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viernes, 26 de junio de 2015

La isla de Nabumbu

Imagen de InfoShutter.com

No tengo nada claro haber vuelto, aunque lo parezca xD

Quería subir este relato, y no tengo otro sitio donde hacerlo, así que he resucitado el blog. Ayer estuve en un evento llamado La isla de Nabumbu, donde te daban 45 minutos para escribir algo con unas premisas que te decían en el momento. Fue duro, llevaba muuuuuucho tiempo sin escribir y los que me conocéis ya sabéis lo que me cuesta hacer algo así de repente, tan rápido. No estoy contenta con el resultado, pero bueno, siempre podría haber sido peor.

Las normas eran: un personaje que fuese un estafador de buen corazón, otro que fuese una mujer con gran fuerza, un folio como máximo, que estuviese en segunda persona y que empezase o acabase con la frase "Sálvame; soy un náufrago". No conseguí encajar bien la frase, pero me consoló ver que el resto de participantes tampoco xD


¿Por qué me miras así? Pensaba que me conocías. Sabes perfectamente cómo soy, siempre lo has sabido, así que no sé qué coño estás mirando.

Llegaste cuando no te esperaba, toda susurros y sonrisas, arrollando mi mundo a tu paso, y me desarmaste por completo. Si fuese un tío romántico diría que mi vida comenzó cuando te vi por primera vez, pero ambos sabemos que no lo soy. Mi vida comenzó cuando comenzó, tú simplemente la hiciste más interesante. No, quizá interesante no... más intensa, eso es. Cada día contigo es una puñetera montaña rusa, un caos, pero me encanta. Y a ti también, sino no seguirías aquí; no eres del tipo de chica que aguantaría mis mierdas si no le gustaran.

Por eso no entiendo de qué te sorprendes. No es la primera vez que hago esto, ni será la última vez que lo haga, y tú me has visto hacerlo cientos de veces. Joder, me has ayudado a hacerlo cientos de veces. ¿Por qué esta vez iba a ser diferente? ¿Porque se trataba de tu familia? No es justo que tuvieses esa fe en mí. Sabes cómo soy. Veo la ocasión de conseguir dinero fácil, y no puedo evitarlo. 

Pero lo que más me jode de todo esto no es que estuvieses convencida de que esta vez no lo haría. Lo que más me jode es que yo mismo estaba convencido de no hacerlo... pero ya me conoces. Soy así. Pensé que quizá podía cambiar, que tú podrías cambiarme, pero ya ves cómo son las cosas, he desvalijado la cuenta de tu abuela y ni siquiera me arrepiento. Sólo siento que me estés mirando así. Siento que estés a punto de marcharte, y que lo único que pueda hacer sea suplicarte, aunque sé que no servirá de nada. De verdad quiero cambiar, aunque no lo demuestre, lo que pasa es que esto es más fuerte que yo. Necesito que me salves de mí mismo, sólo tú podrías hacerlo, con tus susurros y sonrisas. Sálvame, por favor. Sálvame; soy un náufrago.

domingo, 27 de enero de 2013

verde, 33, cabaña, jirafa, árbol, nadar, cabeza, cortaplumas, negro, rueda

No me juzguéis muy duramente, estoy muuuy oxidada.





En días como hoy suelo preguntarme dónde demonios habrán ido todas las cosas que sentía antes. Cuando era un adolescente, me bastaba ver que a cualquiera le iba mejor que a mí para ponerme verde de envidia, el más insignificante desengaño amoroso era suficiente para desatar el drama y el triunfo más absurdo me convertía en el rey del universo.

Ahora tengo 33 años y ya no me importa nada. 

Mi jefe tiene una vida que no se merece, hace mucho tiempo que sé que mi mujer ya no me ama, y mis triunfos… digamos que lo poco bueno que he hecho en esta vida ha pasado sin pena ni gloria.

Y me da igual. Es como si mi capacidad de sentir se hubiese marchado para siempre a alguna cabaña recóndita en medio del bosque, agotada de la sobrecarga emocional a la que era sometida. 

Quizá a todo el mundo le pasa. Me lo planteo cuando veo a mi madre estirar el cuello, como una jirafa que trata de llegar a la rama más alta del árbol, para mirar con escaso disimulo la terraza de los vecinos. Supongo que en algún momento su vida dejó de interesarle lo suficiente y tuvo que encontrar un sustituto.

También me lo planteo cuando observo a mi mujer nadar entre recuerdos que le taladran la cabeza. Cree que antes era más feliz, no se ha dado cuenta de que lo único que ocurre es que antes era capaz de disfrutar de esa felicidad.

Pero yo no encuentro nada a lo que aferrarme, ningún sustituto, ningún refugio. Probablemente es por falta de ganas… no tengo fuerzas para luchar contra la naturaleza. 

Sería como enfrentarse a un dragón con un estúpido cortaplumas

Hace tiempo, cuando lo veía todo negro y el dolor me zarandeaba como a una hoja en medio de un huracán, deseaba que los sentimientos tuvieran una rueda de intensidad, como la del volumen de un radiocassette. Entonces hubiera dado cualquier cosa por acallarlos, por un instante de paz, por dejar de sentir.

Ahora, cuando pienso en ello, casi deseo que ese dolor vuelva. 

Pero creo que en realidad ni siquiera me importa.



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jueves, 22 de abril de 2010

cerebro, gripe, amarillo, novia, civil, necrofilia, gato, barbitúrico, West End, mímico

Palabras de Garrido. Quizá podría ser una continuación del anterior...

He vuelto :)



Debería haberme tatuado tu voz el cerebro, cuando tuve la oportunidad.

Me gustaba escucharla en mi cabeza, aunque fuese una versión distorsionada de la real, como si tuvieras gripe. Me hacía daño, pero creo que era mejor que el regusto amarillo que la ha sustituido y la falsa calma que me trae. Mejor que este silencio de algodón.

No estaba tan mal ser el pobre loco que oía voces, que escuchaba a su antigua novia en su mente. No era peligroso, las voces no me decían que quemara cosas ni nada parecido, y nunca hubo que llamar a la guardia civil para que viniera a buscarme. No le hacía daño a nadie, porque siempre supe que en realidad no eras tú. Tu voz sonaba distinta porque sólo eran recuerdos. Versiones distorsionadas de la realidad, a veces mejores, a veces peores, amplificadas o reducidas. Nunca iguales.

Pero unos días cuesta más que otros fingir que todo va bien en tu vida y en tu mente. Y llega uno en que ni siquiera lo consigues un poco, y la gente se horroriza al verte, como si vivir entre recuerdos fuese una especie de necrofilia insana. Y te ves obligado a sonreír hasta que pareces el jodido Gato de Cheshire, pero ya es demasiado tarde.

Así que ahora estoy sumido en este sueño barbitúrico, saturado de fármacos amarillos que recubren el mundo de azúcar glas, y en mi mente sólo hay silencio.

Realmente me hubiera gustado tatuarme tu voz en el cerebro. Prefería estar triste y recordarte a creer que soy feliz y que te he olvidado.

Porque si nuestra vida fuese una de esas historias que solíamos ver en West End, tú te darías cuenta de que nadie te querrá nunca como yo y volverías conmigo. O yo me daría cuenta de que no puedo vivir sin ti y me suicidaría de una vez. Sería un final feliz o triste, dialogado o mímico; de un modo u otro, esto terminaría.

Pero en la vida real casi todas las cosas se quedan a medias.


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martes, 19 de enero de 2010

casa, lotería, gato, buscaba, esqueleto, jodido, brazo, gilipollas, desesperación, beso

Palabras de Paula.


Esta noche se me ha vuelto a caer la casa encima.

Sé que es sólo una expresión, pero me siento aplastado por las paredes, como si de verdad estuvieran sobre mí y no me dejasen respirar, y el dolor físico es tan real que me sorprendo al abrir los ojos y ver que el techo continúa en su sitio. Y mientras intento salir del montón de escombros en que se ha convertido todo, pienso que el amor es una lotería; puedes tener suerte, pero es mucho más probable que no la tengas.

Recuerdo cuando, como un gato acechando la estufa, te buscaba en mi cama cada noche. Y te encontraba allí. Ahora sólo queda el esqueleto de tus abrazos, el fantasma de aquel tiempo en que iluminabas el frío.

Y no hay un jodido momento al despertar en que no alargue el brazo para tocarte, no hay un maldito instante en que esté medio dormido y no crea que sigues aquí, a mi lado, en medio de esa bruma que confunde mis sentidos. Pero entonces despierto del todo, y me siento como un gilipollas cuando la certeza de tu ausencia me golpea de nuevo. No sé cómo voy a olvidarte, si cada noche mi mente me engaña para que no recuerde que te fuiste.

Quizá esta desesperación es el precio que tengo que pagar por haberte tenido. Quizá cada beso que me permitiste darte se convierta en una noche de desorientación, en una pared desplomada sobre mí al recordar una vez más que el otro lado de la cama está vacío.

Y lo peor es que creo que merece la pena, tanto el hecho de haberte tenido como ese breve instante, justo antes de que empiecen a caer los escombros cada noche, en que estoy convencido de que aún eres mía.



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jueves, 17 de septiembre de 2009

OVNI, pie, gafas, Olimpiadas, lejía, tía, rintintín, DVD, cerdo, sandalia

Palabras de Ichi, aka Ignacio.


¿Sabes qué es lo peor de todo? No, no lo sabes, y podría asegurar que tampoco te importa, pero te lo diré de todas maneras. Lo peor es que te echo de menos. Y no lo entiendo. Es absurdo, es como... como si alguien que hubiera sido abducido estuviese deseando volver al OVNI para que le metan de nuevo la sonda anal.

Y es que es extraño, pero no fueron tus mayores putadas las que me dieron pie a largarme, sino esas manías estúpidas que me sacaban de quicio. Que te limpiaras las gafas constantemente; joder, la mayoría de las veces ni siquiera estaban sucias. Que cada vez que yo recogía algo vinieras detrás a arreglarlo porque no lo había hecho bien. Que montases un pollo cuando utilizaba tus vasos y cubiertos personales e intransferibles.

Odiaba vivir inmersa en unas Olimpiadas de limpieza. Odio que todos los recuerdos que deberían haber sido agradables estén impregnados de olor a lejía. Créeme, cariño, me jodió menos enterarme de que te estabas tirando a otra tía que el rintintín que utilizabas para echarme en cara que no había fregado bien los platos.

Oh, pero ambos sabemos muy bien que llegará el día en que tu nueva zorrita se canse de que le grites cada vez que no coloque un DVD según tu fantástico orden alfabético. Llegará el día en que descubra que, pese a tu fachada de limpieza, eres un auténtico cerdo.

Y ambos sabemos que ese día vendrás a buscarme. Y yo estaré, más o menos, donde Cristo perdió la sandalia.



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martes, 15 de septiembre de 2009

pomelo, tubo de escape, argentino, campanario, calvo, sombra, cd, diamantes, lista de la compra, dientes

Este es el primer relato de estos que escribí, hace ya años. Las palabras me las puso Laura. No lo había subido porque no me gusta mucho cómo me quedó, pero me daba penita dejarlo ahí solo... soy una sentimental, en el fondo.




A veces olvidaba por qué le quería tanto. Las dudas se asomaban por su mente de pronto, sin avisar, escarbando con sus ponzoñosas garras, dejándole una insoportable sensación de vacío. Siempre en el momento más absurdo, como aquel, mientras miraba el solitario pomelo que quedaba en el frutero y se decía que ya iba siendo hora de pasar por el mercado.

Pero era fácil desterrar esas malditas dudas. Sólo tenía que recordar…

Recordar aquel tiempo en que el sonido más feliz en su vida era el ruido del tubo de escape de su moto cuando iba a buscarla al colegio y le decía lo preciosa que estaba con el horrible uniforme de cuadros. Paseaban juntos cerca de La Almudena, y él siempre se picaba porque a ella le encantaba el acento argentino del chico que solía vender flores bajo el campanario. Al ver lo guapo que era le entraba inseguridad y empezaba a decir que ya no le querría cuando fuese viejo y calvo, y ella le besaba y le aseguraba que sí hasta que la sombra de miedo desaparecía de sus ojos. Eran tiempos mágicos, en los que un cd grabado por él le parecía un regalo mil veces mejor que un anillo de diamantes.

Sus recuerdos felices alejaron las dudas, como hacían siempre, y siguió con la lista de la compra con una dulce y bonita sonrisa. Al menos todos los golpes que le había dado cuando esa felicidad acabó habían dejado intactos sus dientes.



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martes, 1 de septiembre de 2009

panecillo, jabalí, buñuelo, apocalipsis, páncreas, campamento, eones, radiactivo, filo, bellota

Palabras de Raúl.



Hasta aquella mañana no pensaba que fuera posible odiar tan intensamente algo tan estúpido como un panecillo.

Pero ahí estaba, sentado a la mesa del desayuno, contemplando aquel trozo de pan con mermelada como si tuviese la culpa de todas sus miserias. En su mente se sucedían imágenes de los comics de Astérix en las que aparecían esos entrañables galos devorando alegremente un jabalí. No esperaba tanto, pero qué menos que un donut, o un simple buñuelo. No un puñetero panecillo cubierto de triste mermelada de ciruela.

Las cosas estaban saliendo espantosamente mal últimamente, y el desayuno no era ninguna excepción.

En realidad el apocalipsis había estallado unos meses atrás, cuando le detectaron un cáncer de páncreas al abuelo. Fue entonces cuando sus padres enloquecieron de pronto y no atinaban a hacer nada medianamente lógico. Incluso enviaron a Miguel a un campamento todo el verano, para que no se enterara de lo que ocurría, y no intentaron hacer lo mismo con él porque hacía eones que había sobrepasado la edad para eso.

Pero lo peor fue que se quedaron mirando sin más cómo el abuelo se iba deteriorando día a día; la gota que colmó el vaso fue cuando consintieron que le metiesen ese brebaje radiactivo en las venas. Y al final, viendo que no reaccionaban, lo tuvo que solucionar él mismo.

Como los cuchillos del hospital apenas tienen filo, no le había quedado más remedio que asfixiarlo con la almohada.

Y como sus padres tenían la inteligencia de una bellota, le habían denunciado.

Así que ahí estaba, sentado a la mesa del desayuno, rodeado de presos. Culpando de todo al puñetero panecillo con su puñetera mermelada de ciruela.


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sábado, 29 de agosto de 2009

mirar, hablar, palabras, único, casa, tele, monja, salir, fotos, perra

Estas palabras son de mi amiga Gema, le estoy cogiendo el gustillo a esto... aún tengo 7 pendientes, pero se admiten más peticiones.





Cada momento que pasa estoy más desvinculada de todo, y a veces eso me asusta.

Pero es que no sé de qué sirve mirar alrededor, mirar a alguien, si al echarle un vistazo a mi propia vida sólo veo sombras. Sombras grandes, que lo envuelven todo, que son tan frías que me congelan las ganas de hablar. Y aún así las palabras salen, mecánicamente, palabras de autómata en conversaciones de autómata, sin ningún otro propósito que el de mantenerme dentro de esta puta normalidad que nos rodea.

Y ya ni siquiera sé qué es normal y qué no, ni sé si alguna vez lo he sabido. Tú eras lo único que me hacía sentir como una persona real, el ancla que me sujetaba al mundo, y ahora que no estás me distancio, me desdibujo, pierdo consistencia. Nuestra casa se ha convertido en un conjunto de paredes aleatorias y yo soy el fantasma que las habita.

Porque sin ti me siento tan ficticia y bidimensional como cualquier personaje de dibujos animados de la tele. Tan ilusoria e irreal como la monja muerta que escuchábamos gemir dentro de las paredes del colegio.

Sin ti me siento como un producto de mi propia imaginación.

Sé que debería salir más. Conocer gente. Dejar de tantear tus fotos con la esperanza de encontrar una entrada en ellas. Olvidarme de ti y de la perra a la que ahora haces sentirse real.

Volver a ser tangible.

Pero es que no sé de qué sirve mirar alrededor, mirar a alguien, si al intentar echarle un vistazo a su vida me ciegan mis propias sombras.

Cada momento que pasa estoy más desvinculada de todo, y cada vez me importa menos.



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miércoles, 19 de agosto de 2009

punción, guitarreo, hecatombe, buzón, cagada, desvestir, hiena, regurgitado, quiosco, intravenoso

Otro de palabras, para acabar con mi vaguería crónica. Esta vez son de mi amigo Dani.




Su voz es tan agradable como una punción lumbar.

No para de hablar en lo que me recuerda a un monótono guitarreo de música pop. No es sólo la voz, sino también el tono. No es sólo el tono, sino también lo que dice. Hace más de cuarenta minutos que finjo que escucho. Ella no para de hablar, yo no dejo de asentir. Me siento dentro de una de esas estúpidas telecomedias de los 70 sobre matrimonios que no se soportan.

Miro por la ventana de la cafetería y deseo que suceda algo, aquí y ahora. Un atraco. Un terremoto. Un holocausto zombi. Una hecatombe de cualquier tipo, en este preciso instante. Lo que sea, con tal de tener una excusa para salir huyendo.

La he reconocido antes por su boca de buzón de correos que por el vestido amarillo que aseguró que llevaría. Al menos las fotos eran reales. No es guapa, pero tiene algo... o lo tenía hasta que empezó a hablar. En cuanto se abrió el buzón de correos me di cuenta de que todo esto ha sido una gran cagada. Era un iluso al pensar que el irritante sonidito del messenger puede sacarle a uno de quicio; no es nada comparado con su voz. Bendita comunicación escrita.

Debería haber aprendido de mis experiencias. En el 90% de estas citas ni siquiera llego a desvestir a la chica. O ella me horroriza, o no se presenta, o ni siquiera es una chica. Cuando me pregunto por qué lo sigo intentando (cosa que he hecho unas mil veces en estos cuarenta minutos), la única respuesta que encuentro es que mantengo la esperanza de subir ese 10%.

Su risa me hace pensar en una hiena devorando algo previamente regurgitado.

Se me quitan las pocas ganas que podían quedarme de seguir con esto, y me voy de allí tras murmurar una excusa. Ella me mira marchar con ojos de gacela indefensa, casi parece bonita de nuevo ahora que está callada. Un precioso, amarillo y triste buzón.

Al salir paso por delante de un quiosco y echo un breve vistazo a la portada de una revista. Pone que «el cyberviolador» lleva más de tres semanas sin atacar, y yo sonrío mientras juego con mi jeringuilla de flunitrazepam intravenoso dentro del bolsillo.

No sé cómo quieren que trabaje, si las chicas cada vez son más estúpidas.



Si alguien quiere proponerme 10 palabras, le hago un relato tonto de estos.

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lunes, 25 de mayo de 2009

Me he encontrado hoy esto y me ha hecho ilusión, es un mini relato que escribí para un concurso (y no llegué a presentarlo xD). Las únicas bases eran que no podía tener más de 100 palabras, y que tenía que aparecer el té en él.



Sonia contemplaba fijamente la taza de té, intentando ignorar el temblor de sus manos. Lo había preparado después de discutir, y ahora esperaba a que fuese a tomárselo para arreglarlo.

Sabía que enseguida se sentaría con ella, estaba segura. No importaba que el té ya se hubiera enfriado. No importaba que llevara esperando tres días. No importaba que él no se hubiera movido en todo aquel tiempo, ni que sus ojos vacíos la mirasen desde su rostro teñido de sangre. No importaba, porque en cualquier momento se levantaría y se tomarían el té. Estaba segura, pero sus manos aún temblaban.



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sábado, 25 de abril de 2009

río, sonrisa, raqueta, desesperado, fragilidad, pompa, colgante, ventana, rastafari, inusual

Aquí va el de Thindwen :)






«Ya sabes que la mente es como un río»,
dijiste, mientras esbozabas tu habitual sonrisa ambigua. «Arrastra los recuerdos hasta que todos se mezclan, y al final ya no distingues uno de otro».

En aquel momento no estuve de acuerdo contigo. Estaba completamente segura de que hasta el más mínimo detalle de aquella tarde permanecería en mi memoria el resto de mi vida, al igual que el resto de días especiales; pero, como casi siempre, tenías razón. Ahora, al intentar rememorarlo, sólo me acuerdo de ese pequeño retazo de la conversación, y de que volvíamos de mi clase de tenis en tu coche. No sé si aún conducías el viejo 207 de tu padre o si ya tenías el Golf rojo, ni si yo llevaba la raqueta de mi hermana o la mía propia. Y ni siquiera sé por qué esa tarde era especial… puede que fuese mi cumpleaños, o que celebrásemos alguna otra cosa. No consigo recordarlo.

Lo más terrible de todo es que a veces incluso tus rasgos se tornan confusos en mi mente. Sólo tu sonrisa y tus ojos verdes permanecen grabados a fuego, pero el resto se difumina. En esos momentos, esté donde esté, abro la cartera con un gesto desesperado y miro tu foto, para que todo vuelva a estar claro de nuevo.

Ahora la tengo en la mano y tu imagen me devuelve la mirada, y me cabreo por la fragilidad de las cosas, por el hecho de que nuestra felicidad estallase de improviso, como una pompa de jabón. Me cabreo por llevar puesto el colgante que me regaló Marcos en nuestro aniversario de boda, mientras el tuyo está olvidado en un cajón de mi dormitorio. Me cabreo al mirar por la ventana del jardín y ver jugar con mis hijos a ese cachorro que me regalaste, convertido ya en un perro viejo, porque tú no estás ahí para acariciarlo y llamarle rastafari, como solías hacer para que yo me enfadara.

Me cabreo porque sé que nunca vas a volver.

Pero creo que lo que me cabrea en realidad es haber cumplido la promesa que te hice aquella noche en que el Golf rojo te arrancó de mi lado y de este mundo. Me cabrea haber rehecho mi vida, aunque sé que lo inusual habría sido lo contrario. Y sobre todo me cabrea que tuvieses razón; porque me juré recordarte siempre, y no soy capaz de cumplirlo.



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viernes, 24 de abril de 2009

La maleta

Otro ejercicio, este de un taller literario al que fui este verano. Teníamos que hacer una lista de cosas raras y absurdas que pudiera haber en una maleta y luego pasársela a un compañero, de forma que cada uno escribía el relato con la lista de otro. Y había que crear al personaje que llevase esa maleta, y que sonase verosímil... cosa altamente jodida. Algunas de las demás escribieron verdaderas maravillas, pero sólo puedo poner el mío xD




Vaya viaje, por todos los dioses. Aún no puede creer que ya se encuentre dentro del taxi, de camino a casa, y que dentro de un par de horas a más tardar estará en su cama. No cuenta con dormir toda la noche de un tirón; imposible, teniendo en cuenta los estragos que ha causado en su estómago el país de las pirámides. Pero se conforma con la simple idea de tumbarse. Aunque va a tener que ser sin pijama. Uno de los que tiene seguirá dentro de la cesta de la ropa sucia y el otro está dentro de la maleta que, cómo no, han extraviado los de la compañía aérea. Por fin cobra sentido la teoría de su madre de que hay que tener más de dos pijamas. Siempre le había parecido una estupidez.

Espera que se la devuelvan, algún día. Dentro están los recuerdos que ha comprado, para sí mismo y para regalar: una figurita de Anubis que el vendedor se había empeñado en golpear repetidamente contra el mostrador del puesto, para demostrar que era de auténtica obsidiana… como si eso le importara a él. Una baraja de poker con los rostros de Osiris, Isis, Horus y Set como figuras. Un pergamino con el nombre de Carolina escrito con jeroglíficos, a ella le encantan esas chorradas. Y un hueso de goma para su odioso caniche peludo y pulgoso. Para Ricardo, un escorpión de plástico y una pizarra de juguete con jeroglíficos tallados en el marco. Se supone que el insecto típico de allí es el escarabajo, como bien se encargará de decirle Marta cuando vaya a buscar al niño el próximo fin de semana, pero qué coño, sólo tiene seis años. Qué más le da. Seguro que ni siquiera sabe que un escorpión no es un insecto, y apostaría a que Marta tampoco.

¿Qué más llevaba en la maleta? Las cosas importantes están en la mochila, que descansa a su lado en el asiento del taxi. Hace memoria, para tratar de ignorar el maldito dolor de estómago y la cada vez más imperiosa necesidad de llegar a un baño. Hablando del tema… se ha dejado dentro la barra de mortadela a medias, que es lo único que ha podido comer en los dos últimos días. Sólo de pensar en ella lo asalta un nuevo retortijón y maldice por enésima vez el agua de El Cairo. Debió haber hecho caso a la intelectual despistada que había conocido en el avión en el viaje de ida. “No se te ocurra beber agua del grifo”, le había advertido, y él no lo recordó hasta justo después de haber vaciado el segundo vaso seguido en el hotel, al volver cansado y sediento de una de las excursiones. Y se había pasado la mayor parte del viaje recluido entre su habitación y el baño común del pasillo. Unas maravillosas vacaciones.

¿Cómo se llamaba? ¿Macarena? ¿O era Malena? Le había acabado dando el móvil, pese a que él le habló de Carolina. Y menos mal, porque salió con prisa del avión y se dejó en el asiento un diario en un idioma extrañísimo que según le había explicado antes estaba traduciendo. ¿Cantonés? No, sánscrito, eso era. Al abrirlo encontró dentro un retrato antiguo de una mujer que se parecía muy vagamente a ella. También se lo había enseñado antes, emocionada, asegurando que tenía que ser una antepasada suya. Era una chica maja, pero estaba como una cabra. Aún así la llamaría para devolverle sus cosas. Suponiendo que recuperase la maleta, claro.

Más cosas… llevaba también el regalo que le había dado Ricardo por el día del padre justo antes de salir para el aeropuerto, hacía una semana. Una especie de sol hecho con pinzas de la ropa cubiertas de barniz, con un espejo en el centro. Lo cierto era que le había venido muy bien para afeitarse en el hotel. ¿Qué más? Ah, sí, el otro regalo del día del padre. Marta había tenido el primer detalle desde el divorcio y le había comprado unos mitones… a mala leche seguro, teniendo en cuenta el calor que hace en Egipto. Además eran de un color verde espantoso. Oh, dioses, ¿cómo ha podido olvidar la lancha? Si ocupa toda la maleta… una estúpida lancha hinchable de color amarillo pollo que Carolina se había empeñado en que llevase con él a todas partes, por si naufragaba en el crucero por el Nilo, o lo atacaba un cocodrilo, o lo abducían los extraterrestres. Todo el mundo sabe que algún día las lanchas hinchables salvarán el planeta.

Mira por la ventanilla del taxi y repara en que ya están llegando al antiguo Cine Lisboa. Ya queda poco. Se echa la mano al bolsillo para sacar la cartera, y una súbita sensación de alarma lo paraliza. Después de todo, no lleva encima todo lo importante.



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lunes, 20 de abril de 2009

mundo, coche, pensar, venganza, zombi, mujer, tortuga, Elvis, póster, actor

Y aquí está el que le debía a Darko, por fin...





Miró a su alrededor, fascinado, sin saber exactamente cómo se sentía. No recordaba que el mundo pudiera parecer tan real, tan consistente. Llevaba tanto tiempo sumido en una fotocopia gris y apagada de la vida que el color de la libertad lo deslumbraba.

Aparcó el coche (su coche rojo, cuando él siempre había odiado el rojo… ahora se acordaba), y en lugar de salir enseguida se quedó dentro un rato. Necesitaba pensar. Una parte de él le pedía venganza, por todo lo que había tenido que pasar los tres últimos años. Por haber vagado por la vida como un maldito zombi, sin que nada le hiciera reaccionar, sintiéndose como la mayor mierda del universo.

No podía creer que por una mujer se pudieran abandonar tantas cosas.

Todo comenzó cuando tuvo que regalar su tortuga sólo porque a ella no le gustaba. Más de la mitad de su vida cuidándola, y de la noche a la mañana la había llevado a casa de su hermana para dársela a sus sobrinos, que seguro que no la tratarían bien. Quince años de mascota tirados por la borda por una relación que no había durado ni una cuarta parte. Y lo peor de todo era que sólo dudó un instante antes de hacerlo.

A partir de ahí su personalidad se fue disolviendo cada vez más, hasta que llegó a convertirse en el tipo de persona que ella quería que fuese; un jodido autómata sin ningún rasgo propio. ¿Cuánto hacía que no escuchaba una canción de Elvis? ¿Cuándo se había preparado un bocadillo de salami con anchoas por última vez? ¿Cómo no se había dado cuenta de cuánto echaba de menos su póster de Expediente X? ¿Y, por todos los demonios, en qué momento su actor preferido había pasado a ser Ewan McGregor?

Abrió la puerta roja del coche, decidido a comprarse uno nuevo en cuanto pudiera, y se dijo que la venganza no era la solución. Nada podía hacerle recuperar esos tres años, pero podía recuperar su vida. Volver a ser él mismo. Y permanecer cerca de ella, aunque fuese para vengarse, jamás le permitiría hacerlo.


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viernes, 27 de marzo de 2009

onanismo, estantería, Montoya, zambomba, Val Kilmer, grandilocuente, depravado, ladrillo, pernoctar, postcombustión

Este es uno de esos ejercicios en que te dan 10 palabras y tienes que escribir un mini relato con ellas, poniéndolas exactamente en el orden en que te las dan, y respetando plurales, femeninos y demás. Estas en concreto fueron puestas a mala leche, hará un par de años, en una tarde que en realidad no significó nada pero que nunca se irá de mi mente. Y al llegar esa noche a casa y ponerme a escribir, me gustó cómo quedó. Sé que tengo pendiente otro de estos que me encargaron... prometo hacerlo.






Mientras estaba tumbado en el sofá mirando la televisión sin verla, en una postura con la que probablemente le dolería el cuello al levantarse, le asaltó el pensamiento de que, en cierto modo, su vida se parecía al onanismo; una sucesión de esfuerzos para conseguir pequeños clímax de felicidad, que a medida que se acercaban hacían que dejara de importarle el resto del mundo. Y una vez alcanzados, eran tan efímeros que lo único que quedaba después era cansancio por el esfuerzo y el pensamiento de que no había nadie tumbado a su lado con quien compartirlos. Sonrió ante lo absurdo de la idea. Se dio cuenta de que debía de estar en uno de esos momentos perdidos, como solía llamarlos, en que las conexiones entre su cerebro y la lógica parecían disolverse.

Su mirada vagó por la habitación, de forma distraída, hasta clavarse en la estantería, concretamente en un libro de un tal Montoya que había leído hacía tiempo y que hablaba del sentido metafísico de las cosas cotidianas. Y él se lo había encontrado al hecho de tocar la zambomba, lo que no decía mucho a favor de su capacidad poética.

Se sentía como debería haberse sentido Val Kilmer haciendo de Batman: completamente fuera de lugar. En sus momentos perdidos pensaba que el mundo no estaba hecho para él, y al instante siempre rectificaba y llegaba a la conclusión de que tal vez era él quien no estaba hecho para el mundo. Era un mundo grandilocuente, donde todo intentaba aparentar más de lo que era en realidad, y al mismo tiempo era un ser depravado que conseguía hacer salir lo peor de cada uno y después te clavaba los dientes, normalmente sin motivo alguno, hasta devorarte. O dejarte a medias, que era aún más horrible.

Sabía que cada una de esas ideas era un ladrillo más en la pared que él mismo construía para emparedar su hipotética felicidad. Pero, al fin y al cabo, la felicidad era tan breve como un orgasmo sin acompañante con quien pernoctar, y al terminarse sólo quedaba esa sensación de cansancio y vacío. Recordó que si se contenía la respiración los orgasmos eran más intensos, por un fenómeno similar a la postcombustión de los reactores. Quizá conteniendo la respiración la felicidad también fuese más intensa… al menos no quedaría esa sensación de vacío al terminarse.




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