lunes, 27 de julio de 2009

Asfixia, de Chuck Palahniuk

Aunque resulta evidente, tengo que decir que este texto no es mío. Acabo de terminar Asfixia de Chuck Palahniuk (el autor de El club de la lucha, entre otros libros), y no me queda más remedio que copiar aquí uno de sus capítulos. No es ningún spoiler, porque es uno de los primeros, un recuerdo del protagonista.
La novela va de un adicto al sexo y de su mierda de vida en general, no os cuento más por si os da por leerlo (lo recomiendo, por si no quedaba claro).



La luz que usaba el fotógrafo era cruda y proyectaba sombras muy oscuras en la pared de bloques de cemento que tenían de fondo. Una simple pared pintada en el sótano de alguien. El mono parecía cansado y tenía manchas de sarna. El tipo estaba en mala forma, pálido y con michelines, pero estaba ahí, relajado y agachado, abrazándose las rodillas con los brazos y con la tripa de chucho colgando, mirando a la cámara por encima del hombro y sonriendo.

«Beatífico» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

Lo que al niño le gustó primero de la pornografía no tenía que ver con el sexo. No eran las fotos de gente guapa follando entre sí, con las cabezas echadas hacia atrás y poniendo aquellas caras de orgasmo fingido. Al principio no fue eso. Ya había encontrado un montón de fotos en internet antes de saber qué era el sexo. Tenían internet en todas las bibliotecas. Tenían internet en todas las escuelas.

Igual que uno puede mudarse de una ciudad a otra y encontrar siempre una iglesia católica y una misa que es la misma en todas partes, el niño siempre pudo encontrar internet, no importaba a qué hogar de adopción lo enviaran. Lo cierto es que si Jesucristo se hubiera reído en su cruz, o si hubiera escupido sobre los romanos, si hubiera hecho algo más que limitarse a sufrir, al niño le hubiera gustado mucho más la Iglesia.

Lo cierto es que su página web favorita no era especialmente sexy, al menos no para él. En ella uno encontraba simplemente una docena de fotografías de un tío regordete vestido de Tarzán con un orangután aturdido y entrenado para ir metiendo algo que parecían cacahuetes tostados por el culo del tío.

El tío tenía el taparrabos de piel de leopardo apartado a un lado y la goma elástica de la cintura hundida bajo los michelines de la cintura.

El mono estaba agachado, con el siguiente cacahuete a punto.

No tenía nada de sexy. Y, sin embargo, el contador mostraba que más de medio millón de personas habían visitado la página.

«Peregrinaje» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

El mono y los cacahuetes eran algo que el niño no podía entender, pero en cierta forma admiraba a aquel tío. El niño era estúpido, pero se daba cuenta de que aquello era algo que se le escapaba. La verdad era que la mayoría de la gente ni siquiera se atreverían a dejar que un mono los viera desnudos. Les aterraría el aspecto que pudiera tener su ojete, que pudiera tener un aspecto demasiado rojo o acolchado. La mayor parte de la gente no tendría agallas para agacharse delante de un mono, mucho menos de un mono y una cámara y varios focos, y en caso de hacerlo primero tendrían que hacer un trillón de abdominales, ir a una cabina de bronceado y cortarse el pelo. Después pasarían horas agachados delante de un espejo intentando encontrar su mejor perfil.

Y luego, por mucho que no fueran más que cacahuetes, uno tendría que permanecer relajado.

La mera idea de hacer audiciones con monos era aterradora, la posibilidad de ser rechazado por un mono tras otro. Seguro que puedes pagar bastante dinero a una persona para que te meta cosas dentro o te haga fotos. Pero un mono. Un mono siempre es sincero.

Tú única esperanza sería contratar a aquel mismo orangután, que es obvio que no era muy exigente. O eso o estaba excepcional- mente bien entrenado.

La cuestión es que todo esto sería mucho menos interesante si uno fuera guapo o sexy.

La cuestión es que en un mundo donde todo el mundo tiene que estar guapo todo el tiempo, aquel tío no lo era. Ni el mono tampoco. Y lo que estaban haciendo no era bonito.

La cuestión es que el sexo no fue la parte de la pornografía que enganchó al niño estúpido. Fue la confianza. El valor. La falta total de vergüenza. La comodidad y la sinceridad genuina. La franqueza que permitía a alguien ser capaz de salir allí y contarle al mundo: Sí, así es como decido yo pasar una tarde libre. Posando aquí con un mono metiéndome cacahuetes por el culo.

Y no me importa el aspecto que tengo. Ni lo que vosotros penséis.

Así que apañaos como podáis.

Al insultarse a sí mismo estaba insultando al mundo.

Y aunque el tío no se lo estaba pasando en grande, su capacidad de sonreír y de mantener el tipo resultaba todavía más admirable.

De la misma forma que todas las películas porno implican a una veintena de personas fuera de plano, cosiendo, comiendo bocadillos y mirándose el reloj mientras otra gente está desnuda y tiene relaciones sexuales a unos pocos metros de distancia…

Para el niño estúpido aquello fue una iluminación. Llegar a estar en el mundo tan cómodo y lleno de confianza sería el nirvana.

«Libertad» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

Aquella era la clase de orgullo y seguridad en sí mismo que el niño quería tener. Algún día.

Si fuera él el que saliese en aquellas fotos con el mono, las miraría todos los días y pensaría: Si puedo hacer esto, puedo hacer cualquier cosa. No importa a qué más te enfrentes, si puedes sonreír y reírte mientras un mono te mete cacahuetes en un sótano húmedo de cemento con alguien sacando fotos, bueno, cualquier otra situación será pan comido.

Hasta el infierno.

Cada vez más, para el niño estúpido, esa era la idea…

Que si había bastante gente mirándote, nunca más ibas a necesitar la atención de nadie.

Que si algún día te desenmascaraban y quedabas lo bastante expuesto, nunca más ibas a poder esconderte. No habría diferencia entre tu vida pública y tu vida privada.

Que si uno adquiría bastantes cosas, si lograba bastantes cosas, ya nunca querría poseer o conseguir nada más.

Que si uno podía comer o dormir lo bastante ya nunca necesitaría más.

Que si te quería bastante gente, nunca más necesitarías amor.

Que alguna vez se podía ser lo bastante listo.

Que algún día se podía conseguir suficiente sexo.

Todas estas se convirtieron en las nuevas metas del niño. En las ilusiones que habría de tener para el resto de su vida. Aquellas eran las promesas que vio en la sonrisa del tipo gordo.

Así que a partir de entonces, siempre que estaba asustado, triste o solo, todas las noches que se despertaba presa del pánico en un nuevo hogar de adopción, con el corazón latiendo a toda prisa y la cama mojada, cada día que empezaba la escuela en un vecindario distinto, cada vez que la mamaíta volvía a buscarlo, en cada habitación roñosa de motel, en cada coche de alquiler, el niño se acordaba de aquellas doce mismas fotos del hombre gordo agachado. Del mono y los cacahuetes. Y aquello tranquilizaba al mocosillo de mierda. Le mostraba lo valiente, fuerte y feliz que puede llegar a ser una persona.

Que la tortura es tortura y la humillación es humillación solamente si uno elige sufrir.

«Salvador» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

Y es divertido ver cómo cuando alguien te salva, lo primero que quieres hacer es salvar a otra gente. A todos los demás. A todo el mundo.

El niño nunca supo cómo se llamaba aquel tipo. Pero nunca olvidó aquella sonrisa.

«Héroe» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

martes, 14 de julio de 2009

Música y luz

Me ha dado guerra, pero al fin lo he acabado... va para Dama Blanca.
Y, por supuesto, para K.




Sus pensamientos se esparcen. Sabe que están a punto de hacerle comprender algo esencial, algo que hará que su percepción cambie para siempre, pero se desparraman por el borde antes de terminar de formarse. La mayor parte son de un tono negro amarillento e infectado, podridos de verdades, y casi escucha el chapoteo grumoso que hacen al resbalar. Y de vez en cuando surge uno de un color brillante, limpio y sedoso, que quizá sea una ilusión o quizá otra verdad, una buena, que también abandona su cabeza antes de revelarse. No chorrean al alcanzar el borde, sino que escapan flotando. Son del mismo material que la música; todas sus canciones están hechas de un cúmulo de esos pútridos pensamientos negros, y en algunas hay uno o dos jirones verdes, o rojos, que es lo que le da magia al resto si se teje correctamente. Una canción totalmente hecha de pensamientos brillantes sería algo tan puro que no debería existir.

Y siguen brotando. Y se alejan de su alcance, sin llegar a ser formulados. A medida que la combinación de mimai, belladona y whisky va inundando su interior, los pensamientos negros van desapareciendo completamente. Abre los ojos. Ahora ve con claridad. Ya no hay dolor. Ni físico ni tampoco el otro, el que desgarra. El mundo ya no está teñido de sombras.

Y ella brilla. Al ritmo de las luces de ambos. Sus ojos están cerrados y una sonrisa plateada le da fuerza a su rostro. Sabe que ella también lo siente. Que por un instante ambos son dioses, que pueden hacer cualquier cosa.

Ella levanta los párpados en una explosión azul. Tal vez dice algo. Tal vez él responde. No importa. Es tan hermosa que está hecha de música.

Y quiere oírla sonar más cerca. Quiere vivir vidas enteras a su lado. Toda ella es un pensamiento puro, eterno, libre, y sus manos le ayudan a deshacer la barricada de tela que los aleja. Nada debe separarlos, nunca. Necesita fundir su melodía en la suya, empaparse en su luz, perderse en el susurro azul de su mirada. Desterrar las sombras para siempre.

Y ella las espanta con la música que emana de su cuerpo infinito. Y él paladea ese cuerpo con las manos, lentamente, como afinando un instrumento. La hace sonar. Siente que la carga de música pura que la invade la obliga a estremecerse, y comprende que debe extraer una parte para liberarla, para que la melodía quede repartida entre ambos. Para que su propia música deje de estar podrida y compuesta de coágulos de pensamiento infectado.

Aparta la suave cascada roja que cubre su rostro y se funde en el torrente que surge de sus labios. Deja que la melodía lo llene, y ahora es ella quien paladea su cuerpo con las manos y lo hace sonar, pero su música continúa estando desafinada. Sus antebrazos arden, necesita liberarse de las vendas que llevan tantos años formando parte de sí mismo. Ella lo sabe porque él lo sabe y las retira mientras su torso susurra contra el suyo. Él permite que lo haga aunque jamás se haya entregado antes hasta tal punto. Y con ello se disuelven los últimos vestigios de negrura que quedaban en su interior.

Ella observa las huellas que las sombras han dejado en sus brazos y de sus ojos brota espuma azucarada. Él quiere decirle que ya no importa. Quiere decirle que las sombras ya no existen, que ella las ha hecho huir, pero no dice nada. Suena para ella sin palabras, y cuando la luz plateada la envuelve de nuevo sabe que lo ha comprendido.

Va acariciando los acordes sin prisa, siguiendo las descargas de música pura que recorren su espina dorsal. Ahora es él quien marca el ritmo, y ella lo acata; sus hombros se arquean hacia atrás, sus labios contienen el aliento, sus dedos le dibujan luces en la espalda. Sus pechos saben a puesta de sol.

Encuentra el origen de su canción y ella se estremece con una violencia armónica. Toca cada una de las notas, primero despacio, después aumenta la cadencia, según le dicta la melodía que ambos están componiendo. Detiene el remolino de caricias y ella le rodea las caderas con las piernas para conducirlo hacia su interior. Y él se deja guiar, porque mientras estén fundidos el uno en el otro las sombras no regresarán. Ni tampoco el dolor. Se cobija dentro de ella, se diluye en su claridad hasta que todo lo demás se desvanece, hasta que sólo existen ellos y su canción. Y el tiempo se detiene, o tal vez se acelera. O tal vez las dos cosas.

Las descargas de luz agitan todo su cuerpo, lo hacen temblar al ritmo del resplandor que los envuelve.

Y ella brilla cada vez más, gime en su oído, pronuncia un nombre, quizá es el suyo. Pero ahora él no es ningún nombre. Él es música. Los dos lo son.

Y los dos sienten que la canción está a punto de terminar, que las notas se precipitan hacia un final cada vez más inexorable. Sus miradas se funden tanto como lo están sus cuerpos, se entrelazan, tratan de retrasarlo. Pero es inútil; ella concluye su parte en una súbita y lenta sacudida. Él toca un último y vertiginoso acorde casi al unísono. El estallido los deja inundados de música, desbordados de luz.

No quiere soltarla, porque sabe que si lo hace las sombras volverán. Siempre vuelven, son parte de él. Así que permanecen aferrados, enlazados, diluidos el uno en el otro. Sumergidos en el eco de esa canción totalmente hecha de pensamientos brillantes, tan pura que no debería existir, pero que ha existido para ellos.




La imagen es de Victoria Francés, con algún retoque muy pequeño hecho por mí en Photoshop (las uñas, la oreja y las cicatrices del brazo del personaje masculino). Aquí está la original.

miércoles, 1 de julio de 2009

Descenso al inframundo



Esta historia ya la conté en mi Fotolog, con fecha del 31 de marzo, pero todos sabemos que cualquier día te pueden censurar la cuenta por cualquier chorrada, y además últimamente no le hago mucho caso. En otras palabras, que no quería perder la ida de olla que escribí este día, así que lo siento para los que lo veáis repetido.

Es el apasionante relato de mi primera búsqueda de un gimnasio
.


Pues resulta que hay dos gimnasios en mi barrio, o lo que yo pensaba que era mi barrio. Ayer por la tarde fui alegremente a preguntar precios y a informarme, después de que mi madre me hubiera explicado donde estaban. El primero lo encontré sin problemas. El precio estaba bien, pero el sitio no me gustó demasiado, era muy pequeño y había pocas máquinas. Así que decidí ir en busca del segundo.

La única información que tenía al respecto es que estaba en una piscina a la que iba cuando era pequeña, y cuyo camino no recordaba en absoluto. Mi madre me dijo: «tú bajas toda nuestra calle, y luego tuerces a la izquierda en el Paseo de los Olivos y ya te lo acabarás encontrando».

Pues ahí iba yo tan feliz, bajando toda mi calle. Aquí tengo que hacer un inciso, para aclarar algo sobre mi barrio. No es de los mejores de Madrid precisamente, pero tampoco es que sea lo peor... al menos donde yo vivo. Mi calle sale de una relativamente importante que se llama Paseo de Extremadura. Yo vivo en el 5, así que la civilización de la zona conocida y comercial aún llega hasta mi casa. Pero a medida que se va avanzando en la calle, uno baja al inframundo. Unos números por debajo de mi calle, aquello parece un pueblecito. Unos cuántos números más abajo, parece un pueblecito de los chungos. Y abajo del todo, parece otra dimensión al más puro estilo lovecraftiano, con seres malvados y realidades alternativas no demasiado amistosas.

Al rato ya estaba en el Paseo de los Olivos, y fui avanzando hasta sumirme más y más en esa dimensión paralela. Y aquello no se acababa nunca, y la piscina no aparecía. La gente con la que me cruzaba era cada vez más rara. Luego dejé de cruzarme con gente, directamente. Y aparecí en medio de un cruce de carreteras surrealista, que llevaba a una especie de parque enorme/bosque maligno plagado de profundos.

Ahí admití mi derrota... y llamé a mi mamá por teléfono para decirle que me había perdido. Después de las risas de rigor por la inutilidad de su hija a la hora de orientarse, le describí donde estaba y me dijo que ya me había pasado la piscina hacía rato.

Así que volví. Y por el camino de vuelta, vi una tapia de forma sospechosa... le pregunté a una señora (el primer ser vivo sin tentáculos con el que me crucé en todo ese rato) por el gimnasio, y me dijo que lo habían cerrado hace tiempo. Me cagué en todo, pero no me extrañó; seguro que todos los clientes habían sido sacrificados en ritos extraños o devorados por primigenios.

Y entonces descubrí que hay algo peor que bajar al inframundo; subir desde el inframundo. Porque lo de subir es literal, mi calle hace una cuesta enorme desde un poco por debajo de mi casa hasta el final. 90 malditos números de cuesta infernal. Me alegré más de que el gimnasio ya no estuviera, porque sólo con volver de él cada día haría suficiente ejercicio para una semana. Pero al final conseguí llegar viva a mi casa. Con un pulmón menos, pero viva.

Y aquí acaba la odisea. Ahora me toca buscar gimnasios en otros barrios, preferentemente en nuestra propia dimensión.

Conclusión: esto de la vida sana es una puta mierda xD

lunes, 29 de junio de 2009

Los Otros se lleven a Orange

Debería haber contado esto hace semanas, pero soy una maldita vaga y no lo he hecho... qué os voy a decir sobre mi vaguería que no sepáis ya. Así que, aunque tarde, os voy a contar la bonita historia de cómo los capullos de Orange me dejaron una semana sin Internet.

Todo empieza una tarde, después de comer. Pongo el portátil y no se conecta a Internet... y hago todas las cosas típicas de Enjuto Mojamuto (reiniciar, apagar y encender el router, etc). Mi madre me ve en el proceso y me dice que mi hermano tampoco tenía conexión por la mañana... y paso a lo siguiente, llamar al servicio técnico de Telefónica, que es la compañía con la que lo tenemos.

Allí me dicen que «es que ya se está cursando la portabilidad». Y yo flipo, claro. Le aseguro a la tía que no nos estamos cambiando de compañía, y ella insiste en que sí, que les consta que nos hemos dado de alta con otra... consigo que me diga que es Orange.

El siguiente paso es llamar a Orange con ganas de cortarles las pelotas. Después de varias llamadas en las que no conseguíamos hablar con nadie, nos dicen que tenemos contratado un servicio con ADSL, televisión y teléfono... tócate los huevos. Al decirles que eso es mentira, nos piden el DNI de mi padre (el titular de la línea), y resulta que no tiene nada que ver con el que tienen ellos. Ni el nombre, ni nada. Y encima no nos quieren decir el nombre que les figura. Pedimos que nos den de baja, y nos dicen que eso sólo puede hacerlo el titular, y que el DNI no se corresponde... pa matarlos. Al final la solución parece ser enviar una carta por correo, que a saber cuándo llega y a saber si lvan a leer.

Llamamos otra vez a Telefónica... y dicen que no pueden darnos de alta otra vez mientras Orange no nos de de baja... una juerga. Nos piden que les enviemos un fax con unos datos y que expliquemos ahí lo que ha pasado, a ver si lo pueden agilizar... pero que la cosa está jodida.

Ganas de matar aumentando. Más llamadas a Orange, incremento de las ganas de matar... lo peor es que los días siguientes nos están llamando para traer a casa el router... y varias veces. A una operadora se le escapa que el titular es un tal Miguel Molina, que no nos suena de nada, y la dirección tampoco tiene nada que ver. Nos dan un móvil, que ni siquiera existe... vamos, que un comercial aburrido o que no llegaba a los mínimos del mes había decidido inventarse unos datos y dio la casualidad de que puso nuestro teléfono, el muy cabrón.

En una de las llamadas de Orange (que esta vez hacen ellos, para ver por qué hemos pedido la baja... sin comentarios) le dicen a mi madre que tiene que enviar una fotocopia del recibo de Telefónica, para acreditar que realmente lo tenemos contratado con ellos... y mi madre le dice «y para conseguir los datos de mi marido y el número de cuenta, ya de paso...». No sé cómo se puede tener tanto morro, de verdad.

Al final nos lo arreglan, una semana más tarde... desde Telefónica.

miércoles, 10 de junio de 2009

Huyendo de la soledad (3)

Así es como buscaba sentirse. Aunque la habitación está totalmente oscura, puede distinguir sin problemas el cuerpo de Adrian bajo la sábana. Le acaricia la espalda sin despertarle, con más ternura de la que suele atreverse a mostrar en sus relaciones. El brazo del muchacho le rodea la cintura y tiene la cabeza apoyada en su pecho, así que no puede moverse mucho, pero no le preocupa. Se limita a saborear el momento, sin dejar que el sueño lo venza.

Adrian se había quedado dormido enseguida, quizá con ayuda del sonido de su respiración; según le dijo Ophet en cierta ocasión, abrazada a él por la espalda, es relajante.

«¿Volveré a verte?», había preguntado con los ojos casi cerrados ya. Él había asentido y le había asegurado que sí en un acto reflejo. Es lo que siempre dice en estos casos y le sale de forma natural, a pesar de que la mayoría de las veces no tiene ninguna intención de darle una segunda parte a la historia. Normalmente sólo busca un placer momentáneo, en ocasiones también la sensación de afecto que llega justo después.

Sabe que no está bien haber utilizado a un chico tan joven para paliar su sentimiento de soledad y vacío. Nunca un desconocido le había mirado con tanta adoración, raras veces encuentra una entrega tan completa. En los ojos de Adrian se ve que aún tiene ilusiones, que todavía cree que el amor puede llevarse a buen puerto. Pero en el fondo es mejor para él que comprenda cuanto antes cómo es en verdad el mundo, especialmente en estas cosas.

Acaricia el cabello rubio del chico, con lástima. Y recuerda su voz al cantar la noche anterior, su sonrisa tímida, sus ojos verdes aún limpios de realidad, su cuerpo temblando de miedo y excitación a un tiempo.

Y algo se mueve dentro de él, y comprende que quizá está historia sí tendrá segunda parte.

miércoles, 3 de junio de 2009

Huyendo de la soledad (2)

― ¿Puedo?― señala un taburete vacío en la mesa del chico, con una sonrisa sesgada.
― S…sí… claro…― acierta a decir éste, y clava la vista en sus propias manos después de lanzarle una breve mirada azorada.
― Espero no molestarte, es que no he podido evitar fijarme…― hace una pausa deliberada mientras toma asiento lentamente, alargando cada movimiento de un modo casi felino―. Tienes una guitarra muy bonita.
― No…no, no molestáis, señor.
― No soy ningún señor… ni necesito que me llamen de vos.
― Perdonad… digo, perdona― el chico sonríe un poco y sus ojos verdes se desvían a su guitarra―. Es una herencia familiar, mi tío era bardo.
― Parece muy buena― observa el instrumento, que es realmente de calidad―. Supongo que la cuidarás bien.
― Claro que sí, la limpio todos los días, y le afino las cuerdas― su timidez se va transformando en orgullo.
― ¿Y la tocas?― ladea la cabeza y se echa un poco hacia delante―. Sería una lástima que no lo hicieras.
― A veces…― vuelve a sonreír, tímido de nuevo.
― ¿Podría escucharte? Me gusta la música.
― ¿Aquí?― mira aterrado a su alrededor.
― ¿No has venido para eso?― se echa otra vez hacia atrás, ampliando su sonrisa, y apoya la barbilla en la mano derecha.
― Bueno, sí, pero… me da vergüenza. Hay demasiada gente.

«Me lo acabas de poner en bandeja», piensa, y se la juega esperando no haberse precipitado.

― Podemos ir a un sitio más tranquilo…― hace otra pausa deliberada―… a escuchar tu música. Sólo si tú quieres, claro.

El muchacho duda, como si debatiese algo consigo mismo. Le mira un segundo a los ojos, armándose de valor, y él le sostiene la mirada sin perder la sonrisa sesgada, para evitar así que baje la vista una vez más.

― Está bien― asiente finalmente, y se muerde el labio en un gesto de nerviosismo.

El camino hasta su casa es bastante fácil. El muchacho parece algo reacio a meterse en el barrio convicto, pero se tranquiliza al asegurarle que con él no le sucederá nada malo. Es demasiado sencillo convencerle. Sólo lleva una daga en el cinturón, y se deja llevar a un barrio peligroso por un desconocido armado. Ha tenido suerte de topar con él y no con cualquier delincuente.

Abre la puerta y le hace un gesto para invitarle a entrar al salón. Últimamente ha estado bebiendo demasiado; el suelo está lleno de botellas, frascos vacíos de las pociones de Max y papeles arrugados con intentos de nuevas canciones. El chico mira a su alrededor con curiosidad y toma asiento sobre los cojines del suelo, en respuesta a un amplio ademán suyo que señalaba éstos y la silla. Él se sienta a su lado, mantiene una distancia suficiente para no causarle incomodidad.

― Adelante― asiente con la cabeza, cruza las piernas y deja el estoque enfundado a un lado, lejos de ambos―. Imagina que estás solo, así te será más fácil.

El muchacho pone la guitarra en su regazo y toma aire, tratando de paliar el nerviosismo. Cierra sus ojos verdes y comienza a tocar, al principio de forma vacilante, pero va ganando seguridad poco a poco. Es una canción popular, conocida simplemente como La Canción del Bardo, que casi todo el mundo ha escuchado alguna vez. Se nota que está aprendiendo y que no está acostumbrado a tocar en público, sobre todo por la falta de confianza, pero su voz es bonita y es evidente que tiene un buen potencial. Cuando acaba la última nota lo mira con timidez, esperando su reacción. Él le vuelve a sonreír.

― Lo haces bien. Si sigues practicando llegarás a ser muy bueno…― deja la frase a medias―. No me has dicho tu nombre.
― Adrian…
― Un placer, Adrian. Yo soy Reger.
― ¿Reger? – el chico abre los ojos como platos, poniéndose tenso―. ¿Reger el bardo?
― Pues… sí, supongo, no creo que haya más con mi nombre― está sorprendido, no esperaba que le fuese a reconocer.
― Pero… vos… he oído que sois muy bueno― enrojece de nuevo―. Dicen cosas increíbles de vos, y también que… que…
― ¿Qué es lo que dicen de mí?
― Nada― afirma con tono tajante, bajando la vista, mientras su rostro adquiere el color de un tomate maduro.

«Que me gustan los hombres, eso es lo que dicen».

― Sólo soy un músico más, como tú. Y creo que ya habíamos comentado lo de hablarme de vos…
― Lo siento… dioses, he tocado delante de vos… de ti… te habrá parecido de lo más mediocre, y…
― Lo has hecho muy bien― le interrumpe―. No sé qué habrás oído de mí, pero te aseguro que no soy uno de los grandes, como Aldur Lavannah, Iowan de Marco o Arganos Growen.
― ¿Podrías…? – reúne valor para concluir la frase―. ¿Podrías tocar algo?
― Imagino que es lo justo, una canción por otra― asiente, mientras Adrian le tiende tímidamente su guitarra.

Toca unas notas sueltas, para familiarizarse con el instrumento, y después comienza a interpretar una de sus canciones. La primera que tocó en Tel al regresar, en aquella hoguera que ya no existe.


Concluye y le devuelve la guitarra, mirándole a los ojos. El chico le sostiene la mirada, como en trance, antes de parpadear un par de veces.

― Eres incluso mejor de lo que dicen― asegura, casi en un susurro. Le roza la mano un instante al coger la guitarra, sin querer, y la retira como si estuviese cargada de electricidad.
― ¿Cuántos años tienes, Adrian?― le dice en voz baja, y se aproxima un poco.
― Diecisiete…
― Es una buena edad para…― se humedece los labios―… empezar a tocar en serio.

El chico reacciona ante su cercanía; puede percibir su excitación en su forma de respirar. Y eso hace que aumente la suya.

― Yo… nunca… ― empieza a decir Adrian, con el deseo patente en sus ojos―. Nunca he estado con un hombre.
― Eso no importa― le susurra, acercando el rostro a su oído―. Lo único que importa es si quieres.

La respiración del muchacho se agita, está asustado pero al mismo tiempo le cuesta contenerse. Sabe que debe tratarlo con cuidado, entiende perfectamente por lo que está pasando.

― ¿Quieres…?― le besa suavemente la oreja, muy despacio.

Adrian cierra los ojos y asiente; un simple vistazo le muestra que su excitación es más que obvia. Evitando ser brusco, acaricia su cabello rubio con delicadeza y une sus labios a los suyos.

Huyendo de la soledad (1)


-->Sale de la solitaria casa en silencio y encamina sus pasos al puerto, pasando desapercibido en el conflictivo barrio en que se encuentra. Nunca ha hecho esto en su ciudad, porque hasta ahora no lo ha necesitado, pero supone que será aún más sencillo que en otros lugares. Aprovecha un momento en que pasan varios marineros cerca para salir de las sombras sin llamar mucho la atención y abre la puerta de Los Pechos de Sutherna con suavidad. Un vistazo le muestra que dentro no hay nadie que lo conozca demasiado, y se encamina a una mesa algo apartada con paso lento y provisto de cierta cadencia. Es un papel que ha interpretado ya bastantes veces y que siempre se le ha dado bien.

Desde que regresó a Tel-Arras, sobre todo en los últimos meses, se ha acostumbrado más de la cuenta a estar rodeado de gente conocida. Y ahora que parece que todos se han puesto de acuerdo para desaparecer, se siente solo de un modo en que hacía tiempo que no se sentía. Su música le ha servido como tabla de salvamento, ha sido algo a lo que aferrarse durante días, pero necesita algo más. Un tipo de alivio que la música no es capaz de proporcionarle.

Se sienta en el taburete y se recuesta contra la pared, cruzando una pierna sobre la otra en una pose ligeramente afeminada. Alza una mano para llamar a la camarera mientras deja que el cabello rojo caiga sobre su rostro y lo oculte en parte. Le da a cada uno de sus gestos el toque exacto entre amaneramiento y languidez, sabiendo cuál es la medida justa para no pasarse.

Pide un whisky, en voz tan baja que obliga a la camarera a inclinarse hacia él para escucharle. Cuando se lo sirve bebe un pequeño sorbo, y después lo deja en la mesa y se desabrocha un par de botones de su camisa negra y verde. Ahora sólo queda esperar; nunca le ha gustado el papel activo en estas situaciones, y nunca ha tenido la necesidad de tomarlo.

La primera en acercarse es una joven con aspecto de marinera, con la piel tostada por el sol y cabello corto y castaño. Le dedica una sonrisa, se sienta en el taburete que hay frente al suyo sin pedir permiso siquiera y deja su vaso sobre la mesa.

― ¿Qué haces aquí tan solo?
― Estoy tomando una copa, como todos – alza la mirada, con media sonrisa, y le da un nuevo trago a su whisky.
― Si te apetece puedes tomar otras cosas, en compañía― la chica ladea la cabeza con expresión pícara.
― Lo siento, guapa… pero creo que te equivocas de persona― se aparta un poco el pelo de la cara, con un gesto deliberadamente amanerado, sin dejar de sonreír.
― Ya lo imaginaba, pero aún así tenía que intentarlo― lo mira de arriba abajo antes de levantarse y volver con su grupo―. Una verdadera lástima…

El siguiente es otro marinero. Un semielfo que llega casi a la madurez, de pelo castaño cobrizo y aspecto rudo. De los que no admitirían sus gustos en público ni bajo amenaza de muerte. Le dirige una mirada penetrante, seguida de un rápido y casi imperceptible movimiento de cabeza hacia la salida; un gesto que con el paso de los años ha aprendido a interpretar muy bien. Cuando se ganaba la vida con esto, lo principal era la discreción.

Valora la oferta durante unos segundos y finalmente niega suavemente y vuelve a mirar hacia su vaso, para romper el cruce de miradas. Sabe que hubiera sido algo rápido y posiblemente violento, casi con certeza contra la pared de algún callejón. No le desagrada ese tipo de encuentros, y el semielfo no carece de cierto atractivo, pero no es lo que está buscando en este momento. En este momento necesita…

… algo como aquel chico. No se había fijado aún en él porque parece esforzarse en pasar desapercibido, aferrado a su guitarra en un rincón, como si le faltase el valor para tocarla. No tiene más de dieciséis o diecisiete años, y mira tímidamente a su alrededor con unos grandes ojos verdes enmarcados en un rostro de rasgos bonitos y delicados. Esboza una sonrisa al darse cuenta de cómo le recuerda el muchacho a sí mismo, años atrás, cuando su maestro Arion se había acercado a su mesa con intenciones bastante diferentes a las que tiene él ahora.

La camarera pone un vaso delante del chico, y al inclinarse deja a la vista un generoso escote, pero el muchacho se limita a hacer un gesto de asentimiento, sin fijarse siquiera. Ese detalle termina de decidirle, así que alza la cabeza y lo mira abiertamente. El chico repara en él, sostiene su mirada un instante y se sonroja acto seguido, para enseguida bajar la vista.

Se dice que no tiene por qué tomar siempre el papel pasivo; se levanta despacio y se dirige a su mesa, con el vaso en la mano y sin amaneramiento ya en sus gestos.