lunes, 25 de mayo de 2009

Me he encontrado hoy esto y me ha hecho ilusión, es un mini relato que escribí para un concurso (y no llegué a presentarlo xD). Las únicas bases eran que no podía tener más de 100 palabras, y que tenía que aparecer el té en él.



Sonia contemplaba fijamente la taza de té, intentando ignorar el temblor de sus manos. Lo había preparado después de discutir, y ahora esperaba a que fuese a tomárselo para arreglarlo.

Sabía que enseguida se sentaría con ella, estaba segura. No importaba que el té ya se hubiera enfriado. No importaba que llevara esperando tres días. No importaba que él no se hubiera movido en todo aquel tiempo, ni que sus ojos vacíos la mirasen desde su rostro teñido de sangre. No importaba, porque en cualquier momento se levantaría y se tomarían el té. Estaba segura, pero sus manos aún temblaban.



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jueves, 14 de mayo de 2009

Combate

Otra versión corregida.

Los dos orcos se miran inquietos e intercambian alguna frase en su idioma gutural. Hace rato que sus compañeros han desaparecido mientras hacían la ronda, pero no se atreven a abandonar su puesto para ver qué les ha ocurrido. Cuando parece que sus obtusas mentes están llegando a la conclusión de que uno puede quedarse allí mientras el otro investiga, las sombras oscilan a su alrededor y una figura se materializa justo entre ambos.

El bardo sabe que cuenta con el factor sorpresa, pero las hachas de los orcos pueden hacer mucho más daño que su arma y la fuerza bruta de éstos supera la suya con creces. Se abalanzan sobre él con sendos gruñidos, pero sus hachas sólo hieren el aire. El joven se mueve con celeridad, compensando su debilidad con precisión. Su estoque se clava entre las costillas de uno de los orcos, que ruge y trata de rebanarle la cabeza sin éxito. Gira sobre sí mismo para evitar el hachazo del segundo, por lo que parte de su largo cabello rojo escapa de las sombras de la negra capucha, y aprovecha el impulso para asestar dos rápidas estocadas al primero, una en el vientre y la otra en el costado herido. El ser grita de dolor y cae al suelo, agonizante. Ya sólo queda uno. Esquiva el filo enemigo con un salto hacia la derecha, y se dispone a contraatacar.

Y en ese momento un dolor insoportable invade su pecho y lo deja sin aire. «No, joder, ahora no». Se dobla hacia delante y trata de ocultarse, lucha por llevar aire a sus malditos pulmones, pero el dolor es demasiado intenso y no logra fundirse en las sombras. La falta de oxígeno comienza a nublar su visión, pero aún puede ver perfectamente al orco frente a él, sorprendido por su repentina flaqueza. Éste emite un gruñido de triunfo, y el bardo aprieta los párpados justo cuando el hacha va directa a su cabeza. Su vida no pasa ante sus ojos, como asegura el dicho popular, sino que simplemente el tiempo parece ralentizarse. Ya debería estar muerto, pero escucha el silbido del arma que se aproxima como si llevase haciéndolo varios minutos y aún le quedasen otros tantos para llegar. La presión de su pecho es asfixiante, y se pregunta qué lo matará antes, si el orco o la falta de respiración.

La trayectoria del hacha cambia, lo siente en el aire de su alrededor, y el orco suelta un quejido. Se fuerza a abrir los ojos, pero sus piernas se niegan a seguir manteniéndolo en pie y cae al suelo mientras suelta el estoque y se aferra el pecho. Su vista nublada le permite ver como algo golpea repetidamente al orco para alejarlo de él. Algo que no porta armas, pero se mueve con su mismo estilo fluido y veloz.

El aire vuelve a entrar en sus pulmones en el mismo instante en que el orco cae muerto. Se incorpora y consigue recostarse contra un árbol, respirando de forma entrecortada pese al dolor que esto le causa. Su sombra se acerca a él, recoge del suelo su estoque caído y se lo entrega. La mira sorprendido, acepta el arma, y comprende al fin que le acaba de salvar la vida.

- Me debes una, fracasado- susurra la sombra justo antes de desvanecerse.

sábado, 9 de mayo de 2009

Fiebre

He revisado este texto después de haber hecho el curso de corrección, y me he dado cuenta de las burradas que hago con los gerundios, leísmos y demás... voy a tener que revisarlo todo.
Este es uno de los que más me gustan de Reger (mi personaje de Neverwinter), por no decir el que más. Sé que es largo y que si no conocéis a los personajes no se entiende bien ni resulta interesante, y que si conocéis a los personajes ya habéis leído el relato... pero me apetecía ponerlo aquí xD



Alarga una mano y la mujer se la coge, observándolo con una mirada triste en sus ojos violáceos.

― Creía que era culpa mía― susurra ella, apretando su mano con fuerza―. Que no nacieras sano, que él te tratase así, que te marcharas… no podía seguir viviendo con este dolor.

Lo suelta lentamente y comienza a alejarse caminando de espaldas. Él baja la vista, desde el conocido rostro hasta la daga que Elanor lleva clavada en el vientre. La sangre, tan roja como su cabello, brota incesante de la herida. Se da cuenta de que sus dedos estaban helados.

― Madre…― alarga la mano de nuevo para intentar llegar hasta ella.

― Pero ahora lo comprendo― su dulce expresión cambia, su mirada se torna gélida―. La culpa siempre fue tuya. Debiste aprender a complacerlo, a complacernos a ambos.

― Madre, lo siento…― se incorpora, pero vuelve a caer tumbado, la habitación se mueve demasiado. Todo se balancea.

Mira hacia donde estaba, con el brazo aún extendido, y en su lugar se alza un hombre maduro pero fuerte, que sostiene una espada desenvainada. Da dos pasos hacia él, revelando una leve cojera. Su rostro sólo deja ver odio y desprecio.

― Así que aún sigues vivo. Nunca pensé que durarías tanto.

― Padre, lo siento, me esforzaré…

― ¿Que te esforzarás?― Derek Wornstein se echa a reír, con unas carcajadas crueles y sin rastro de alegría―. Como si fuese a servir de algo, eres un maldito inútil.

Se abalanza sobre él, lleva la punta de la espada hasta su pecho y la clava lentamente. El dolor es espantoso, pero no hay ninguna herida, la sangre brota por su boca y por los cortes abiertos en sus brazos. Intenta gritar, pero le falla la voz, necesita beber agua y le falta el aire. El balanceo se hace más pronunciado y cierra los ojos un momento, tratando de contener las náuseas. De fondo escucha la voz de una bella elfa.

― Debiste hacerles caso, debiste quedarte con ellos…― susurra Narawen con tono triste.

Abre los ojos con esfuerzo para enfrentarse a su padre, que ahora es una chica de cabello castaño rojizo que le mira con expresión preocupada, sentada a su lado.

― Tranquilo, guapo, estoy contigo―. Elisse le aparta el pelo húmedo de sudor de la ardiente frente, en un gesto cariñoso, y posa la otra mano en su pecho―. Te sentirás mejor enseguida.

Deja caer los párpados con un débil suspiro, reconfortado por la caricia. Los levanta de nuevo y ya no es Elisse, tiene el pelo morado y dos cuernos en la frente.

― Duerme, cielo, cierra los ojos y duerme― Larnya le sonríe mientras le acaricia, pero su sonrisa es extraña―. Quizá tengas suerte y ya no despiertes.

La tiefling le coge una mano y la lleva hasta uno de sus pechos. La mira sorprendido y quien le devuelve la mirada es una semielfa de rostro seductor.

― No seas tímido, cariño― ríe Adhara, metiendo una mano bajo las sábanas―. ¿Sabes?, siempre lo hablamos entre nosotras, sólo somos tus amigas porque nos das lástima.

La semielfa se sienta a horcajadas sobre él, aproxima su rostro al suyo y juega con la mano entre sus piernas. Él gime e intenta liberarse de la gigantesca araña negra en que se ha convertido Adhara. Queda totalmente abrumado por el terror, sin poder parar de temblar y con el corazón latiendo tan rápido y tan arrítmicamente que siente la sangre golpeando sus sienes. El pánico le llena y le pide que corra, que se libere de ese ser que le acaricia con sus repugnantes patas y chorrea saliva venenosa en su cara. Pero no tiene fuerzas, no puede moverse y su corazón va a estallar de terror. Todo lo que consigue es dar un grito, casi un sollozo, y la araña chilla con él en un escalofriante aullido agónico. Tiene un estoque clavado en las entrañas y se desliza a un lado, muerta y rígida. Un enorme mul arranca el arma del cuerpo, mirándolo con unos severos ojos azules. Warrick no pronuncia palabra, no es necesario. Lo ha salvado de nuevo, mientras él se quedaba parado sin hacer nada. Una melodía agradable llena sus oídos, el estoque del mul es ahora un laúd tocado hábilmente por un bardo de cabellos blancos y alegres vestiduras azules.

― ¿El tercer mejor bardo de todo Rinth? Qué fácil es reírse de ti, amigo Reger.

Arganos suelta una carcajada en su habitual tono despreocupado, que se convierte en un fuerte rugido. Le salen garras y alas, su pelo se torna pelirrojo, y el joven Alex clava en él sus pupilas verticales.

― Mírame, he cambiado y me he hecho fuerte, y tú sigues igual. No sé ni para qué te molestas, tu padre tenía razón; eres un inútil.

La fuerte figura disminuye de tamaño y un apuesto elfo moreno de negros ojos le sonríe de manera encantadora.

― Debe de ser duro no estar a la altura de las expectativas…

Sydd parece derretirse, como si estuviese hecho de cera, y él sólo quiere cerrar los ojos y dormir, dormir para que paren los violentos temblores y el malestar físico, dormir para que cese el dolor que le desgarra, dormir para siempre. Una estridente voz de gnomo resuena en su dolorida cabeza, impidiéndole ignorar el escalofriante desfile de gente y el balanceo del suelo y las paredes.

― ¡Cid se sacrificó por Eves!― chilla el mago―. ¿Y qué hizo Reger para salvar a Eves?

― Autocompadecerse y beber, sin intentar solucionarlo― contesta Colmund, con una expresión mezcla de furia y compasión en su bello rostro aasimar.

La sed comienza a ser acuciante, su garganta tiene la textura de una lija. Observa impotente cómo los rasgos del paladin se tornan élficos, sin poder decir una palabra ni dejar de temblar.

― Te quedas parado, no avanzas…― dice Sioth tristemente y se encoge de hombros―. ¿No encuentras tu camino? Yo no te guiaré.

El elfo del bosque se hace esbelto, todo su cuerpo cambia, una capucha cubre su rostro y Neres le pone una mano en el hombro tembloroso.

― No aprovechas tus habilidades, es una lástima.

― No hables con él― sisea otra voz femenina, una oscura y sinuosa silueta de formas exuberantes aparece de la nada junto a la adolescente y la aparta de su lado de un tirón―. Te volverías igual de patética.

El rabo de Ophet desaparece y su figura se funde en otra más corpulenta y masculina, los ojos rojizos de Quarrel se clavan en él desde el interior de su capucha.

― Sigo sin quejas… no como tú, que no haces otra cosa.

La capucha se transforma en un niqab, que deja parcialmente descubierto el rostro de una mujer de piel tostada.

― Reger, tengo que pedirte un favor― le dice la kussiana, con tono educado, y le toma una mano.

― Agua… ― suplica él.

― Bebe esto― le ofrece Garayn suavemente mientras le acerca una cantimplora a los labios.

Se incorpora haciendo un gran esfuerzo y bebe ansioso. Tiene un sabor extraño, es algo terriblemente gélido. El movimiento de la habitación se va haciendo brusco por momentos, ya no sólo se balancea, ahora gira, y la cosa horrible que le han hecho beber se revuelve en su estómago.

Sin saber cómo, logra moverse hasta el borde de la cama y vomita en el suelo, con sus últimas fuerzas. La kussiana ha desaparecido. El charco del suelo es totalmente negro, casi etéreo, hecho de sombras. Se mueve a un ritmo pulsante que recuerda haber observado antes, y su sola presencia le hace vomitar de nuevo. Aquello se va alzando, tomando forma humana, pero su visión se nubla completamente y después ya no ve nada.



El roce de un brazo que rodea su cintura lo saca de su sueño febril. Se mueve un poco, acomodándose sin abrir los ojos. Nota el pecho de Eves apretarse contra su espalda, y sus labios besándole el cuello con suavidad. Apenas recuerda los delirios de antes, se encuentra algo mejor después de haber dormido y la presencia del aasimar a su lado lo alivia aún más. Eves le pone una mano agradablemente fría en la frente, refrescando su piel.

― Me quedaré contigo hasta que estés mejor― le susurra en el oído.

Suspira agradecido y se dispone a dormirse de nuevo, pero una leve sensación de alarma se abre paso entre las brumas de la fiebre. La mano que hay en su frente está demasiado fría, el abrazo que le rodea es gélido. Y hay algo más que su confusa mente no advierte, no puede pensar con claridad.

― Me quedaré contigo… ― la voz del aasimar suena diferente, como cascada, y su aliento tiene el hedor de la tumba.

Un retazo de lucidez llega a él con la fuerza de un rayo y le deja sin respiración a causa de la impresión y del dolor. Eves se marchó, sin despedirse siquiera. Lo que hay tras él es otra cosa.

Su parte más infantil le insta a mantener los párpados apretados, a cubrirse la cabeza con la sábana y no moverse, le asegura que si lo ignora se marchará. Pero hace ya tiempo que dejó de ser un niño, así que reúne valor y se da la vuelta, abriendo los ojos al mismo tiempo.

Grita, pese a la sequedad de su garganta. Y después grita de nuevo. A su lado está el cadáver putrefacto que él, Warrick y Sioth desenterraron en el Bosque Verde, aún parcialmente cubierto por el sudario. Su brazo pútrido rodea su cintura, y le sonríe. Lo aparta de sí, reuniendo fuerzas, y entonces Eves, un Eves sano y saludable, y vivo, lo mira preocupado y lo sujeta para que no se caiga de la cama.

― Cálmate, amor, no pasa nada― le dice en voz baja, mirándole a los ojos―. Tienes fiebre y te imaginas cosas, pero todo va bien.

Asiente, se deja abrazar y entierra la cabeza en su pecho. Y de nuevo llega la sensación de alarma. Eves se marchó.

― No me quedé contigo porque nunca estarás mejor― le susurra, con una mueca de desprecio. Su voz cambia, ahora es levemente ronca, suave, pausada… su propia voz―. Nunca fuiste suficiente para mí, siempre lo has sabido.

Una negra y gélida versión de sí mismo le sonríe de forma ambigua, sin dejar de abrazarlo por la cintura.

― Yo sí me quedaré contigo, a pesar de todo.

Ríe y se desvanece, dejándolo solo.

sábado, 25 de abril de 2009

río, sonrisa, raqueta, desesperado, fragilidad, pompa, colgante, ventana, rastafari, inusual

Aquí va el de Thindwen :)






«Ya sabes que la mente es como un río»,
dijiste, mientras esbozabas tu habitual sonrisa ambigua. «Arrastra los recuerdos hasta que todos se mezclan, y al final ya no distingues uno de otro».

En aquel momento no estuve de acuerdo contigo. Estaba completamente segura de que hasta el más mínimo detalle de aquella tarde permanecería en mi memoria el resto de mi vida, al igual que el resto de días especiales; pero, como casi siempre, tenías razón. Ahora, al intentar rememorarlo, sólo me acuerdo de ese pequeño retazo de la conversación, y de que volvíamos de mi clase de tenis en tu coche. No sé si aún conducías el viejo 207 de tu padre o si ya tenías el Golf rojo, ni si yo llevaba la raqueta de mi hermana o la mía propia. Y ni siquiera sé por qué esa tarde era especial… puede que fuese mi cumpleaños, o que celebrásemos alguna otra cosa. No consigo recordarlo.

Lo más terrible de todo es que a veces incluso tus rasgos se tornan confusos en mi mente. Sólo tu sonrisa y tus ojos verdes permanecen grabados a fuego, pero el resto se difumina. En esos momentos, esté donde esté, abro la cartera con un gesto desesperado y miro tu foto, para que todo vuelva a estar claro de nuevo.

Ahora la tengo en la mano y tu imagen me devuelve la mirada, y me cabreo por la fragilidad de las cosas, por el hecho de que nuestra felicidad estallase de improviso, como una pompa de jabón. Me cabreo por llevar puesto el colgante que me regaló Marcos en nuestro aniversario de boda, mientras el tuyo está olvidado en un cajón de mi dormitorio. Me cabreo al mirar por la ventana del jardín y ver jugar con mis hijos a ese cachorro que me regalaste, convertido ya en un perro viejo, porque tú no estás ahí para acariciarlo y llamarle rastafari, como solías hacer para que yo me enfadara.

Me cabreo porque sé que nunca vas a volver.

Pero creo que lo que me cabrea en realidad es haber cumplido la promesa que te hice aquella noche en que el Golf rojo te arrancó de mi lado y de este mundo. Me cabrea haber rehecho mi vida, aunque sé que lo inusual habría sido lo contrario. Y sobre todo me cabrea que tuvieses razón; porque me juré recordarte siempre, y no soy capaz de cumplirlo.



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viernes, 24 de abril de 2009

La maleta

Otro ejercicio, este de un taller literario al que fui este verano. Teníamos que hacer una lista de cosas raras y absurdas que pudiera haber en una maleta y luego pasársela a un compañero, de forma que cada uno escribía el relato con la lista de otro. Y había que crear al personaje que llevase esa maleta, y que sonase verosímil... cosa altamente jodida. Algunas de las demás escribieron verdaderas maravillas, pero sólo puedo poner el mío xD




Vaya viaje, por todos los dioses. Aún no puede creer que ya se encuentre dentro del taxi, de camino a casa, y que dentro de un par de horas a más tardar estará en su cama. No cuenta con dormir toda la noche de un tirón; imposible, teniendo en cuenta los estragos que ha causado en su estómago el país de las pirámides. Pero se conforma con la simple idea de tumbarse. Aunque va a tener que ser sin pijama. Uno de los que tiene seguirá dentro de la cesta de la ropa sucia y el otro está dentro de la maleta que, cómo no, han extraviado los de la compañía aérea. Por fin cobra sentido la teoría de su madre de que hay que tener más de dos pijamas. Siempre le había parecido una estupidez.

Espera que se la devuelvan, algún día. Dentro están los recuerdos que ha comprado, para sí mismo y para regalar: una figurita de Anubis que el vendedor se había empeñado en golpear repetidamente contra el mostrador del puesto, para demostrar que era de auténtica obsidiana… como si eso le importara a él. Una baraja de poker con los rostros de Osiris, Isis, Horus y Set como figuras. Un pergamino con el nombre de Carolina escrito con jeroglíficos, a ella le encantan esas chorradas. Y un hueso de goma para su odioso caniche peludo y pulgoso. Para Ricardo, un escorpión de plástico y una pizarra de juguete con jeroglíficos tallados en el marco. Se supone que el insecto típico de allí es el escarabajo, como bien se encargará de decirle Marta cuando vaya a buscar al niño el próximo fin de semana, pero qué coño, sólo tiene seis años. Qué más le da. Seguro que ni siquiera sabe que un escorpión no es un insecto, y apostaría a que Marta tampoco.

¿Qué más llevaba en la maleta? Las cosas importantes están en la mochila, que descansa a su lado en el asiento del taxi. Hace memoria, para tratar de ignorar el maldito dolor de estómago y la cada vez más imperiosa necesidad de llegar a un baño. Hablando del tema… se ha dejado dentro la barra de mortadela a medias, que es lo único que ha podido comer en los dos últimos días. Sólo de pensar en ella lo asalta un nuevo retortijón y maldice por enésima vez el agua de El Cairo. Debió haber hecho caso a la intelectual despistada que había conocido en el avión en el viaje de ida. “No se te ocurra beber agua del grifo”, le había advertido, y él no lo recordó hasta justo después de haber vaciado el segundo vaso seguido en el hotel, al volver cansado y sediento de una de las excursiones. Y se había pasado la mayor parte del viaje recluido entre su habitación y el baño común del pasillo. Unas maravillosas vacaciones.

¿Cómo se llamaba? ¿Macarena? ¿O era Malena? Le había acabado dando el móvil, pese a que él le habló de Carolina. Y menos mal, porque salió con prisa del avión y se dejó en el asiento un diario en un idioma extrañísimo que según le había explicado antes estaba traduciendo. ¿Cantonés? No, sánscrito, eso era. Al abrirlo encontró dentro un retrato antiguo de una mujer que se parecía muy vagamente a ella. También se lo había enseñado antes, emocionada, asegurando que tenía que ser una antepasada suya. Era una chica maja, pero estaba como una cabra. Aún así la llamaría para devolverle sus cosas. Suponiendo que recuperase la maleta, claro.

Más cosas… llevaba también el regalo que le había dado Ricardo por el día del padre justo antes de salir para el aeropuerto, hacía una semana. Una especie de sol hecho con pinzas de la ropa cubiertas de barniz, con un espejo en el centro. Lo cierto era que le había venido muy bien para afeitarse en el hotel. ¿Qué más? Ah, sí, el otro regalo del día del padre. Marta había tenido el primer detalle desde el divorcio y le había comprado unos mitones… a mala leche seguro, teniendo en cuenta el calor que hace en Egipto. Además eran de un color verde espantoso. Oh, dioses, ¿cómo ha podido olvidar la lancha? Si ocupa toda la maleta… una estúpida lancha hinchable de color amarillo pollo que Carolina se había empeñado en que llevase con él a todas partes, por si naufragaba en el crucero por el Nilo, o lo atacaba un cocodrilo, o lo abducían los extraterrestres. Todo el mundo sabe que algún día las lanchas hinchables salvarán el planeta.

Mira por la ventanilla del taxi y repara en que ya están llegando al antiguo Cine Lisboa. Ya queda poco. Se echa la mano al bolsillo para sacar la cartera, y una súbita sensación de alarma lo paraliza. Después de todo, no lleva encima todo lo importante.



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lunes, 20 de abril de 2009

mundo, coche, pensar, venganza, zombi, mujer, tortuga, Elvis, póster, actor

Y aquí está el que le debía a Darko, por fin...





Miró a su alrededor, fascinado, sin saber exactamente cómo se sentía. No recordaba que el mundo pudiera parecer tan real, tan consistente. Llevaba tanto tiempo sumido en una fotocopia gris y apagada de la vida que el color de la libertad lo deslumbraba.

Aparcó el coche (su coche rojo, cuando él siempre había odiado el rojo… ahora se acordaba), y en lugar de salir enseguida se quedó dentro un rato. Necesitaba pensar. Una parte de él le pedía venganza, por todo lo que había tenido que pasar los tres últimos años. Por haber vagado por la vida como un maldito zombi, sin que nada le hiciera reaccionar, sintiéndose como la mayor mierda del universo.

No podía creer que por una mujer se pudieran abandonar tantas cosas.

Todo comenzó cuando tuvo que regalar su tortuga sólo porque a ella no le gustaba. Más de la mitad de su vida cuidándola, y de la noche a la mañana la había llevado a casa de su hermana para dársela a sus sobrinos, que seguro que no la tratarían bien. Quince años de mascota tirados por la borda por una relación que no había durado ni una cuarta parte. Y lo peor de todo era que sólo dudó un instante antes de hacerlo.

A partir de ahí su personalidad se fue disolviendo cada vez más, hasta que llegó a convertirse en el tipo de persona que ella quería que fuese; un jodido autómata sin ningún rasgo propio. ¿Cuánto hacía que no escuchaba una canción de Elvis? ¿Cuándo se había preparado un bocadillo de salami con anchoas por última vez? ¿Cómo no se había dado cuenta de cuánto echaba de menos su póster de Expediente X? ¿Y, por todos los demonios, en qué momento su actor preferido había pasado a ser Ewan McGregor?

Abrió la puerta roja del coche, decidido a comprarse uno nuevo en cuanto pudiera, y se dijo que la venganza no era la solución. Nada podía hacerle recuperar esos tres años, pero podía recuperar su vida. Volver a ser él mismo. Y permanecer cerca de ella, aunque fuese para vengarse, jamás le permitiría hacerlo.


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jueves, 9 de abril de 2009

La cámara de torturas





Hoy ha sido mi primer día en la cámara de torturas. Supongo que podría haber ido peor, así que no debería quejarme. Pero después de años sin hacer nada de ejercicio (creo que lo último fue cuando me apunté a aerobic durante tres o cuatro meses, hará unos cinco años), cualquier cosa te hace desear la muerte.

He llegado allí toda pardilla, sin saber ni lo que tenía que hacer, y como es festivo y Semana Santa los monitores no tenían ganas de hacer ni el huevo. Me han encasquetado a un tío extraño que hablaba de forma más extraña aún, que ha empezado a soltarme una parrafada sobre ejercicios estándar, hasta que he conseguido interrumpirle para decirle que yo no quiero hacer pesas (sólo me faltaba ganar más volumen muscular, carajo). Así que me ha señalado un par de máquinas, vagamente, y ha pasado de mí.

Así que me veis toda dispuesta delante de la bici de spinning (que no sé en qué coño se diferencia de una bici estática de las de toda la vida, pero digo yo que en algo será). Intento tocar un pedal, antes de subirme... y no se mueve. Y lo peor, no llego al maldito asiento. En ese momento pasa por delante el típico especimen de gimnasio, to cachas y feliz de la vida (de los que no me gustan nada, vaya), y le abordo con mi mejor cara de tonta para que me ayude. Resulta que el asiento podía regularse... qué cosas. Me lo pone a mi altura, y me enseña cómo se pone en marcha el cacharro (con una palanquita que llega a estar un poco más cerca y me come). Y me dice: "Tienes que estar aquí una hora, con menos de 45 minutos no te sirve para nada". Y yo "...ehm... empiezo hoy... ¿no es mejor empezar poco a poco?". El tío me vuelve a repetir que no, que hay que hacer una hora... y menos mal que he pasado de él, porque a los 15 minutos ya estaba pal arrastre.

Me alejo de la bici malévola y me voy a la piscina. Por fin algo que no atenta contra mi vida, estaba vacía salvo una pareja de viejunos que iban nadando en plan tranqui. Me pongo a nadar, toda digna. Me fijo en que la viejuna me mira raro. Yo sigo a lo mío. Me fijo en que el viejuno también me mira raro. Los miro a ellos. Me doy cuenta de que llevo el gorro al revés. Joder, es la primera vez que me pongo un cacharro de esos (mira que son feos). Salgo del agua, me lo pongo bien lo más discretamente que puedo (lo que en mi caso significa un -40 a la tirada de discrección, más o menos) y me vuelvo a meter en la piscina como si no hubiera pasado nada.

Media hora después eso empieza a llenarse de gente molesta que salpica, así que decido que ya es bastante para el primer día, y me voy a las máquinas de correr/caminar que me había recomendado el amable monitor del principio. Me había dicho que hiciera 15 minutos al nivel 1 o 2... yo ya estaba acojonada, pensando que sería durísimo si en los primeros niveles sólo podías hacer un ratito. Me subo al cacharro, lo pongo en marcha al nivel 2... y es velocidad de abuela reumática. No quiero ni saber cómo es el 1. Lo voy aumentando, hasta acabar en un nivel 5,5, que era caminar rápido, y le pongo un poquito de cuesta. A los 20 minutos, pongo el nivel 6 y pico, lo más rápido que podía andar sin correr. A la media hora, me animo a subir del 7 y corro dos o tres minutos. Cuando bajo de la máquina, el mundo es extrañamente elástico y leeeeento. Como no quiero quedar como la novata que se desmaya después de caminar media hora, me apoyo en la pared con pose guay de la muerte, con mis dotes de disimulo, y cuando veo que más o menos el universo ha vuelto a su extrañeza habitual me voy al vestuario.

A tomar por culo todo, ya haré más otro día. Espero poder ir aumentando los tiempos de ejercicios pronto, probar cosas nuevas y meterme en alguna clase de step y chorradillas varias.


... uno de los peores efectos secundarios, además de la pupi corporal intensa, es que he llegado a casa con ganas de comerme un mamut (como no tenía ninguno a mano, lo he sustituido por un poco de queso de burgos con pan tostado... pero hubiera preferido el mamut).

Balance del primer día:
Ejercicio: 15 minutos de bici, 30 nadando despacio y 30 andando a toda hostia.
Estado físico: Como si me hubiera apalizado y sodomizado un ejército orco.

Cosas que debo recordar:
a) Utilizar la piscina al principio o al final, no en medio (para economizar duchas, y tal).
b) Aprender a ponerme el gorro.
c) Encontrar un monitor que me haga caso.
d) Hacerle caso yo a él y no hacer el cafre.
e) Comprar un candado para la taquilla que no sea de los chinos.
f) Volver, y no quedarme en casa quejándome de las agujetas xD



Imagen del monstruo de las galletas sacada de aquí