en realidad tú no seas esto que tengo delante, esto que duele y tiene dientes afilados y palabras más afiladas aún. Tus palabras siempre están pulidas, limadas con cuidado, forradas para que no hagan daño. Pero aquí son puras y se clavan. Son reales.

Sé que esto es un sueño, y aún así te sigo por los pasillos interminables, te sigo a cámara lenta, y tú ríes. Dueles. Y yo me esfuerzo en llegar hasta ti, porque entre nosotros sólo hay frío y dolor, y tú ríes. Recorro los pasillos llenos de dientes, cegado por esta oscuridad brillante, y tú ríes. Sé que nunca te alcanzaré, y aún así te sigo, y tú ríes.

Sé que esto es un sueño, y quizá tú seas otro. Quizá yo lo sea. Quizá sólo existe lo que veo ahora, esta realidad que duele y se clava y desgarra y susurra en la oscuridad. Que susurra cosas que duelen y se clavan y desgarran y susurran... Quizá sólo existe esta versión de ti. O quizá ni siquiera importe, porque ahora mismo dueles y yo sólo puedo concentrarme en el dolor.

Sé que esto es un sueño, y que mi otro cuerpo sigue respirando, pero me ahogo. En los pasillos con dientes el aire es espeso y viscoso y encharca mis pulmones, lo respiro y no me deja respirar. Tus ojos me inundan. Tu voz me asfixia. Tu risa me enmudece. No puedo gritar, pero te llamo a gritos, y tú ríes.

Sé que esto es un sueño, y que mi otro cuerpo no ve nada, pero me duele mirarte. En los pasillos eternos la luz es sangrante y gélida y desgarra mis ojos, mi propia sangre me ciega y sólo puedo mirarte. Tu presencia me destroza. Tu sonrisa me atraviesa. Tu mirada está hecha de dientes. No puedo ver, pero te veo, y tú ríes.

Sé que esto es un sueño, y ahora estamos los dos aquí en medio de la luz y los dientes y el dolor, y mi sangre se escurre entre tus dedos y mi mente se escurre entre tu risa. Y yo sólo quiero tocarte, pero el tiempo se dilata, el pasillo se alarga, y tú ríes. Y te alejas, y dueles, y yo sólo quiero sentirte.

Sé que esto es un sueño.





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jueves, 17 de septiembre de 2009

OVNI, pie, gafas, Olimpiadas, lejía, tía, rintintín, DVD, cerdo, sandalia

Palabras de Ichi, aka Ignacio.


¿Sabes qué es lo peor de todo? No, no lo sabes, y podría asegurar que tampoco te importa, pero te lo diré de todas maneras. Lo peor es que te echo de menos. Y no lo entiendo. Es absurdo, es como... como si alguien que hubiera sido abducido estuviese deseando volver al OVNI para que le metan de nuevo la sonda anal.

Y es que es extraño, pero no fueron tus mayores putadas las que me dieron pie a largarme, sino esas manías estúpidas que me sacaban de quicio. Que te limpiaras las gafas constantemente; joder, la mayoría de las veces ni siquiera estaban sucias. Que cada vez que yo recogía algo vinieras detrás a arreglarlo porque no lo había hecho bien. Que montases un pollo cuando utilizaba tus vasos y cubiertos personales e intransferibles.

Odiaba vivir inmersa en unas Olimpiadas de limpieza. Odio que todos los recuerdos que deberían haber sido agradables estén impregnados de olor a lejía. Créeme, cariño, me jodió menos enterarme de que te estabas tirando a otra tía que el rintintín que utilizabas para echarme en cara que no había fregado bien los platos.

Oh, pero ambos sabemos muy bien que llegará el día en que tu nueva zorrita se canse de que le grites cada vez que no coloque un DVD según tu fantástico orden alfabético. Llegará el día en que descubra que, pese a tu fachada de limpieza, eres un auténtico cerdo.

Y ambos sabemos que ese día vendrás a buscarme. Y yo estaré, más o menos, donde Cristo perdió la sandalia.



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martes, 15 de septiembre de 2009

pomelo, tubo de escape, argentino, campanario, calvo, sombra, cd, diamantes, lista de la compra, dientes

Este es el primer relato de estos que escribí, hace ya años. Las palabras me las puso Laura. No lo había subido porque no me gusta mucho cómo me quedó, pero me daba penita dejarlo ahí solo... soy una sentimental, en el fondo.




A veces olvidaba por qué le quería tanto. Las dudas se asomaban por su mente de pronto, sin avisar, escarbando con sus ponzoñosas garras, dejándole una insoportable sensación de vacío. Siempre en el momento más absurdo, como aquel, mientras miraba el solitario pomelo que quedaba en el frutero y se decía que ya iba siendo hora de pasar por el mercado.

Pero era fácil desterrar esas malditas dudas. Sólo tenía que recordar…

Recordar aquel tiempo en que el sonido más feliz en su vida era el ruido del tubo de escape de su moto cuando iba a buscarla al colegio y le decía lo preciosa que estaba con el horrible uniforme de cuadros. Paseaban juntos cerca de La Almudena, y él siempre se picaba porque a ella le encantaba el acento argentino del chico que solía vender flores bajo el campanario. Al ver lo guapo que era le entraba inseguridad y empezaba a decir que ya no le querría cuando fuese viejo y calvo, y ella le besaba y le aseguraba que sí hasta que la sombra de miedo desaparecía de sus ojos. Eran tiempos mágicos, en los que un cd grabado por él le parecía un regalo mil veces mejor que un anillo de diamantes.

Sus recuerdos felices alejaron las dudas, como hacían siempre, y siguió con la lista de la compra con una dulce y bonita sonrisa. Al menos todos los golpes que le había dado cuando esa felicidad acabó habían dejado intactos sus dientes.



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martes, 1 de septiembre de 2009

panecillo, jabalí, buñuelo, apocalipsis, páncreas, campamento, eones, radiactivo, filo, bellota

Palabras de Raúl.



Hasta aquella mañana no pensaba que fuera posible odiar tan intensamente algo tan estúpido como un panecillo.

Pero ahí estaba, sentado a la mesa del desayuno, contemplando aquel trozo de pan con mermelada como si tuviese la culpa de todas sus miserias. En su mente se sucedían imágenes de los comics de Astérix en las que aparecían esos entrañables galos devorando alegremente un jabalí. No esperaba tanto, pero qué menos que un donut, o un simple buñuelo. No un puñetero panecillo cubierto de triste mermelada de ciruela.

Las cosas estaban saliendo espantosamente mal últimamente, y el desayuno no era ninguna excepción.

En realidad el apocalipsis había estallado unos meses atrás, cuando le detectaron un cáncer de páncreas al abuelo. Fue entonces cuando sus padres enloquecieron de pronto y no atinaban a hacer nada medianamente lógico. Incluso enviaron a Miguel a un campamento todo el verano, para que no se enterara de lo que ocurría, y no intentaron hacer lo mismo con él porque hacía eones que había sobrepasado la edad para eso.

Pero lo peor fue que se quedaron mirando sin más cómo el abuelo se iba deteriorando día a día; la gota que colmó el vaso fue cuando consintieron que le metiesen ese brebaje radiactivo en las venas. Y al final, viendo que no reaccionaban, lo tuvo que solucionar él mismo.

Como los cuchillos del hospital apenas tienen filo, no le había quedado más remedio que asfixiarlo con la almohada.

Y como sus padres tenían la inteligencia de una bellota, le habían denunciado.

Así que ahí estaba, sentado a la mesa del desayuno, rodeado de presos. Culpando de todo al puñetero panecillo con su puñetera mermelada de ciruela.


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sábado, 29 de agosto de 2009

mirar, hablar, palabras, único, casa, tele, monja, salir, fotos, perra

Estas palabras son de mi amiga Gema, le estoy cogiendo el gustillo a esto... aún tengo 7 pendientes, pero se admiten más peticiones.





Cada momento que pasa estoy más desvinculada de todo, y a veces eso me asusta.

Pero es que no sé de qué sirve mirar alrededor, mirar a alguien, si al echarle un vistazo a mi propia vida sólo veo sombras. Sombras grandes, que lo envuelven todo, que son tan frías que me congelan las ganas de hablar. Y aún así las palabras salen, mecánicamente, palabras de autómata en conversaciones de autómata, sin ningún otro propósito que el de mantenerme dentro de esta puta normalidad que nos rodea.

Y ya ni siquiera sé qué es normal y qué no, ni sé si alguna vez lo he sabido. Tú eras lo único que me hacía sentir como una persona real, el ancla que me sujetaba al mundo, y ahora que no estás me distancio, me desdibujo, pierdo consistencia. Nuestra casa se ha convertido en un conjunto de paredes aleatorias y yo soy el fantasma que las habita.

Porque sin ti me siento tan ficticia y bidimensional como cualquier personaje de dibujos animados de la tele. Tan ilusoria e irreal como la monja muerta que escuchábamos gemir dentro de las paredes del colegio.

Sin ti me siento como un producto de mi propia imaginación.

Sé que debería salir más. Conocer gente. Dejar de tantear tus fotos con la esperanza de encontrar una entrada en ellas. Olvidarme de ti y de la perra a la que ahora haces sentirse real.

Volver a ser tangible.

Pero es que no sé de qué sirve mirar alrededor, mirar a alguien, si al intentar echarle un vistazo a su vida me ciegan mis propias sombras.

Cada momento que pasa estoy más desvinculada de todo, y cada vez me importa menos.



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miércoles, 19 de agosto de 2009

punción, guitarreo, hecatombe, buzón, cagada, desvestir, hiena, regurgitado, quiosco, intravenoso

Otro de palabras, para acabar con mi vaguería crónica. Esta vez son de mi amigo Dani.




Su voz es tan agradable como una punción lumbar.

No para de hablar en lo que me recuerda a un monótono guitarreo de música pop. No es sólo la voz, sino también el tono. No es sólo el tono, sino también lo que dice. Hace más de cuarenta minutos que finjo que escucho. Ella no para de hablar, yo no dejo de asentir. Me siento dentro de una de esas estúpidas telecomedias de los 70 sobre matrimonios que no se soportan.

Miro por la ventana de la cafetería y deseo que suceda algo, aquí y ahora. Un atraco. Un terremoto. Un holocausto zombi. Una hecatombe de cualquier tipo, en este preciso instante. Lo que sea, con tal de tener una excusa para salir huyendo.

La he reconocido antes por su boca de buzón de correos que por el vestido amarillo que aseguró que llevaría. Al menos las fotos eran reales. No es guapa, pero tiene algo... o lo tenía hasta que empezó a hablar. En cuanto se abrió el buzón de correos me di cuenta de que todo esto ha sido una gran cagada. Era un iluso al pensar que el irritante sonidito del messenger puede sacarle a uno de quicio; no es nada comparado con su voz. Bendita comunicación escrita.

Debería haber aprendido de mis experiencias. En el 90% de estas citas ni siquiera llego a desvestir a la chica. O ella me horroriza, o no se presenta, o ni siquiera es una chica. Cuando me pregunto por qué lo sigo intentando (cosa que he hecho unas mil veces en estos cuarenta minutos), la única respuesta que encuentro es que mantengo la esperanza de subir ese 10%.

Su risa me hace pensar en una hiena devorando algo previamente regurgitado.

Se me quitan las pocas ganas que podían quedarme de seguir con esto, y me voy de allí tras murmurar una excusa. Ella me mira marchar con ojos de gacela indefensa, casi parece bonita de nuevo ahora que está callada. Un precioso, amarillo y triste buzón.

Al salir paso por delante de un quiosco y echo un breve vistazo a la portada de una revista. Pone que «el cyberviolador» lleva más de tres semanas sin atacar, y yo sonrío mientras juego con mi jeringuilla de flunitrazepam intravenoso dentro del bolsillo.

No sé cómo quieren que trabaje, si las chicas cada vez son más estúpidas.



Si alguien quiere proponerme 10 palabras, le hago un relato tonto de estos.

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martes, 14 de julio de 2009

Música y luz

Me ha dado guerra, pero al fin lo he acabado... va para Dama Blanca.
Y, por supuesto, para K.




Sus pensamientos se esparcen. Sabe que están a punto de hacerle comprender algo esencial, algo que hará que su percepción cambie para siempre, pero se desparraman por el borde antes de terminar de formarse. La mayor parte son de un tono negro amarillento e infectado, podridos de verdades, y casi escucha el chapoteo grumoso que hacen al resbalar. Y de vez en cuando surge uno de un color brillante, limpio y sedoso, que quizá sea una ilusión o quizá otra verdad, una buena, que también abandona su cabeza antes de revelarse. No chorrean al alcanzar el borde, sino que escapan flotando. Son del mismo material que la música; todas sus canciones están hechas de un cúmulo de esos pútridos pensamientos negros, y en algunas hay uno o dos jirones verdes, o rojos, que es lo que le da magia al resto si se teje correctamente. Una canción totalmente hecha de pensamientos brillantes sería algo tan puro que no debería existir.

Y siguen brotando. Y se alejan de su alcance, sin llegar a ser formulados. A medida que la combinación de mimai, belladona y whisky va inundando su interior, los pensamientos negros van desapareciendo completamente. Abre los ojos. Ahora ve con claridad. Ya no hay dolor. Ni físico ni tampoco el otro, el que desgarra. El mundo ya no está teñido de sombras.

Y ella brilla. Al ritmo de las luces de ambos. Sus ojos están cerrados y una sonrisa plateada le da fuerza a su rostro. Sabe que ella también lo siente. Que por un instante ambos son dioses, que pueden hacer cualquier cosa.

Ella levanta los párpados en una explosión azul. Tal vez dice algo. Tal vez él responde. No importa. Es tan hermosa que está hecha de música.

Y quiere oírla sonar más cerca. Quiere vivir vidas enteras a su lado. Toda ella es un pensamiento puro, eterno, libre, y sus manos le ayudan a deshacer la barricada de tela que los aleja. Nada debe separarlos, nunca. Necesita fundir su melodía en la suya, empaparse en su luz, perderse en el susurro azul de su mirada. Desterrar las sombras para siempre.

Y ella las espanta con la música que emana de su cuerpo infinito. Y él paladea ese cuerpo con las manos, lentamente, como afinando un instrumento. La hace sonar. Siente que la carga de música pura que la invade la obliga a estremecerse, y comprende que debe extraer una parte para liberarla, para que la melodía quede repartida entre ambos. Para que su propia música deje de estar podrida y compuesta de coágulos de pensamiento infectado.

Aparta la suave cascada roja que cubre su rostro y se funde en el torrente que surge de sus labios. Deja que la melodía lo llene, y ahora es ella quien paladea su cuerpo con las manos y lo hace sonar, pero su música continúa estando desafinada. Sus antebrazos arden, necesita liberarse de las vendas que llevan tantos años formando parte de sí mismo. Ella lo sabe porque él lo sabe y las retira mientras su torso susurra contra el suyo. Él permite que lo haga aunque jamás se haya entregado antes hasta tal punto. Y con ello se disuelven los últimos vestigios de negrura que quedaban en su interior.

Ella observa las huellas que las sombras han dejado en sus brazos y de sus ojos brota espuma azucarada. Él quiere decirle que ya no importa. Quiere decirle que las sombras ya no existen, que ella las ha hecho huir, pero no dice nada. Suena para ella sin palabras, y cuando la luz plateada la envuelve de nuevo sabe que lo ha comprendido.

Va acariciando los acordes sin prisa, siguiendo las descargas de música pura que recorren su espina dorsal. Ahora es él quien marca el ritmo, y ella lo acata; sus hombros se arquean hacia atrás, sus labios contienen el aliento, sus dedos le dibujan luces en la espalda. Sus pechos saben a puesta de sol.

Encuentra el origen de su canción y ella se estremece con una violencia armónica. Toca cada una de las notas, primero despacio, después aumenta la cadencia, según le dicta la melodía que ambos están componiendo. Detiene el remolino de caricias y ella le rodea las caderas con las piernas para conducirlo hacia su interior. Y él se deja guiar, porque mientras estén fundidos el uno en el otro las sombras no regresarán. Ni tampoco el dolor. Se cobija dentro de ella, se diluye en su claridad hasta que todo lo demás se desvanece, hasta que sólo existen ellos y su canción. Y el tiempo se detiene, o tal vez se acelera. O tal vez las dos cosas.

Las descargas de luz agitan todo su cuerpo, lo hacen temblar al ritmo del resplandor que los envuelve.

Y ella brilla cada vez más, gime en su oído, pronuncia un nombre, quizá es el suyo. Pero ahora él no es ningún nombre. Él es música. Los dos lo son.

Y los dos sienten que la canción está a punto de terminar, que las notas se precipitan hacia un final cada vez más inexorable. Sus miradas se funden tanto como lo están sus cuerpos, se entrelazan, tratan de retrasarlo. Pero es inútil; ella concluye su parte en una súbita y lenta sacudida. Él toca un último y vertiginoso acorde casi al unísono. El estallido los deja inundados de música, desbordados de luz.

No quiere soltarla, porque sabe que si lo hace las sombras volverán. Siempre vuelven, son parte de él. Así que permanecen aferrados, enlazados, diluidos el uno en el otro. Sumergidos en el eco de esa canción totalmente hecha de pensamientos brillantes, tan pura que no debería existir, pero que ha existido para ellos.




La imagen es de Victoria Francés, con algún retoque muy pequeño hecho por mí en Photoshop (las uñas, la oreja y las cicatrices del brazo del personaje masculino). Aquí está la original.

miércoles, 10 de junio de 2009

Huyendo de la soledad (3)

Así es como buscaba sentirse. Aunque la habitación está totalmente oscura, puede distinguir sin problemas el cuerpo de Adrian bajo la sábana. Le acaricia la espalda sin despertarle, con más ternura de la que suele atreverse a mostrar en sus relaciones. El brazo del muchacho le rodea la cintura y tiene la cabeza apoyada en su pecho, así que no puede moverse mucho, pero no le preocupa. Se limita a saborear el momento, sin dejar que el sueño lo venza.

Adrian se había quedado dormido enseguida, quizá con ayuda del sonido de su respiración; según le dijo Ophet en cierta ocasión, abrazada a él por la espalda, es relajante.

«¿Volveré a verte?», había preguntado con los ojos casi cerrados ya. Él había asentido y le había asegurado que sí en un acto reflejo. Es lo que siempre dice en estos casos y le sale de forma natural, a pesar de que la mayoría de las veces no tiene ninguna intención de darle una segunda parte a la historia. Normalmente sólo busca un placer momentáneo, en ocasiones también la sensación de afecto que llega justo después.

Sabe que no está bien haber utilizado a un chico tan joven para paliar su sentimiento de soledad y vacío. Nunca un desconocido le había mirado con tanta adoración, raras veces encuentra una entrega tan completa. En los ojos de Adrian se ve que aún tiene ilusiones, que todavía cree que el amor puede llevarse a buen puerto. Pero en el fondo es mejor para él que comprenda cuanto antes cómo es en verdad el mundo, especialmente en estas cosas.

Acaricia el cabello rubio del chico, con lástima. Y recuerda su voz al cantar la noche anterior, su sonrisa tímida, sus ojos verdes aún limpios de realidad, su cuerpo temblando de miedo y excitación a un tiempo.

Y algo se mueve dentro de él, y comprende que quizá está historia sí tendrá segunda parte.

miércoles, 3 de junio de 2009

Huyendo de la soledad (2)

― ¿Puedo?― señala un taburete vacío en la mesa del chico, con una sonrisa sesgada.
― S…sí… claro…― acierta a decir éste, y clava la vista en sus propias manos después de lanzarle una breve mirada azorada.
― Espero no molestarte, es que no he podido evitar fijarme…― hace una pausa deliberada mientras toma asiento lentamente, alargando cada movimiento de un modo casi felino―. Tienes una guitarra muy bonita.
― No…no, no molestáis, señor.
― No soy ningún señor… ni necesito que me llamen de vos.
― Perdonad… digo, perdona― el chico sonríe un poco y sus ojos verdes se desvían a su guitarra―. Es una herencia familiar, mi tío era bardo.
― Parece muy buena― observa el instrumento, que es realmente de calidad―. Supongo que la cuidarás bien.
― Claro que sí, la limpio todos los días, y le afino las cuerdas― su timidez se va transformando en orgullo.
― ¿Y la tocas?― ladea la cabeza y se echa un poco hacia delante―. Sería una lástima que no lo hicieras.
― A veces…― vuelve a sonreír, tímido de nuevo.
― ¿Podría escucharte? Me gusta la música.
― ¿Aquí?― mira aterrado a su alrededor.
― ¿No has venido para eso?― se echa otra vez hacia atrás, ampliando su sonrisa, y apoya la barbilla en la mano derecha.
― Bueno, sí, pero… me da vergüenza. Hay demasiada gente.

«Me lo acabas de poner en bandeja», piensa, y se la juega esperando no haberse precipitado.

― Podemos ir a un sitio más tranquilo…― hace otra pausa deliberada―… a escuchar tu música. Sólo si tú quieres, claro.

El muchacho duda, como si debatiese algo consigo mismo. Le mira un segundo a los ojos, armándose de valor, y él le sostiene la mirada sin perder la sonrisa sesgada, para evitar así que baje la vista una vez más.

― Está bien― asiente finalmente, y se muerde el labio en un gesto de nerviosismo.

El camino hasta su casa es bastante fácil. El muchacho parece algo reacio a meterse en el barrio convicto, pero se tranquiliza al asegurarle que con él no le sucederá nada malo. Es demasiado sencillo convencerle. Sólo lleva una daga en el cinturón, y se deja llevar a un barrio peligroso por un desconocido armado. Ha tenido suerte de topar con él y no con cualquier delincuente.

Abre la puerta y le hace un gesto para invitarle a entrar al salón. Últimamente ha estado bebiendo demasiado; el suelo está lleno de botellas, frascos vacíos de las pociones de Max y papeles arrugados con intentos de nuevas canciones. El chico mira a su alrededor con curiosidad y toma asiento sobre los cojines del suelo, en respuesta a un amplio ademán suyo que señalaba éstos y la silla. Él se sienta a su lado, mantiene una distancia suficiente para no causarle incomodidad.

― Adelante― asiente con la cabeza, cruza las piernas y deja el estoque enfundado a un lado, lejos de ambos―. Imagina que estás solo, así te será más fácil.

El muchacho pone la guitarra en su regazo y toma aire, tratando de paliar el nerviosismo. Cierra sus ojos verdes y comienza a tocar, al principio de forma vacilante, pero va ganando seguridad poco a poco. Es una canción popular, conocida simplemente como La Canción del Bardo, que casi todo el mundo ha escuchado alguna vez. Se nota que está aprendiendo y que no está acostumbrado a tocar en público, sobre todo por la falta de confianza, pero su voz es bonita y es evidente que tiene un buen potencial. Cuando acaba la última nota lo mira con timidez, esperando su reacción. Él le vuelve a sonreír.

― Lo haces bien. Si sigues practicando llegarás a ser muy bueno…― deja la frase a medias―. No me has dicho tu nombre.
― Adrian…
― Un placer, Adrian. Yo soy Reger.
― ¿Reger? – el chico abre los ojos como platos, poniéndose tenso―. ¿Reger el bardo?
― Pues… sí, supongo, no creo que haya más con mi nombre― está sorprendido, no esperaba que le fuese a reconocer.
― Pero… vos… he oído que sois muy bueno― enrojece de nuevo―. Dicen cosas increíbles de vos, y también que… que…
― ¿Qué es lo que dicen de mí?
― Nada― afirma con tono tajante, bajando la vista, mientras su rostro adquiere el color de un tomate maduro.

«Que me gustan los hombres, eso es lo que dicen».

― Sólo soy un músico más, como tú. Y creo que ya habíamos comentado lo de hablarme de vos…
― Lo siento… dioses, he tocado delante de vos… de ti… te habrá parecido de lo más mediocre, y…
― Lo has hecho muy bien― le interrumpe―. No sé qué habrás oído de mí, pero te aseguro que no soy uno de los grandes, como Aldur Lavannah, Iowan de Marco o Arganos Growen.
― ¿Podrías…? – reúne valor para concluir la frase―. ¿Podrías tocar algo?
― Imagino que es lo justo, una canción por otra― asiente, mientras Adrian le tiende tímidamente su guitarra.

Toca unas notas sueltas, para familiarizarse con el instrumento, y después comienza a interpretar una de sus canciones. La primera que tocó en Tel al regresar, en aquella hoguera que ya no existe.


Concluye y le devuelve la guitarra, mirándole a los ojos. El chico le sostiene la mirada, como en trance, antes de parpadear un par de veces.

― Eres incluso mejor de lo que dicen― asegura, casi en un susurro. Le roza la mano un instante al coger la guitarra, sin querer, y la retira como si estuviese cargada de electricidad.
― ¿Cuántos años tienes, Adrian?― le dice en voz baja, y se aproxima un poco.
― Diecisiete…
― Es una buena edad para…― se humedece los labios―… empezar a tocar en serio.

El chico reacciona ante su cercanía; puede percibir su excitación en su forma de respirar. Y eso hace que aumente la suya.

― Yo… nunca… ― empieza a decir Adrian, con el deseo patente en sus ojos―. Nunca he estado con un hombre.
― Eso no importa― le susurra, acercando el rostro a su oído―. Lo único que importa es si quieres.

La respiración del muchacho se agita, está asustado pero al mismo tiempo le cuesta contenerse. Sabe que debe tratarlo con cuidado, entiende perfectamente por lo que está pasando.

― ¿Quieres…?― le besa suavemente la oreja, muy despacio.

Adrian cierra los ojos y asiente; un simple vistazo le muestra que su excitación es más que obvia. Evitando ser brusco, acaricia su cabello rubio con delicadeza y une sus labios a los suyos.

Huyendo de la soledad (1)


-->Sale de la solitaria casa en silencio y encamina sus pasos al puerto, pasando desapercibido en el conflictivo barrio en que se encuentra. Nunca ha hecho esto en su ciudad, porque hasta ahora no lo ha necesitado, pero supone que será aún más sencillo que en otros lugares. Aprovecha un momento en que pasan varios marineros cerca para salir de las sombras sin llamar mucho la atención y abre la puerta de Los Pechos de Sutherna con suavidad. Un vistazo le muestra que dentro no hay nadie que lo conozca demasiado, y se encamina a una mesa algo apartada con paso lento y provisto de cierta cadencia. Es un papel que ha interpretado ya bastantes veces y que siempre se le ha dado bien.

Desde que regresó a Tel-Arras, sobre todo en los últimos meses, se ha acostumbrado más de la cuenta a estar rodeado de gente conocida. Y ahora que parece que todos se han puesto de acuerdo para desaparecer, se siente solo de un modo en que hacía tiempo que no se sentía. Su música le ha servido como tabla de salvamento, ha sido algo a lo que aferrarse durante días, pero necesita algo más. Un tipo de alivio que la música no es capaz de proporcionarle.

Se sienta en el taburete y se recuesta contra la pared, cruzando una pierna sobre la otra en una pose ligeramente afeminada. Alza una mano para llamar a la camarera mientras deja que el cabello rojo caiga sobre su rostro y lo oculte en parte. Le da a cada uno de sus gestos el toque exacto entre amaneramiento y languidez, sabiendo cuál es la medida justa para no pasarse.

Pide un whisky, en voz tan baja que obliga a la camarera a inclinarse hacia él para escucharle. Cuando se lo sirve bebe un pequeño sorbo, y después lo deja en la mesa y se desabrocha un par de botones de su camisa negra y verde. Ahora sólo queda esperar; nunca le ha gustado el papel activo en estas situaciones, y nunca ha tenido la necesidad de tomarlo.

La primera en acercarse es una joven con aspecto de marinera, con la piel tostada por el sol y cabello corto y castaño. Le dedica una sonrisa, se sienta en el taburete que hay frente al suyo sin pedir permiso siquiera y deja su vaso sobre la mesa.

― ¿Qué haces aquí tan solo?
― Estoy tomando una copa, como todos – alza la mirada, con media sonrisa, y le da un nuevo trago a su whisky.
― Si te apetece puedes tomar otras cosas, en compañía― la chica ladea la cabeza con expresión pícara.
― Lo siento, guapa… pero creo que te equivocas de persona― se aparta un poco el pelo de la cara, con un gesto deliberadamente amanerado, sin dejar de sonreír.
― Ya lo imaginaba, pero aún así tenía que intentarlo― lo mira de arriba abajo antes de levantarse y volver con su grupo―. Una verdadera lástima…

El siguiente es otro marinero. Un semielfo que llega casi a la madurez, de pelo castaño cobrizo y aspecto rudo. De los que no admitirían sus gustos en público ni bajo amenaza de muerte. Le dirige una mirada penetrante, seguida de un rápido y casi imperceptible movimiento de cabeza hacia la salida; un gesto que con el paso de los años ha aprendido a interpretar muy bien. Cuando se ganaba la vida con esto, lo principal era la discreción.

Valora la oferta durante unos segundos y finalmente niega suavemente y vuelve a mirar hacia su vaso, para romper el cruce de miradas. Sabe que hubiera sido algo rápido y posiblemente violento, casi con certeza contra la pared de algún callejón. No le desagrada ese tipo de encuentros, y el semielfo no carece de cierto atractivo, pero no es lo que está buscando en este momento. En este momento necesita…

… algo como aquel chico. No se había fijado aún en él porque parece esforzarse en pasar desapercibido, aferrado a su guitarra en un rincón, como si le faltase el valor para tocarla. No tiene más de dieciséis o diecisiete años, y mira tímidamente a su alrededor con unos grandes ojos verdes enmarcados en un rostro de rasgos bonitos y delicados. Esboza una sonrisa al darse cuenta de cómo le recuerda el muchacho a sí mismo, años atrás, cuando su maestro Arion se había acercado a su mesa con intenciones bastante diferentes a las que tiene él ahora.

La camarera pone un vaso delante del chico, y al inclinarse deja a la vista un generoso escote, pero el muchacho se limita a hacer un gesto de asentimiento, sin fijarse siquiera. Ese detalle termina de decidirle, así que alza la cabeza y lo mira abiertamente. El chico repara en él, sostiene su mirada un instante y se sonroja acto seguido, para enseguida bajar la vista.

Se dice que no tiene por qué tomar siempre el papel pasivo; se levanta despacio y se dirige a su mesa, con el vaso en la mano y sin amaneramiento ya en sus gestos.

lunes, 25 de mayo de 2009

Té

Me he encontrado hoy esto y me ha hecho ilusión, es un mini relato que escribí para un concurso (y no llegué a presentarlo xD). Las únicas bases eran que no podía tener más de 100 palabras, y que tenía que aparecer el té en él.



Sonia contemplaba fijamente la taza de té, intentando ignorar el temblor de sus manos. Lo había preparado después de discutir, y ahora esperaba a que fuese a tomárselo para arreglarlo.

Sabía que enseguida se sentaría con ella, estaba segura. No importaba que el té ya se hubiera enfriado. No importaba que llevara esperando tres días. No importaba que él no se hubiera movido en todo aquel tiempo, ni que sus ojos vacíos la mirasen desde su rostro teñido de sangre. No importaba, porque en cualquier momento se levantaría y se tomarían el té. Estaba segura, pero sus manos aún temblaban.



Link de la imagen

jueves, 14 de mayo de 2009

Combate

Otra versión corregida.

Los dos orcos se miran inquietos e intercambian alguna frase en su idioma gutural. Hace rato que sus compañeros han desaparecido mientras hacían la ronda, pero no se atreven a abandonar su puesto para ver qué les ha ocurrido. Cuando parece que sus obtusas mentes están llegando a la conclusión de que uno puede quedarse allí mientras el otro investiga, las sombras oscilan a su alrededor y una figura se materializa justo entre ambos.

El bardo sabe que cuenta con el factor sorpresa, pero las hachas de los orcos pueden hacer mucho más daño que su arma y la fuerza bruta de éstos supera la suya con creces. Se abalanzan sobre él con sendos gruñidos, pero sus hachas sólo hieren el aire. El joven se mueve con celeridad, compensando su debilidad con precisión. Su estoque se clava entre las costillas de uno de los orcos, que ruge y trata de rebanarle la cabeza sin éxito. Gira sobre sí mismo para evitar el hachazo del segundo, por lo que parte de su largo cabello rojo escapa de las sombras de la negra capucha, y aprovecha el impulso para asestar dos rápidas estocadas al primero, una en el vientre y la otra en el costado herido. El ser grita de dolor y cae al suelo, agonizante. Ya sólo queda uno. Esquiva el filo enemigo con un salto hacia la derecha, y se dispone a contraatacar.

Y en ese momento un dolor insoportable invade su pecho y lo deja sin aire. «No, joder, ahora no». Se dobla hacia delante y trata de ocultarse, lucha por llevar aire a sus malditos pulmones, pero el dolor es demasiado intenso y no logra fundirse en las sombras. La falta de oxígeno comienza a nublar su visión, pero aún puede ver perfectamente al orco frente a él, sorprendido por su repentina flaqueza. Éste emite un gruñido de triunfo, y el bardo aprieta los párpados justo cuando el hacha va directa a su cabeza. Su vida no pasa ante sus ojos, como asegura el dicho popular, sino que simplemente el tiempo parece ralentizarse. Ya debería estar muerto, pero escucha el silbido del arma que se aproxima como si llevase haciéndolo varios minutos y aún le quedasen otros tantos para llegar. La presión de su pecho es asfixiante, y se pregunta qué lo matará antes, si el orco o la falta de respiración.

La trayectoria del hacha cambia, lo siente en el aire de su alrededor, y el orco suelta un quejido. Se fuerza a abrir los ojos, pero sus piernas se niegan a seguir manteniéndolo en pie y cae al suelo mientras suelta el estoque y se aferra el pecho. Su vista nublada le permite ver como algo golpea repetidamente al orco para alejarlo de él. Algo que no porta armas, pero se mueve con su mismo estilo fluido y veloz.

El aire vuelve a entrar en sus pulmones en el mismo instante en que el orco cae muerto. Se incorpora y consigue recostarse contra un árbol, respirando de forma entrecortada pese al dolor que esto le causa. Su sombra se acerca a él, recoge del suelo su estoque caído y se lo entrega. La mira sorprendido, acepta el arma, y comprende al fin que le acaba de salvar la vida.

- Me debes una, fracasado- susurra la sombra justo antes de desvanecerse.

sábado, 9 de mayo de 2009

Fiebre

He revisado este texto después de haber hecho el curso de corrección, y me he dado cuenta de las burradas que hago con los gerundios, leísmos y demás... voy a tener que revisarlo todo.
Este es uno de los que más me gustan de Reger (mi personaje de Neverwinter), por no decir el que más. Sé que es largo y que si no conocéis a los personajes no se entiende bien ni resulta interesante, y que si conocéis a los personajes ya habéis leído el relato... pero me apetecía ponerlo aquí xD



Alarga una mano y la mujer se la coge, observándolo con una mirada triste en sus ojos violáceos.

― Creía que era culpa mía― susurra ella, apretando su mano con fuerza―. Que no nacieras sano, que él te tratase así, que te marcharas… no podía seguir viviendo con este dolor.

Lo suelta lentamente y comienza a alejarse caminando de espaldas. Él baja la vista, desde el conocido rostro hasta la daga que Elanor lleva clavada en el vientre. La sangre, tan roja como su cabello, brota incesante de la herida. Se da cuenta de que sus dedos estaban helados.

― Madre…― alarga la mano de nuevo para intentar llegar hasta ella.

― Pero ahora lo comprendo― su dulce expresión cambia, su mirada se torna gélida―. La culpa siempre fue tuya. Debiste aprender a complacerlo, a complacernos a ambos.

― Madre, lo siento…― se incorpora, pero vuelve a caer tumbado, la habitación se mueve demasiado. Todo se balancea.

Mira hacia donde estaba, con el brazo aún extendido, y en su lugar se alza un hombre maduro pero fuerte, que sostiene una espada desenvainada. Da dos pasos hacia él, revelando una leve cojera. Su rostro sólo deja ver odio y desprecio.

― Así que aún sigues vivo. Nunca pensé que durarías tanto.

― Padre, lo siento, me esforzaré…

― ¿Que te esforzarás?― Derek Wornstein se echa a reír, con unas carcajadas crueles y sin rastro de alegría―. Como si fuese a servir de algo, eres un maldito inútil.

Se abalanza sobre él, lleva la punta de la espada hasta su pecho y la clava lentamente. El dolor es espantoso, pero no hay ninguna herida, la sangre brota por su boca y por los cortes abiertos en sus brazos. Intenta gritar, pero le falla la voz, necesita beber agua y le falta el aire. El balanceo se hace más pronunciado y cierra los ojos un momento, tratando de contener las náuseas. De fondo escucha la voz de una bella elfa.

― Debiste hacerles caso, debiste quedarte con ellos…― susurra Narawen con tono triste.

Abre los ojos con esfuerzo para enfrentarse a su padre, que ahora es una chica de cabello castaño rojizo que le mira con expresión preocupada, sentada a su lado.

― Tranquilo, guapo, estoy contigo―. Elisse le aparta el pelo húmedo de sudor de la ardiente frente, en un gesto cariñoso, y posa la otra mano en su pecho―. Te sentirás mejor enseguida.

Deja caer los párpados con un débil suspiro, reconfortado por la caricia. Los levanta de nuevo y ya no es Elisse, tiene el pelo morado y dos cuernos en la frente.

― Duerme, cielo, cierra los ojos y duerme― Larnya le sonríe mientras le acaricia, pero su sonrisa es extraña―. Quizá tengas suerte y ya no despiertes.

La tiefling le coge una mano y la lleva hasta uno de sus pechos. La mira sorprendido y quien le devuelve la mirada es una semielfa de rostro seductor.

― No seas tímido, cariño― ríe Adhara, metiendo una mano bajo las sábanas―. ¿Sabes?, siempre lo hablamos entre nosotras, sólo somos tus amigas porque nos das lástima.

La semielfa se sienta a horcajadas sobre él, aproxima su rostro al suyo y juega con la mano entre sus piernas. Él gime e intenta liberarse de la gigantesca araña negra en que se ha convertido Adhara. Queda totalmente abrumado por el terror, sin poder parar de temblar y con el corazón latiendo tan rápido y tan arrítmicamente que siente la sangre golpeando sus sienes. El pánico le llena y le pide que corra, que se libere de ese ser que le acaricia con sus repugnantes patas y chorrea saliva venenosa en su cara. Pero no tiene fuerzas, no puede moverse y su corazón va a estallar de terror. Todo lo que consigue es dar un grito, casi un sollozo, y la araña chilla con él en un escalofriante aullido agónico. Tiene un estoque clavado en las entrañas y se desliza a un lado, muerta y rígida. Un enorme mul arranca el arma del cuerpo, mirándolo con unos severos ojos azules. Warrick no pronuncia palabra, no es necesario. Lo ha salvado de nuevo, mientras él se quedaba parado sin hacer nada. Una melodía agradable llena sus oídos, el estoque del mul es ahora un laúd tocado hábilmente por un bardo de cabellos blancos y alegres vestiduras azules.

― ¿El tercer mejor bardo de todo Rinth? Qué fácil es reírse de ti, amigo Reger.

Arganos suelta una carcajada en su habitual tono despreocupado, que se convierte en un fuerte rugido. Le salen garras y alas, su pelo se torna pelirrojo, y el joven Alex clava en él sus pupilas verticales.

― Mírame, he cambiado y me he hecho fuerte, y tú sigues igual. No sé ni para qué te molestas, tu padre tenía razón; eres un inútil.

La fuerte figura disminuye de tamaño y un apuesto elfo moreno de negros ojos le sonríe de manera encantadora.

― Debe de ser duro no estar a la altura de las expectativas…

Sydd parece derretirse, como si estuviese hecho de cera, y él sólo quiere cerrar los ojos y dormir, dormir para que paren los violentos temblores y el malestar físico, dormir para que cese el dolor que le desgarra, dormir para siempre. Una estridente voz de gnomo resuena en su dolorida cabeza, impidiéndole ignorar el escalofriante desfile de gente y el balanceo del suelo y las paredes.

― ¡Cid se sacrificó por Eves!― chilla el mago―. ¿Y qué hizo Reger para salvar a Eves?

― Autocompadecerse y beber, sin intentar solucionarlo― contesta Colmund, con una expresión mezcla de furia y compasión en su bello rostro aasimar.

La sed comienza a ser acuciante, su garganta tiene la textura de una lija. Observa impotente cómo los rasgos del paladin se tornan élficos, sin poder decir una palabra ni dejar de temblar.

― Te quedas parado, no avanzas…― dice Sioth tristemente y se encoge de hombros―. ¿No encuentras tu camino? Yo no te guiaré.

El elfo del bosque se hace esbelto, todo su cuerpo cambia, una capucha cubre su rostro y Neres le pone una mano en el hombro tembloroso.

― No aprovechas tus habilidades, es una lástima.

― No hables con él― sisea otra voz femenina, una oscura y sinuosa silueta de formas exuberantes aparece de la nada junto a la adolescente y la aparta de su lado de un tirón―. Te volverías igual de patética.

El rabo de Ophet desaparece y su figura se funde en otra más corpulenta y masculina, los ojos rojizos de Quarrel se clavan en él desde el interior de su capucha.

― Sigo sin quejas… no como tú, que no haces otra cosa.

La capucha se transforma en un niqab, que deja parcialmente descubierto el rostro de una mujer de piel tostada.

― Reger, tengo que pedirte un favor― le dice la kussiana, con tono educado, y le toma una mano.

― Agua… ― suplica él.

― Bebe esto― le ofrece Garayn suavemente mientras le acerca una cantimplora a los labios.

Se incorpora haciendo un gran esfuerzo y bebe ansioso. Tiene un sabor extraño, es algo terriblemente gélido. El movimiento de la habitación se va haciendo brusco por momentos, ya no sólo se balancea, ahora gira, y la cosa horrible que le han hecho beber se revuelve en su estómago.

Sin saber cómo, logra moverse hasta el borde de la cama y vomita en el suelo, con sus últimas fuerzas. La kussiana ha desaparecido. El charco del suelo es totalmente negro, casi etéreo, hecho de sombras. Se mueve a un ritmo pulsante que recuerda haber observado antes, y su sola presencia le hace vomitar de nuevo. Aquello se va alzando, tomando forma humana, pero su visión se nubla completamente y después ya no ve nada.



El roce de un brazo que rodea su cintura lo saca de su sueño febril. Se mueve un poco, acomodándose sin abrir los ojos. Nota el pecho de Eves apretarse contra su espalda, y sus labios besándole el cuello con suavidad. Apenas recuerda los delirios de antes, se encuentra algo mejor después de haber dormido y la presencia del aasimar a su lado lo alivia aún más. Eves le pone una mano agradablemente fría en la frente, refrescando su piel.

― Me quedaré contigo hasta que estés mejor― le susurra en el oído.

Suspira agradecido y se dispone a dormirse de nuevo, pero una leve sensación de alarma se abre paso entre las brumas de la fiebre. La mano que hay en su frente está demasiado fría, el abrazo que le rodea es gélido. Y hay algo más que su confusa mente no advierte, no puede pensar con claridad.

― Me quedaré contigo… ― la voz del aasimar suena diferente, como cascada, y su aliento tiene el hedor de la tumba.

Un retazo de lucidez llega a él con la fuerza de un rayo y le deja sin respiración a causa de la impresión y del dolor. Eves se marchó, sin despedirse siquiera. Lo que hay tras él es otra cosa.

Su parte más infantil le insta a mantener los párpados apretados, a cubrirse la cabeza con la sábana y no moverse, le asegura que si lo ignora se marchará. Pero hace ya tiempo que dejó de ser un niño, así que reúne valor y se da la vuelta, abriendo los ojos al mismo tiempo.

Grita, pese a la sequedad de su garganta. Y después grita de nuevo. A su lado está el cadáver putrefacto que él, Warrick y Sioth desenterraron en el Bosque Verde, aún parcialmente cubierto por el sudario. Su brazo pútrido rodea su cintura, y le sonríe. Lo aparta de sí, reuniendo fuerzas, y entonces Eves, un Eves sano y saludable, y vivo, lo mira preocupado y lo sujeta para que no se caiga de la cama.

― Cálmate, amor, no pasa nada― le dice en voz baja, mirándole a los ojos―. Tienes fiebre y te imaginas cosas, pero todo va bien.

Asiente, se deja abrazar y entierra la cabeza en su pecho. Y de nuevo llega la sensación de alarma. Eves se marchó.

― No me quedé contigo porque nunca estarás mejor― le susurra, con una mueca de desprecio. Su voz cambia, ahora es levemente ronca, suave, pausada… su propia voz―. Nunca fuiste suficiente para mí, siempre lo has sabido.

Una negra y gélida versión de sí mismo le sonríe de forma ambigua, sin dejar de abrazarlo por la cintura.

― Yo sí me quedaré contigo, a pesar de todo.

Ríe y se desvanece, dejándolo solo.