lunes, 29 de junio de 2009

Los Otros se lleven a Orange

Debería haber contado esto hace semanas, pero soy una maldita vaga y no lo he hecho... qué os voy a decir sobre mi vaguería que no sepáis ya. Así que, aunque tarde, os voy a contar la bonita historia de cómo los capullos de Orange me dejaron una semana sin Internet.

Todo empieza una tarde, después de comer. Pongo el portátil y no se conecta a Internet... y hago todas las cosas típicas de Enjuto Mojamuto (reiniciar, apagar y encender el router, etc). Mi madre me ve en el proceso y me dice que mi hermano tampoco tenía conexión por la mañana... y paso a lo siguiente, llamar al servicio técnico de Telefónica, que es la compañía con la que lo tenemos.

Allí me dicen que «es que ya se está cursando la portabilidad». Y yo flipo, claro. Le aseguro a la tía que no nos estamos cambiando de compañía, y ella insiste en que sí, que les consta que nos hemos dado de alta con otra... consigo que me diga que es Orange.

El siguiente paso es llamar a Orange con ganas de cortarles las pelotas. Después de varias llamadas en las que no conseguíamos hablar con nadie, nos dicen que tenemos contratado un servicio con ADSL, televisión y teléfono... tócate los huevos. Al decirles que eso es mentira, nos piden el DNI de mi padre (el titular de la línea), y resulta que no tiene nada que ver con el que tienen ellos. Ni el nombre, ni nada. Y encima no nos quieren decir el nombre que les figura. Pedimos que nos den de baja, y nos dicen que eso sólo puede hacerlo el titular, y que el DNI no se corresponde... pa matarlos. Al final la solución parece ser enviar una carta por correo, que a saber cuándo llega y a saber si lvan a leer.

Llamamos otra vez a Telefónica... y dicen que no pueden darnos de alta otra vez mientras Orange no nos de de baja... una juerga. Nos piden que les enviemos un fax con unos datos y que expliquemos ahí lo que ha pasado, a ver si lo pueden agilizar... pero que la cosa está jodida.

Ganas de matar aumentando. Más llamadas a Orange, incremento de las ganas de matar... lo peor es que los días siguientes nos están llamando para traer a casa el router... y varias veces. A una operadora se le escapa que el titular es un tal Miguel Molina, que no nos suena de nada, y la dirección tampoco tiene nada que ver. Nos dan un móvil, que ni siquiera existe... vamos, que un comercial aburrido o que no llegaba a los mínimos del mes había decidido inventarse unos datos y dio la casualidad de que puso nuestro teléfono, el muy cabrón.

En una de las llamadas de Orange (que esta vez hacen ellos, para ver por qué hemos pedido la baja... sin comentarios) le dicen a mi madre que tiene que enviar una fotocopia del recibo de Telefónica, para acreditar que realmente lo tenemos contratado con ellos... y mi madre le dice «y para conseguir los datos de mi marido y el número de cuenta, ya de paso...». No sé cómo se puede tener tanto morro, de verdad.

Al final nos lo arreglan, una semana más tarde... desde Telefónica.

miércoles, 10 de junio de 2009

Huyendo de la soledad (3)

Así es como buscaba sentirse. Aunque la habitación está totalmente oscura, puede distinguir sin problemas el cuerpo de Adrian bajo la sábana. Le acaricia la espalda sin despertarle, con más ternura de la que suele atreverse a mostrar en sus relaciones. El brazo del muchacho le rodea la cintura y tiene la cabeza apoyada en su pecho, así que no puede moverse mucho, pero no le preocupa. Se limita a saborear el momento, sin dejar que el sueño lo venza.

Adrian se había quedado dormido enseguida, quizá con ayuda del sonido de su respiración; según le dijo Ophet en cierta ocasión, abrazada a él por la espalda, es relajante.

«¿Volveré a verte?», había preguntado con los ojos casi cerrados ya. Él había asentido y le había asegurado que sí en un acto reflejo. Es lo que siempre dice en estos casos y le sale de forma natural, a pesar de que la mayoría de las veces no tiene ninguna intención de darle una segunda parte a la historia. Normalmente sólo busca un placer momentáneo, en ocasiones también la sensación de afecto que llega justo después.

Sabe que no está bien haber utilizado a un chico tan joven para paliar su sentimiento de soledad y vacío. Nunca un desconocido le había mirado con tanta adoración, raras veces encuentra una entrega tan completa. En los ojos de Adrian se ve que aún tiene ilusiones, que todavía cree que el amor puede llevarse a buen puerto. Pero en el fondo es mejor para él que comprenda cuanto antes cómo es en verdad el mundo, especialmente en estas cosas.

Acaricia el cabello rubio del chico, con lástima. Y recuerda su voz al cantar la noche anterior, su sonrisa tímida, sus ojos verdes aún limpios de realidad, su cuerpo temblando de miedo y excitación a un tiempo.

Y algo se mueve dentro de él, y comprende que quizá está historia sí tendrá segunda parte.

miércoles, 3 de junio de 2009

Huyendo de la soledad (2)

― ¿Puedo?― señala un taburete vacío en la mesa del chico, con una sonrisa sesgada.
― S…sí… claro…― acierta a decir éste, y clava la vista en sus propias manos después de lanzarle una breve mirada azorada.
― Espero no molestarte, es que no he podido evitar fijarme…― hace una pausa deliberada mientras toma asiento lentamente, alargando cada movimiento de un modo casi felino―. Tienes una guitarra muy bonita.
― No…no, no molestáis, señor.
― No soy ningún señor… ni necesito que me llamen de vos.
― Perdonad… digo, perdona― el chico sonríe un poco y sus ojos verdes se desvían a su guitarra―. Es una herencia familiar, mi tío era bardo.
― Parece muy buena― observa el instrumento, que es realmente de calidad―. Supongo que la cuidarás bien.
― Claro que sí, la limpio todos los días, y le afino las cuerdas― su timidez se va transformando en orgullo.
― ¿Y la tocas?― ladea la cabeza y se echa un poco hacia delante―. Sería una lástima que no lo hicieras.
― A veces…― vuelve a sonreír, tímido de nuevo.
― ¿Podría escucharte? Me gusta la música.
― ¿Aquí?― mira aterrado a su alrededor.
― ¿No has venido para eso?― se echa otra vez hacia atrás, ampliando su sonrisa, y apoya la barbilla en la mano derecha.
― Bueno, sí, pero… me da vergüenza. Hay demasiada gente.

«Me lo acabas de poner en bandeja», piensa, y se la juega esperando no haberse precipitado.

― Podemos ir a un sitio más tranquilo…― hace otra pausa deliberada―… a escuchar tu música. Sólo si tú quieres, claro.

El muchacho duda, como si debatiese algo consigo mismo. Le mira un segundo a los ojos, armándose de valor, y él le sostiene la mirada sin perder la sonrisa sesgada, para evitar así que baje la vista una vez más.

― Está bien― asiente finalmente, y se muerde el labio en un gesto de nerviosismo.

El camino hasta su casa es bastante fácil. El muchacho parece algo reacio a meterse en el barrio convicto, pero se tranquiliza al asegurarle que con él no le sucederá nada malo. Es demasiado sencillo convencerle. Sólo lleva una daga en el cinturón, y se deja llevar a un barrio peligroso por un desconocido armado. Ha tenido suerte de topar con él y no con cualquier delincuente.

Abre la puerta y le hace un gesto para invitarle a entrar al salón. Últimamente ha estado bebiendo demasiado; el suelo está lleno de botellas, frascos vacíos de las pociones de Max y papeles arrugados con intentos de nuevas canciones. El chico mira a su alrededor con curiosidad y toma asiento sobre los cojines del suelo, en respuesta a un amplio ademán suyo que señalaba éstos y la silla. Él se sienta a su lado, mantiene una distancia suficiente para no causarle incomodidad.

― Adelante― asiente con la cabeza, cruza las piernas y deja el estoque enfundado a un lado, lejos de ambos―. Imagina que estás solo, así te será más fácil.

El muchacho pone la guitarra en su regazo y toma aire, tratando de paliar el nerviosismo. Cierra sus ojos verdes y comienza a tocar, al principio de forma vacilante, pero va ganando seguridad poco a poco. Es una canción popular, conocida simplemente como La Canción del Bardo, que casi todo el mundo ha escuchado alguna vez. Se nota que está aprendiendo y que no está acostumbrado a tocar en público, sobre todo por la falta de confianza, pero su voz es bonita y es evidente que tiene un buen potencial. Cuando acaba la última nota lo mira con timidez, esperando su reacción. Él le vuelve a sonreír.

― Lo haces bien. Si sigues practicando llegarás a ser muy bueno…― deja la frase a medias―. No me has dicho tu nombre.
― Adrian…
― Un placer, Adrian. Yo soy Reger.
― ¿Reger? – el chico abre los ojos como platos, poniéndose tenso―. ¿Reger el bardo?
― Pues… sí, supongo, no creo que haya más con mi nombre― está sorprendido, no esperaba que le fuese a reconocer.
― Pero… vos… he oído que sois muy bueno― enrojece de nuevo―. Dicen cosas increíbles de vos, y también que… que…
― ¿Qué es lo que dicen de mí?
― Nada― afirma con tono tajante, bajando la vista, mientras su rostro adquiere el color de un tomate maduro.

«Que me gustan los hombres, eso es lo que dicen».

― Sólo soy un músico más, como tú. Y creo que ya habíamos comentado lo de hablarme de vos…
― Lo siento… dioses, he tocado delante de vos… de ti… te habrá parecido de lo más mediocre, y…
― Lo has hecho muy bien― le interrumpe―. No sé qué habrás oído de mí, pero te aseguro que no soy uno de los grandes, como Aldur Lavannah, Iowan de Marco o Arganos Growen.
― ¿Podrías…? – reúne valor para concluir la frase―. ¿Podrías tocar algo?
― Imagino que es lo justo, una canción por otra― asiente, mientras Adrian le tiende tímidamente su guitarra.

Toca unas notas sueltas, para familiarizarse con el instrumento, y después comienza a interpretar una de sus canciones. La primera que tocó en Tel al regresar, en aquella hoguera que ya no existe.


Concluye y le devuelve la guitarra, mirándole a los ojos. El chico le sostiene la mirada, como en trance, antes de parpadear un par de veces.

― Eres incluso mejor de lo que dicen― asegura, casi en un susurro. Le roza la mano un instante al coger la guitarra, sin querer, y la retira como si estuviese cargada de electricidad.
― ¿Cuántos años tienes, Adrian?― le dice en voz baja, y se aproxima un poco.
― Diecisiete…
― Es una buena edad para…― se humedece los labios―… empezar a tocar en serio.

El chico reacciona ante su cercanía; puede percibir su excitación en su forma de respirar. Y eso hace que aumente la suya.

― Yo… nunca… ― empieza a decir Adrian, con el deseo patente en sus ojos―. Nunca he estado con un hombre.
― Eso no importa― le susurra, acercando el rostro a su oído―. Lo único que importa es si quieres.

La respiración del muchacho se agita, está asustado pero al mismo tiempo le cuesta contenerse. Sabe que debe tratarlo con cuidado, entiende perfectamente por lo que está pasando.

― ¿Quieres…?― le besa suavemente la oreja, muy despacio.

Adrian cierra los ojos y asiente; un simple vistazo le muestra que su excitación es más que obvia. Evitando ser brusco, acaricia su cabello rubio con delicadeza y une sus labios a los suyos.

Huyendo de la soledad (1)


-->Sale de la solitaria casa en silencio y encamina sus pasos al puerto, pasando desapercibido en el conflictivo barrio en que se encuentra. Nunca ha hecho esto en su ciudad, porque hasta ahora no lo ha necesitado, pero supone que será aún más sencillo que en otros lugares. Aprovecha un momento en que pasan varios marineros cerca para salir de las sombras sin llamar mucho la atención y abre la puerta de Los Pechos de Sutherna con suavidad. Un vistazo le muestra que dentro no hay nadie que lo conozca demasiado, y se encamina a una mesa algo apartada con paso lento y provisto de cierta cadencia. Es un papel que ha interpretado ya bastantes veces y que siempre se le ha dado bien.

Desde que regresó a Tel-Arras, sobre todo en los últimos meses, se ha acostumbrado más de la cuenta a estar rodeado de gente conocida. Y ahora que parece que todos se han puesto de acuerdo para desaparecer, se siente solo de un modo en que hacía tiempo que no se sentía. Su música le ha servido como tabla de salvamento, ha sido algo a lo que aferrarse durante días, pero necesita algo más. Un tipo de alivio que la música no es capaz de proporcionarle.

Se sienta en el taburete y se recuesta contra la pared, cruzando una pierna sobre la otra en una pose ligeramente afeminada. Alza una mano para llamar a la camarera mientras deja que el cabello rojo caiga sobre su rostro y lo oculte en parte. Le da a cada uno de sus gestos el toque exacto entre amaneramiento y languidez, sabiendo cuál es la medida justa para no pasarse.

Pide un whisky, en voz tan baja que obliga a la camarera a inclinarse hacia él para escucharle. Cuando se lo sirve bebe un pequeño sorbo, y después lo deja en la mesa y se desabrocha un par de botones de su camisa negra y verde. Ahora sólo queda esperar; nunca le ha gustado el papel activo en estas situaciones, y nunca ha tenido la necesidad de tomarlo.

La primera en acercarse es una joven con aspecto de marinera, con la piel tostada por el sol y cabello corto y castaño. Le dedica una sonrisa, se sienta en el taburete que hay frente al suyo sin pedir permiso siquiera y deja su vaso sobre la mesa.

― ¿Qué haces aquí tan solo?
― Estoy tomando una copa, como todos – alza la mirada, con media sonrisa, y le da un nuevo trago a su whisky.
― Si te apetece puedes tomar otras cosas, en compañía― la chica ladea la cabeza con expresión pícara.
― Lo siento, guapa… pero creo que te equivocas de persona― se aparta un poco el pelo de la cara, con un gesto deliberadamente amanerado, sin dejar de sonreír.
― Ya lo imaginaba, pero aún así tenía que intentarlo― lo mira de arriba abajo antes de levantarse y volver con su grupo―. Una verdadera lástima…

El siguiente es otro marinero. Un semielfo que llega casi a la madurez, de pelo castaño cobrizo y aspecto rudo. De los que no admitirían sus gustos en público ni bajo amenaza de muerte. Le dirige una mirada penetrante, seguida de un rápido y casi imperceptible movimiento de cabeza hacia la salida; un gesto que con el paso de los años ha aprendido a interpretar muy bien. Cuando se ganaba la vida con esto, lo principal era la discreción.

Valora la oferta durante unos segundos y finalmente niega suavemente y vuelve a mirar hacia su vaso, para romper el cruce de miradas. Sabe que hubiera sido algo rápido y posiblemente violento, casi con certeza contra la pared de algún callejón. No le desagrada ese tipo de encuentros, y el semielfo no carece de cierto atractivo, pero no es lo que está buscando en este momento. En este momento necesita…

… algo como aquel chico. No se había fijado aún en él porque parece esforzarse en pasar desapercibido, aferrado a su guitarra en un rincón, como si le faltase el valor para tocarla. No tiene más de dieciséis o diecisiete años, y mira tímidamente a su alrededor con unos grandes ojos verdes enmarcados en un rostro de rasgos bonitos y delicados. Esboza una sonrisa al darse cuenta de cómo le recuerda el muchacho a sí mismo, años atrás, cuando su maestro Arion se había acercado a su mesa con intenciones bastante diferentes a las que tiene él ahora.

La camarera pone un vaso delante del chico, y al inclinarse deja a la vista un generoso escote, pero el muchacho se limita a hacer un gesto de asentimiento, sin fijarse siquiera. Ese detalle termina de decidirle, así que alza la cabeza y lo mira abiertamente. El chico repara en él, sostiene su mirada un instante y se sonroja acto seguido, para enseguida bajar la vista.

Se dice que no tiene por qué tomar siempre el papel pasivo; se levanta despacio y se dirige a su mesa, con el vaso en la mano y sin amaneramiento ya en sus gestos.

lunes, 25 de mayo de 2009

Té

Me he encontrado hoy esto y me ha hecho ilusión, es un mini relato que escribí para un concurso (y no llegué a presentarlo xD). Las únicas bases eran que no podía tener más de 100 palabras, y que tenía que aparecer el té en él.



Sonia contemplaba fijamente la taza de té, intentando ignorar el temblor de sus manos. Lo había preparado después de discutir, y ahora esperaba a que fuese a tomárselo para arreglarlo.

Sabía que enseguida se sentaría con ella, estaba segura. No importaba que el té ya se hubiera enfriado. No importaba que llevara esperando tres días. No importaba que él no se hubiera movido en todo aquel tiempo, ni que sus ojos vacíos la mirasen desde su rostro teñido de sangre. No importaba, porque en cualquier momento se levantaría y se tomarían el té. Estaba segura, pero sus manos aún temblaban.



Link de la imagen

jueves, 14 de mayo de 2009

Combate

Otra versión corregida.

Los dos orcos se miran inquietos e intercambian alguna frase en su idioma gutural. Hace rato que sus compañeros han desaparecido mientras hacían la ronda, pero no se atreven a abandonar su puesto para ver qué les ha ocurrido. Cuando parece que sus obtusas mentes están llegando a la conclusión de que uno puede quedarse allí mientras el otro investiga, las sombras oscilan a su alrededor y una figura se materializa justo entre ambos.

El bardo sabe que cuenta con el factor sorpresa, pero las hachas de los orcos pueden hacer mucho más daño que su arma y la fuerza bruta de éstos supera la suya con creces. Se abalanzan sobre él con sendos gruñidos, pero sus hachas sólo hieren el aire. El joven se mueve con celeridad, compensando su debilidad con precisión. Su estoque se clava entre las costillas de uno de los orcos, que ruge y trata de rebanarle la cabeza sin éxito. Gira sobre sí mismo para evitar el hachazo del segundo, por lo que parte de su largo cabello rojo escapa de las sombras de la negra capucha, y aprovecha el impulso para asestar dos rápidas estocadas al primero, una en el vientre y la otra en el costado herido. El ser grita de dolor y cae al suelo, agonizante. Ya sólo queda uno. Esquiva el filo enemigo con un salto hacia la derecha, y se dispone a contraatacar.

Y en ese momento un dolor insoportable invade su pecho y lo deja sin aire. «No, joder, ahora no». Se dobla hacia delante y trata de ocultarse, lucha por llevar aire a sus malditos pulmones, pero el dolor es demasiado intenso y no logra fundirse en las sombras. La falta de oxígeno comienza a nublar su visión, pero aún puede ver perfectamente al orco frente a él, sorprendido por su repentina flaqueza. Éste emite un gruñido de triunfo, y el bardo aprieta los párpados justo cuando el hacha va directa a su cabeza. Su vida no pasa ante sus ojos, como asegura el dicho popular, sino que simplemente el tiempo parece ralentizarse. Ya debería estar muerto, pero escucha el silbido del arma que se aproxima como si llevase haciéndolo varios minutos y aún le quedasen otros tantos para llegar. La presión de su pecho es asfixiante, y se pregunta qué lo matará antes, si el orco o la falta de respiración.

La trayectoria del hacha cambia, lo siente en el aire de su alrededor, y el orco suelta un quejido. Se fuerza a abrir los ojos, pero sus piernas se niegan a seguir manteniéndolo en pie y cae al suelo mientras suelta el estoque y se aferra el pecho. Su vista nublada le permite ver como algo golpea repetidamente al orco para alejarlo de él. Algo que no porta armas, pero se mueve con su mismo estilo fluido y veloz.

El aire vuelve a entrar en sus pulmones en el mismo instante en que el orco cae muerto. Se incorpora y consigue recostarse contra un árbol, respirando de forma entrecortada pese al dolor que esto le causa. Su sombra se acerca a él, recoge del suelo su estoque caído y se lo entrega. La mira sorprendido, acepta el arma, y comprende al fin que le acaba de salvar la vida.

- Me debes una, fracasado- susurra la sombra justo antes de desvanecerse.

sábado, 9 de mayo de 2009

Fiebre

He revisado este texto después de haber hecho el curso de corrección, y me he dado cuenta de las burradas que hago con los gerundios, leísmos y demás... voy a tener que revisarlo todo.
Este es uno de los que más me gustan de Reger (mi personaje de Neverwinter), por no decir el que más. Sé que es largo y que si no conocéis a los personajes no se entiende bien ni resulta interesante, y que si conocéis a los personajes ya habéis leído el relato... pero me apetecía ponerlo aquí xD



Alarga una mano y la mujer se la coge, observándolo con una mirada triste en sus ojos violáceos.

― Creía que era culpa mía― susurra ella, apretando su mano con fuerza―. Que no nacieras sano, que él te tratase así, que te marcharas… no podía seguir viviendo con este dolor.

Lo suelta lentamente y comienza a alejarse caminando de espaldas. Él baja la vista, desde el conocido rostro hasta la daga que Elanor lleva clavada en el vientre. La sangre, tan roja como su cabello, brota incesante de la herida. Se da cuenta de que sus dedos estaban helados.

― Madre…― alarga la mano de nuevo para intentar llegar hasta ella.

― Pero ahora lo comprendo― su dulce expresión cambia, su mirada se torna gélida―. La culpa siempre fue tuya. Debiste aprender a complacerlo, a complacernos a ambos.

― Madre, lo siento…― se incorpora, pero vuelve a caer tumbado, la habitación se mueve demasiado. Todo se balancea.

Mira hacia donde estaba, con el brazo aún extendido, y en su lugar se alza un hombre maduro pero fuerte, que sostiene una espada desenvainada. Da dos pasos hacia él, revelando una leve cojera. Su rostro sólo deja ver odio y desprecio.

― Así que aún sigues vivo. Nunca pensé que durarías tanto.

― Padre, lo siento, me esforzaré…

― ¿Que te esforzarás?― Derek Wornstein se echa a reír, con unas carcajadas crueles y sin rastro de alegría―. Como si fuese a servir de algo, eres un maldito inútil.

Se abalanza sobre él, lleva la punta de la espada hasta su pecho y la clava lentamente. El dolor es espantoso, pero no hay ninguna herida, la sangre brota por su boca y por los cortes abiertos en sus brazos. Intenta gritar, pero le falla la voz, necesita beber agua y le falta el aire. El balanceo se hace más pronunciado y cierra los ojos un momento, tratando de contener las náuseas. De fondo escucha la voz de una bella elfa.

― Debiste hacerles caso, debiste quedarte con ellos…― susurra Narawen con tono triste.

Abre los ojos con esfuerzo para enfrentarse a su padre, que ahora es una chica de cabello castaño rojizo que le mira con expresión preocupada, sentada a su lado.

― Tranquilo, guapo, estoy contigo―. Elisse le aparta el pelo húmedo de sudor de la ardiente frente, en un gesto cariñoso, y posa la otra mano en su pecho―. Te sentirás mejor enseguida.

Deja caer los párpados con un débil suspiro, reconfortado por la caricia. Los levanta de nuevo y ya no es Elisse, tiene el pelo morado y dos cuernos en la frente.

― Duerme, cielo, cierra los ojos y duerme― Larnya le sonríe mientras le acaricia, pero su sonrisa es extraña―. Quizá tengas suerte y ya no despiertes.

La tiefling le coge una mano y la lleva hasta uno de sus pechos. La mira sorprendido y quien le devuelve la mirada es una semielfa de rostro seductor.

― No seas tímido, cariño― ríe Adhara, metiendo una mano bajo las sábanas―. ¿Sabes?, siempre lo hablamos entre nosotras, sólo somos tus amigas porque nos das lástima.

La semielfa se sienta a horcajadas sobre él, aproxima su rostro al suyo y juega con la mano entre sus piernas. Él gime e intenta liberarse de la gigantesca araña negra en que se ha convertido Adhara. Queda totalmente abrumado por el terror, sin poder parar de temblar y con el corazón latiendo tan rápido y tan arrítmicamente que siente la sangre golpeando sus sienes. El pánico le llena y le pide que corra, que se libere de ese ser que le acaricia con sus repugnantes patas y chorrea saliva venenosa en su cara. Pero no tiene fuerzas, no puede moverse y su corazón va a estallar de terror. Todo lo que consigue es dar un grito, casi un sollozo, y la araña chilla con él en un escalofriante aullido agónico. Tiene un estoque clavado en las entrañas y se desliza a un lado, muerta y rígida. Un enorme mul arranca el arma del cuerpo, mirándolo con unos severos ojos azules. Warrick no pronuncia palabra, no es necesario. Lo ha salvado de nuevo, mientras él se quedaba parado sin hacer nada. Una melodía agradable llena sus oídos, el estoque del mul es ahora un laúd tocado hábilmente por un bardo de cabellos blancos y alegres vestiduras azules.

― ¿El tercer mejor bardo de todo Rinth? Qué fácil es reírse de ti, amigo Reger.

Arganos suelta una carcajada en su habitual tono despreocupado, que se convierte en un fuerte rugido. Le salen garras y alas, su pelo se torna pelirrojo, y el joven Alex clava en él sus pupilas verticales.

― Mírame, he cambiado y me he hecho fuerte, y tú sigues igual. No sé ni para qué te molestas, tu padre tenía razón; eres un inútil.

La fuerte figura disminuye de tamaño y un apuesto elfo moreno de negros ojos le sonríe de manera encantadora.

― Debe de ser duro no estar a la altura de las expectativas…

Sydd parece derretirse, como si estuviese hecho de cera, y él sólo quiere cerrar los ojos y dormir, dormir para que paren los violentos temblores y el malestar físico, dormir para que cese el dolor que le desgarra, dormir para siempre. Una estridente voz de gnomo resuena en su dolorida cabeza, impidiéndole ignorar el escalofriante desfile de gente y el balanceo del suelo y las paredes.

― ¡Cid se sacrificó por Eves!― chilla el mago―. ¿Y qué hizo Reger para salvar a Eves?

― Autocompadecerse y beber, sin intentar solucionarlo― contesta Colmund, con una expresión mezcla de furia y compasión en su bello rostro aasimar.

La sed comienza a ser acuciante, su garganta tiene la textura de una lija. Observa impotente cómo los rasgos del paladin se tornan élficos, sin poder decir una palabra ni dejar de temblar.

― Te quedas parado, no avanzas…― dice Sioth tristemente y se encoge de hombros―. ¿No encuentras tu camino? Yo no te guiaré.

El elfo del bosque se hace esbelto, todo su cuerpo cambia, una capucha cubre su rostro y Neres le pone una mano en el hombro tembloroso.

― No aprovechas tus habilidades, es una lástima.

― No hables con él― sisea otra voz femenina, una oscura y sinuosa silueta de formas exuberantes aparece de la nada junto a la adolescente y la aparta de su lado de un tirón―. Te volverías igual de patética.

El rabo de Ophet desaparece y su figura se funde en otra más corpulenta y masculina, los ojos rojizos de Quarrel se clavan en él desde el interior de su capucha.

― Sigo sin quejas… no como tú, que no haces otra cosa.

La capucha se transforma en un niqab, que deja parcialmente descubierto el rostro de una mujer de piel tostada.

― Reger, tengo que pedirte un favor― le dice la kussiana, con tono educado, y le toma una mano.

― Agua… ― suplica él.

― Bebe esto― le ofrece Garayn suavemente mientras le acerca una cantimplora a los labios.

Se incorpora haciendo un gran esfuerzo y bebe ansioso. Tiene un sabor extraño, es algo terriblemente gélido. El movimiento de la habitación se va haciendo brusco por momentos, ya no sólo se balancea, ahora gira, y la cosa horrible que le han hecho beber se revuelve en su estómago.

Sin saber cómo, logra moverse hasta el borde de la cama y vomita en el suelo, con sus últimas fuerzas. La kussiana ha desaparecido. El charco del suelo es totalmente negro, casi etéreo, hecho de sombras. Se mueve a un ritmo pulsante que recuerda haber observado antes, y su sola presencia le hace vomitar de nuevo. Aquello se va alzando, tomando forma humana, pero su visión se nubla completamente y después ya no ve nada.



El roce de un brazo que rodea su cintura lo saca de su sueño febril. Se mueve un poco, acomodándose sin abrir los ojos. Nota el pecho de Eves apretarse contra su espalda, y sus labios besándole el cuello con suavidad. Apenas recuerda los delirios de antes, se encuentra algo mejor después de haber dormido y la presencia del aasimar a su lado lo alivia aún más. Eves le pone una mano agradablemente fría en la frente, refrescando su piel.

― Me quedaré contigo hasta que estés mejor― le susurra en el oído.

Suspira agradecido y se dispone a dormirse de nuevo, pero una leve sensación de alarma se abre paso entre las brumas de la fiebre. La mano que hay en su frente está demasiado fría, el abrazo que le rodea es gélido. Y hay algo más que su confusa mente no advierte, no puede pensar con claridad.

― Me quedaré contigo… ― la voz del aasimar suena diferente, como cascada, y su aliento tiene el hedor de la tumba.

Un retazo de lucidez llega a él con la fuerza de un rayo y le deja sin respiración a causa de la impresión y del dolor. Eves se marchó, sin despedirse siquiera. Lo que hay tras él es otra cosa.

Su parte más infantil le insta a mantener los párpados apretados, a cubrirse la cabeza con la sábana y no moverse, le asegura que si lo ignora se marchará. Pero hace ya tiempo que dejó de ser un niño, así que reúne valor y se da la vuelta, abriendo los ojos al mismo tiempo.

Grita, pese a la sequedad de su garganta. Y después grita de nuevo. A su lado está el cadáver putrefacto que él, Warrick y Sioth desenterraron en el Bosque Verde, aún parcialmente cubierto por el sudario. Su brazo pútrido rodea su cintura, y le sonríe. Lo aparta de sí, reuniendo fuerzas, y entonces Eves, un Eves sano y saludable, y vivo, lo mira preocupado y lo sujeta para que no se caiga de la cama.

― Cálmate, amor, no pasa nada― le dice en voz baja, mirándole a los ojos―. Tienes fiebre y te imaginas cosas, pero todo va bien.

Asiente, se deja abrazar y entierra la cabeza en su pecho. Y de nuevo llega la sensación de alarma. Eves se marchó.

― No me quedé contigo porque nunca estarás mejor― le susurra, con una mueca de desprecio. Su voz cambia, ahora es levemente ronca, suave, pausada… su propia voz―. Nunca fuiste suficiente para mí, siempre lo has sabido.

Una negra y gélida versión de sí mismo le sonríe de forma ambigua, sin dejar de abrazarlo por la cintura.

― Yo sí me quedaré contigo, a pesar de todo.

Ríe y se desvanece, dejándolo solo.